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En nombre de la ley / Sketch publicado en la revista ¡Claro!

En nombre de la ley

Milagros Socorro

Este relato me lo contó mi madre hace mucho tiempo. Luego he escuchado variaciones, atribuidas a otras personas. Es posible que algo parecido haya ocurrido en otras circunstancias, la vida tiende a repetirse. Pero lo que narraré a continuación son hechos verídicos, que fueron protagonizados por el coronel (G.N.) retirado, Evelio Martínez, primo de mi madre.
Evelio y su esposa, Nereida, ambos perijaneros, estaban residenciados en un edificio ubicado en las inmediaciones del Parque del Este, en Caracas. Cada vez que se le presentaba la ocasión, Evelio iba allí a trotar y, al terminar, se detenía en uno de los cafetines del parque para tomarse un jugo de naranja recién exprimido e intercambiar unas palabritas con los otros deportistas.
Un día, apenas iniciada su jornada de ejercicio matinal, un corredor salió intempestivamente de un sombreado camino y se le echó encima. Sin dar tiempo a mayores intercambios, el extraño pidió disculpas y siguió corriendo. Ya entonces se hablaba de atracos en el Parque del Este. No era común, pero se habían registrado episodios desagradables. Evelio se llevó la mano al bolsillo y hete aquí que su monedero no estaba. Tenía la costumbre de llevarlo consigo –ha debido ser un modelo ligero y hecho en un material adaptable, que no resultara incómodo ni pesado- porque entonces estaba activo en las Fuerzas Armadas y prefería tener su identificación en todo momento.
Ganado por esa furia que experimentan los oficiales cuando el delito común se abate sobre ellos, generalmente a salvo por el uniforme, Evelio persiguió al fugitivo a grandes zancadas. Espoleado por la ira, no tardó en darle alcance. Lo jaloneó por la franela y le exigió con fiereza que le diera la cartera. El hombre quiso balbucear algo, pero Evelio no lo dejó hablar. Era un energúmeno. Al tipo no le quedó más remedio que entregar la cartera.
Arruinada la mañana, Evelio abandonó el parque, sin trotar, sin tomarse su juguito y sin saludar a nadie. Resollaba todavía de la rabia y del esfuerzo cuando llegó a su apartamento.
-Yo sabía que te ibas a devolver –le dijo su esposa con tono jovial.
-No sabes lo que me acabas de pasar… –la interrumpió Evelio, apoyándose con una mano en la pared y sobándose una rodilla con la otra.
-¿Qué te pasó? –quiso saber ella, mientras se acercaba al jadeante esposo. Caminaba despacio, como para no atribularlo más. En la mano, todavía extendida hacia él, llevaba el monedero, que había encontrado anidado en las sábanas en cuanto empezó a hacer la cama.
Al ver el objeto, la cara de Evelio pasó del enrojecimiento al pálido súbito. Mirando su propia cartera como quien presencia una aparición, se sacó la otra del bolsillo.
-Acabo de atracar un hombre –constató desolado mientras se desplomaba en el sofá.
Nereida se precipitó sobre el monedero ajeno y llamó al teléfono que encontró entre los papeles. Le contestó una mujer presa del pánico: ¡su marido había tenido la mala suerte de cruzarse con un loco!


Publicado en la Revista ¡Claro!