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María Fernanda Palacios

Milagros Socorro

A finales del año pasado apareció, en la Colección Literatura Hispanoamericana de Ediciones Angria, un ensayo que ya ha comenzado a leerse con fervor y del que aseguran los entendidos que habrá de convertirse en un clásico. Se trata de Ifigenia Mitología de la Doncella Criolla, de María Fernanda Palacios, quien entregó el voluminoso manuscrito –más de mil cuartillas componían el original- tras dedicarle muchos años, décadas, y muchas lecturas a Ifigenia, la novela de Teresa de la Parra, en torno a la cual reflexiona.

Escrito con terso y muy personal lenguaje, no hay en este libro un párrafo que parezca dejado allí al descuido o por abultar. Tampoco debe esperarse que sea de fácil lectura ni rápido despacho. Estamos ante una profunda indagación del universo de Teresa de la Parra, que discurre por hondos y diversos aspectos del entramado nacional. La doncella es María Eugenia Alonso, la novelista, el país que aparece allí reflejado en lo que se dice y en lo que se calla, y también la propia autora del ensayo, que no hurta sus visiones ni su propio retrato allí, en buena parte, consignado.

Dedicado, escuetamente,  “a Guillermo” y publicado con el patrocinio de CANTV, con la colaboración de la Dirección de Literatura del Conac y del Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, se presenta hoy el que fuera un esperado libro (su autora leyó fragmentos en varios foros literarios donde su fama comenzó a gestarse), con palabras del psquiatra Rafael López Pedraza, a quien Palacios debe “algo mucho más valioso que el interés por el estudio de los arquetipos. Durante casi quince años asistí al Seminario de Mitología que López dictaba en el aula 207 de la Escuela de Letras de la UCV. Allí aprendí no un credo junguiano –porque en la Escuela de Letras López casi nunca mencionaba a Jung-, sino una manera de leer en la imagen, de conectar el trasfondo mitológico de la cultura con nuestros complejos y, sobre todo, aprendí que quien aprende no soy “yo”; que ese “yo” lo mejor que puede hacer es observar y escuchar lo que está vivo en mí”.

-En el entendido de que “lo virginal”, asunto que recorre todo su libro, no tiene que ver con la castidad física, ¿a qué alude esta noción?

-Al arquetipo que sustenta no solo a los personajes de la novela sino de toda nuestra historia. María Eugenia Alonso, protagonista de Ifigenia, condensa ese elemento pero podemos encontrarlo en toda nuestra literatura, en el periódico, en toda la cultura nacional. Lo virginal es una actitud ante las cosas, que absorbe muchos complejos históricos, culturales y psicológicos, que el venezolano arrastra desde la fundación de la nación; y que tiene que ver con rigideces, con actitudes excluyentes, con una manera de zanjar las cosas (que puede ser con el machete o con la palabra).

-Que de ambas formas lo hemos hecho.

-Y lo seguiremos haciendo. Ese complejo de lo virginal es, a la vez, una reserva que nos conecta con lo natural, con la Naturaleza, que no podemos sacudirnos ni quitarnos de encima porque es parte de nuestra humanidad y no sólo lo tenemos nosotros sino muchos otros pueblos. Lo que podemos es tener conciencia de que esos complejos están allí para aprender a vivir con eso.

-¿Qué dejan afuera esas actitudes excluyentes?

-Cualquier cosa: aquello con lo que no me identifico, lo excluyo. Es la actitud que determina esto sí y esto no. Se trata de esa falta de flexibilidad de todo lo que circula por un sólo carril, esas actitudes rígidas, inflexibles, que se expresan en esos fundamentos de pureza que están en la base de nuestra cultura. Las culturas se forman en roce, en pugna, con esos complejos virginales que intentan impedir el paso de todo lo extraño. Esa actitud, llevada a todos los ámbitos de la vida, aparecen en el discurso político, en la cotidianidad y en la estética. No es fácil definir el elemento virginal, de hecho, la novela permite algo que el discurso ideológico no, porque la novela muestra una historia, echa un cuento a través del cual van aflorando esos contenidos profundos.

-Esas actitudes excluyentes, ¿son las que nos conducen a la intolerancia?

-Efectivamente. Hay un elemento virginal forzoso que está en todas las culturas, que constituye una reserva, una especie de selva virgen cultural, un gran pulmón, donde no entra nada. Pero, al mismo tiempo, si se permite que eso sea lo único que prive, se convierte en una fuente de sectarismo, intolerancia y rigidez.

-¿Teresa de la Parra se propuso dar cuenta de esos complejos virginales?

-Teresa de la Parra no tuvo más propósito que contar una historia. Y tuvo el tino de dejar que esa historia se contara, sin interferir, dejando que todos esos complejos afloraran a través de la muchacha, llamada María Eugenia Alonso, que empezó a vivir y a crecer dentro de ella. Tuvo el talento de limitarse a narrar, sin pretensiones estéticas ni de forzar la novela a ser un ejercicio de cabriolas vanguardistas; ni mucho menos para vehicular una ideología o una tesis sobre Venezuela. Yo creo que un escritor da con una imagen, con un asunto, que está tan articulado con las memorias de un país y una cultura, porque se ha nutrido tanto de ellas, que a veces pasa mucho tiempo para que eso pueda verse, porque el artista no siempre es consciente de todos los contenidos abarcados por su obra.

-¿Usted dio con una imagen cuando comenzó a trabajar con Ifigenia?

-A veces uno no encuentra la imagen sino que ésta lo encuentra a uno. Eso fue lo que me ocurrió. Y uno no sabe cuándo comienza ese encuentro. Creo que mi interés en Ifigenia se remonta a los años 60, cuando yo estudiaba Letras en la UCV. Y, luego, releyendo a Lezama Lima, a Pavese, nos dio, a Jaime López-Sanz, y a mí por volver a leer novelas venezolanas, sin ningún proyecto; éste llegó después, cuando empezamos a apasionarnos por lo que estábamos conversando. Yo me incliné hacia Teresa de la Parra porque sus novelas me gustaban desde joven; y era un mundo que yo conocía, que tenía mucha relación con mi propia historia, mi memoria, con lo que yo he vivido. Estaba la dificultad que implica la cercanía con el tema pero también la empatía con ese mundo.

-¿Cuál es su afinidad con el mundo de Ifigenia?

-Para mí la conexión se llama patio, dulcería criolla, tías, abuelas, el dulce de la chipolata, los recuerditos de París, la Mercedes Galindo que habla intercalando palabras en francés. Es un mundo familiar que yo he vivido y que forma parte de mi herencia.

-¿Y no es un poco riesgoso?

-Claro. Al meterse en eso, uno se esta sumergiendo en sus propios complejos. No es que esté hablando de algo que esté afuera: si eso me importa es porque es algo que uno sufre y que uno lleva en su mente. Pero a la vez, eso es lo que hace urgente el trabajo.

-En su ensayo se alude con frecuencia al complejo de la pobreza.

-Una las cosas más apasionantes que tiene Ifigenia es la manera como deja ver un conjunto de miedos y de complejos, de nudos afectivos, que son como islas de inconsciencia, donde hay elementos inconscientes muy tenaces que no son personales sino que vienen de la historia colectiva. En la novela de Teresa de la Parra encontré que esa quejadera, esa rebeldía, esa inconformidad, que vemos en el espacio público venezolano tiene muchas conexiones con la quejadera que se produce dentro de la casa: el famoso sacrificio. “Mira, mijito, que yo me he sacrificado por ti”. Ese discurso casero que genera una especie de mitología familiar no es muy distinto de aquello que en la calle se presenta con el machete: el que se sacrifica por los demás, el alzado. Estamos acostumbrados a ver la obra de Teresa de la Parra como un mundo íntimo, lindo, nostálgico, de la casa, una añoranza por una Venezuela que se fue, la Caracas de los techos rojos… y afuera, esa cosa desalmada llamada el país, la política, el heroísmo, lo maluco. Mientras más leía Ifigenia, más claro se me hacía la terrible circunstancia que le espera a César Leal (personaje de la trama) cuando regrese a su casa: una mujer sacrificada, casada con alguien a quien desprecia, por las convenciones, por el peso de la familia; eso debe ser algo tremendo. Lo que trato de demostrar es que, además de la novela linda, íntima, llena de mujeres que bordan y cocinan, hay allí otros ángulos, otras voces, u otra manera de percibir a la protagonista, entregada a un sacrificio con uñas, detrás del cual hay algo tremendamente desalmado también. Ese sacrificio de María Eugenia se aleja de lo que se entiende como tal en una sociedad tribal, donde hay una entrega; hay lo que hay es un gran voluntarismo, no hay entrega. Hay algo que, en verdad, no se sacrifica. Ella está encaramada en una retórica del sacrificio que la blinda para no sacrificarse.

-¿El verdadero sacrificado termina siendo César Leal?

-No lo sé. Ojalá yo pudiera escribir la novela de César Leal, de quien no sé sino lo que María Eugenia me dice, lo que me deja ver la novela. Pero en Ifigenia no hay tal sacrificio.

-La novela, ¿ha podido tener otro final, distinto al matrimonio forzado?

-No lo creo. De haberlo tenido, sería una novela de tesis, de liberación femenina. A mí me parece mucho más interesante así, porque me ha permitido ver los vínculos entre la independencia de afuera con la de adentro.

-¿Ha fundado Ifigenia una tradición?

-Yo no estoy de acuerdo en aislar a Teresa de la Parra del conjunto de novelistas al que pertenecen Rómulo Gallegos, José Rafael Pocaterra, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona y Enrique Bernardo Núñez; de la que se tiende a ponerla aparte porque era mujer, era intimista y porque escribía bien mientras que algunos de ellos lo hacían torpemente porque eran políticos. Toda esa novelística de principios del siglo XX está llena de imágenes y de conflictos que permiten abordar el tema venezolano y nuestra psicología. Sí creo que Teresa de la Parra, en su desarrollo de un mundo intramuros, y cómo era ajena a la política, no se dejó llevar ni por planteamientos esteticistas ni por pretensiones políticas. En Gallegos hay también una gran riqueza de complejidades arquetípicas, una retórica formidable que se expresa en los diálogos; Jaime López-Sanz lleva años trabajando en eso y cuando se publique su libro tendrá muchas revelaciones al respecto. Hay que decir que no me cuento entre quienes denigran de Gallegos, todo lo contrario: todavía hoy abro una de sus novelas y no la puedo soltar hasta el final; eso es un novelista. Claro que hay en su obra un voluntarismo del educador, de la tesis, que se filtra un autor comiéndose al narrador, es cierto, pero, bueno, la literatura está llena de eso. Y, con respecto a lo que vino después, no me atrevo a negar ni a afirmar si existe continuidad de la obra de Teresa de la Parra porque no tengo la distancia suficiente para percibirlo.

-También se encuentra en su ensayo frecuentes referencia a la incontinencia verbal venezolana.

-Nosotros hemos crecido admirando al “pico de oro”. En Venezuela se reverencia al hombre que sabe expresarse y que no importa de qué hable, ni cómo, mientras hable. En eso tenemos una historia larga y de muy reciente revivificación. Uno admiraba a Arturo Uslar Pietri porque “hablaba muy bien”; y eso pesaba más que lo pudieran ser sus ideas, lo importante es que era un pico de oro. Pero eso tiene una sombra: el que no puede expresarse así, el que no habla. Cuando uno estudia la retórica no puede perder de vista el otro polo: la torpeza para expresarse, que también está en nuestra historia y por eso vemos, cada vez con mayor frecuencia, la palabrería. Somos una república palabrero, donde lo importante es hablar, no importa de lo que sea, yo vengo aquí y llego con una lenguarada, voy a dar a clases y hablo hasta por los codos… yo hablo mucho, soy parte de esa incontinencia… entonces lo extraño es el silencio. Hay una manera de relacionarse con la palabra que excluye el silencio y los momentos de torpeza expresiva. A esto se añade otra cosa, muy común en nuestro medio intelectual: “el diente roto”, esos silencios que no dicen nada ni incuban nada. En suma, somos un país palabrero, donde no existe conexión entre palabra y acción. Y el estudio de la literatura venezolana nos ofrece un invalorable material para indagar en torno a esto.

Verbigracia, El Universal, marzo de 2002


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