Cecilia Martínez

Sólo una mujer que haya taconeado con tanta gracia a lo largo del siglo y planifique libar del futuro con toda delectación es capaz de llevar con tanta solvencia ese traje cuajado de flores, esa provocación primaveral en que se ha envuelto Cecilia Martínez para sentarse en el patiecito de su casa a interpretar las señas que le hace el porvenir medio escondido a la vuelta de la esquina.

Coronando la guirnalda que la viste aparece cada tanto esa sonrisa, mezcla de aquiescencia y mordedura, que la mantuvo por tres décadas en la televisión sin impregnarse de farándula. Cecilia desafía las convenciones —las ha desbancado todas— fue genial en la televisión a contrapelo de la televisión; fue libre y mujer honesta cuando las mujeres debían optar por una u otra trilla; se casó a los 59 años con un hombre de treintipocos y aún sonríe al recordarlo (entre otras cosas porque lo ha sobrevivido); se toma un whisky cada tarde y es hermosa pasados los ochenta. A eso se llama tener futuro un ser.

Hija de una pareja de mantuanos sin reales, la pequeña Cecilia quedó huérfana muy temprano porque su madre, Josefina Mendoza Aguerrevere, nieta del ex presidente de Venezuela, el doctor Cristóbal Mendoza, murió de una pulmonía. Fue así como quedaron los cuatro hermanos al cuidado exclusivo de su padre, un Martínez Reverón, que se ganaba la vida como contabilista del ferrocarril Caracas-La Guaira. La circunstancia de su orfandad indujo al padre a inscribirla desde muy temprana edad en el Colegio Chávez, adonde la niña comenzó a acudir con un lazo negro que recogía en lo alto de su cabeza los crespos que la colmaban y donde completaría su educación primaria. «Sólo llegué hasta sexto grado. En esa época las muchachas no podían continuar estudios de bachillerato. No se podía y no se debía, no estaba bien visto», explica, como si le hubieran hecho falta cinco años en las aulas para ser una bachillera.

No hubo instrucción formal en algún liceo de la República pero sí preceptores y clases de música. «Mi padre determinó que mi hermana Fina estudiaría canto; yo, piano; mi hermano Alberto, violín; y mi hermana Beatriz, bandolín. Esto lo combinábamos con las tareas de la casa, donde nosotros lo hacíamos todo. Mi papá se levantaba a las seis de la mañana a hacernos el desayuno, antes de irse para su trabajo, y a partir de ese momento quedábamos íngrimos en la casa».

Con esa voz de caña rajada

Como debería saberlo todo el país (y venir impreso en los libros de Historia Patria), Cecilia Martínez comenzó a trabajar en la radio desde que era una chiquilla.

—Cuando se funda la Broadcasting Caracas —recuerda Cecilia— Eduardo Martínez Plaza, que era primo de mi papá, compra un espacio de media hora para difundir música, La hora de la canción, se llamaba. No consigue publicidad y carece, por tanto, de medios para pagar cantantes. Va a casa de mi papá y le pide que le permita a Finita que cante en su programa. Acompañando a mi hermana, le rogué a Eduardo que me dejara cantar a mí también pero él me dijo: «Con esa voz de caña rajada, tú no puedes cantar. Quédate ahí quietecita».

«Así me quedé, con mi sombrero, mis guantes y mis mediecitas tobilleras, sentada detrás del vidrio del estudio. Eduardo comenzó a tocar la guitarra y Fina se quedó ahí, sin poder pronunciar una palabra. Muda. Irrumpí en la cabina, la aparté y empecé a cantar: Quisiera amarte menos / no verte más quisiera… Canté tres canciones y nadie dijo nada. Al final, me dijeron: ven acá, muchachita… Yo tenía quince años y aparentaba doce. Esa fue la partida de una profesión en la que he estado toda mi vida. Mi papá decía que no pasaba por el Coney Island de Los Palos Grandes porque corría el riesgo de verme a mí caminando en la cuerda floja».

Las plazas que habrán de dedicársele proclamarán que fue ella quien cantó el primer jingle de la historia de la publicidad en Venezuela.

«A capella. Tenía que ir seis veces al día a la emisora a cantarlo. En aquella época vivía en Caracas un señor Laúd, que fabricaba un jabón forrado con un envoltorio muy parecido al del Palmolive, al que puso Cremolive. Naturalmente, la Palmolive lo demandó y le prohibió usar elementos que se prestaran a confusión. Fue así como el jabón perdió hasta el nombre y le quedaron al señor Laúd muchos bultos de jabón que él tenía que vender a toda costa, para lo cual hizo publicidad poniéndole al producto su propio nombre. Se decía que el jingle que yo cantaba lo había escrito Andrés Eloy Blanco, que por esos estaba enconchado y hacía cositas por ahí para ganarse unos reales».

El jingle decía así: «Suspirando está en el baño, Ana María de La Luz / porque ella quiere bañarse con John Laúd / y su madre no concibe que Ana María de La Luz / quiera meterse en el baño con John Laúd . / Mamita, mamita, encárgame el ataúd / si tú no me dejas bañarme con John Laúd». Y ella corría a la emisora media docena de veces al día para plantarse ante el micrófono a desgranar aquellos deliciosos versos hasta que el general Gómez los prohibió por inconvenientes. «El jingle era muy atrevido para la época. Hoy no, porque hoy se baña todo el mundo con todo el mundo, pero en aquella época esa mensaje era muy pícaro».

Cuánto tiene el pote del futuro

«De la radio salí al matrimonio. Del matrimonio a la desesperación y por ocho años estuve fuera de la radio hasta que me divorcié y regresé. De la radio pasé a la televisión el mismo día que se estrenó este medio. Y al poco tiempo me asignaron un espacio dirigido a las mujeres, que duró treinta años en tres televisoras (primero en Radio Caracas, después en Venevisión y luego en el canal ocho). Allí enseñaba a las mujeres a comer. Era la época en que llegó toda aquella gente sin modales a los puestos de poder. Y sus esposas eran muchachas muy meritorias pero venían de los cerros. No sabían cómo comportarse en sociedad».

En Radio Caracas, y por espacio de doce años, estuvo haciendo el programa Monte sus cauchos Good Year con el profesor Nestor Luis Negrón, quien acuñó la famosa frase: Cecilia, ¿cuánto tiene el pote?, que podrían entonar los coros que cantarán sus alabanzas.

Al ser interrogada con respecto a lo que ella avizora para el futuro de Venezuela, confirma lo que toda la nación ha aplaudido: «En realidad, soy una persona muy optimista. Tengo una inmensa alegría de vivir, aún hoy en día, a mi edad. Y siempre he creído mucho en nuestro pueblo, tan vilipendiado».

«Este remezón que hemos vivido ha sido como meter un palo en agua clara y ha salido a flote toda la suciedad que teníamos encubierta. No hay duda de que los partidos estaban repantigados en el poder, haciendo lo que les daba la gana y eso nos condujo a esto que tenemos ahora, que no es lo deseable, de ninguna manera, porque aunque es cierto que lo que necesitamos es lo que el presidente ha dicho que necesitamos, también es verdad que no necesitamos sólo palabras y mucho menos amenazas. Y mucho menos dividir un país que no se había dividido nunca; hoy vemos odios y particiones que nunca se habían visto en Venezuela. Creo también que con leyes no se cambia un país. Me parece que los cambios que necesitamos no van a sobrevenir con leyes sino mediante un cambio en lo más profundo de todos nosotros. Cada cual tiene que aceptar y cumplir con su responsabilidad en la posición donde le toque desempeñarse».

«Pero estoy convencida de que todo lo que ha ocurrido será bueno para el país. Hay gente que nunca se había conmovido y que está reaccionando. Lo más probable es que yo no lo vea pero apuesto todo lo que he vivido a que el futuro será estupendo para Venezuela».