El padre de la víctima

 Milagros Socorro

Este hombre acaba de cargar el tanque de su carro con gasolina. Son las 10: 00 am del jueves 8 de febrero. La estación de servicio está congestionada y espera su turno para salir. Distraídamente, escucha la música de la radio y tamborilea en el volante reinventando la melodía y descubriendo en ella sonoridades insospechadas. En ese momento ignora que el nombre de su hijo menor, que ha heredado su excepcional talento para la percusión, aparecerá al día siguiente en los periódicos.

Ha avanzado unos pocos metros cuando suena su teléfono celular.

Antes de contestar, comprueba que la llamada proviene del hijo mayor, cuya voz hace días que no escucha, por uno de esos desencuentros amorosos que a veces jalonan la relación entre un padre y un hijo que se aman profundamente y comparten la dificultad para expresarlo. Experimenta una súbita alegría.

Ahí está su muchacho. Seguramente va a comentarle algo acerca de la profesión que también los une. Ambos son oficiales. Este hombre, comandante retirado de la Guardia Nacional, y el joven, teniente del Ejército. Contesta la llamada pero no logra entender lo que le dice. El llanto en el teléfono suele ser ininteligible.

 

LA EDICIÓN de El Nacional, del viernes 9 de febrero incluirá una nota, fechada en San Felipe, Yaracuy, que dará cuenta del asesinato del subteniente del Ejército, José Leonardo Cubillán Valero, de 24 años de edad, destacado desde septiembre en la guarnición militar de esa ciudad. Un delincuente lo había seguido desde el banco donde había retirado una pequeña suma y lo interceptó en una tipografía a donde había ido a hacer una diligencia del comando. Allí le hizo un disparo a pocos centímetros de su corazón y, antes de emprender la huida, sacó del bolsillo de la víctima el montoncito que abultaban los billetes.

El padre diría después que no logra recordar cómo llegó a su casa.

Qué trayecto siguió, cómo condujo, solitario, abismado, el odio abriéndose paso por el bosque de horror más abigarrado que pueda concebirse. Ni tiene memoria de las llamadas que hizo: un ulular desesperado que tampoco entendían los familiares a quienes contactó en ese momento.

La tragedia estaba apenas instalándose. Tenía por delante la tarea de ir a recoger a la madre de José Leonardo para irse juntos en un avión del Ejército que partiría desde La Carlota hasta San Felipe, donde recogerían el cuerpo del hijo. En La Carlota fueron atendidos con un respeto y una presteza que la familia en pleno agradece muy altamente, lo mismo que al personal de la base aérea del Ejército en San Felipe, sede del Regimiento de Helicópteros del Ejército y de la Escuela de Pilotos del Ejército.

Desde ese lugar se emprendería el viaje más dramático que nadie podría vivir. Alineados en los asientos abatibles de un avión SkyTruck, los padres y un pequeño grupo de allegados rozaban las rodillas con la caja donde iba el muchacho asesinado. Fue un viaje que parecía que no iba a acabar nunca.

Desde San Felipe hasta Maracaibo. En aquel avión panzón, lento, aturdidor por el ruido de los motores, con un vuelo bajo que permitía observar la terrible belleza de un paisaje muchas veces transitado por la criatura que ahora lo sobrevolaba desde la inmovilidad de la muerte.

Este hombre del que hablo acariciaba la madera y apretaba los ojos, incapaz de dar consuelo a la madre gimiente que iba a su lado.

 

TODAVÍA FALTABA el descenso a los sótanos del espanto, que queda en la “sala de preparación” de una funeraria, en Maracaibo.

Este hombre se sometió a lo indecible, al beso en la piel helada, a la bendición no respondida, a lavar el rastro de sangre, a retener para siempre entre sus visiones el sello oscuro de la herida en el pecho amado, porque, según dijo, quería llegar hasta el fondo del dolor y tributar a su hijo el homenaje de vestirlo con el uniforme de gala, que casualmente estaba recién llegado de la tintorería. José Leonardo planeaba usarlo en su inminente boda.

Después vendría la clausura de la tapa del féretro, la inhumación, las salvas, las flores arrojadas en desmayado gesto de despedida.

Los padres de Lalo no están solos en el descampado de la atrocidad.

Su hijo es el quinto oficial de su promoción en caer arrebatado por mano de hampón. Sí, en año y medio de graduados ya son cinco los subtenientes de una sola camada de jóvenes militares cuya vida termina por mediación de la escoria. No sé cómo iban los otros cuatro pero José Leonardo estaba uniformado y sin arma cuando la desgracia se cernió sobre él y dejó a este hombre sumido en el silencio y en un tormento siempre presente en sus ojos, donde puede verse cruzar sombras de ira y de desesperación.

 

EN LOS DÍAS transcurridos desde aquella mañana del jueves cuando la natural serenidad de este hombre quedó rota por una mezcla de sentimientos que sólo él puede saber pero que nadie puede nombrar, ha estado escuchando historias parecidas a la del final de su hijo. Muchas historias. Todas recientes.

Estoy hablando de crímenes que han ocurrido en esta sola semana. Seguidillas de acontecimientos que comienzan con un segundo fatídico y ponen en marcha la llamada con los gritos, las frases entrecortadas, ese no te entiendo, qué dices, no puede ser, eso no ha ocurrido… y luego, las gestiones burocráticas, que son muchas, la contemplación del hijo inerte, el sollozo que enlaza los días. La tentación de la locura.

Esa es la marca de muchas familias en Venezuela. La que acogota a miles que ya han pasado por esto y la que paraliza de terror a todas. Lo que nos une a todos los venezolanos no es un gentilicio, ni un territorio, ni un pasado común, sino este pavor cotidiano, este no dormir hasta escuchar el chasquido de la puerta que anuncia el regreso. El castellano de Venezuela, el que hablamos todos por igual, con independencia de las circunstancias regionales, de educación, de clase o de emplazamiento político, es esta lengua luctuosa que no tiene palabras, porque no las hay, porque es de ayes y de temblores.

Porque su diccionario se limita a esa letanía de hijo, hijo, qué te han hecho, hijo mío.

Me dicen que a este hombre, bueno y cabal donde los haya, lo aliviará el tiempo. Pero yo sé que ni los siglos le atraerán sosiego si no hay justicia, si no se conjura el otro crimen, que sería el de la impunidad.

 

Publicado en El Nacional, el 15 de febrero de 2007

 

 

Un comentario en “El padre de la víctima

  1. Quede anonadada ante esta tristemente repetida historia, se me encoge el corazon al pensar en ambos padres viendo a su hijo sin poder hacer nada para retrotraerlo a la vida. No quiere Dios que los padres entierren a sus hijos y esta desgracia ocurre cada rato. Dios bendiga al hijo perdido y a sus padres les conforte en su pesar!

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