4 caricaturistas político venezolanos

Milagros Socorro

Profesionales de la brevedad y la precisión, los cuatro caricaturistas convocados por Clímax evidenciaron una notable disposición para reflexionar en voz alta acerca de su oficio, sus motivaciones y los sobresaltos que encubren esas salidas ingeniosas y esas sentencias que tantas veces nos han ayudado a vivir y, sobre todo, a sentirnos acompañados en los recodos más espinosos de nuestra senda común.

De los cuatro, sólo Rayma firma sus cartones con su nombre de pila. Zapata, Fonseca y Weil los suscriben con el apellido, de origen andino, andaluz y alemán, respectivamente. En todos los casos la rúbrica es rasgo gráfico que se integra la obra como un elemento crucial: amarra el hecho de que la historia reproducida en esos pocos trazos es elaboración de una subjetividad muy hondamente concernida.

Al aludir al asunto de la marca autoral, Rayma dice que jamás se le ocurrió firmar con su apellido. “El nombre que recibes al nacer determina ciertos matices. Te da un tono. Si yo me llamara María Corina, pongamos, seguramente tendría otro tumbao. El nombre contribuye a moldear la personalidad. Por otra parte, me siento más Rayma que Suprani y las cinco letras de mi nombre son un elemento gráfico corto, compacto”.

Rayma estudió Comunicación Social enla UCV, lo que contribuyó a enriquecer una vocación nacida en ella podría decirse que de nacimiento. “Mi expresión fundamental ha sido la gráfica: yo antes de hablar, dibujo. Y llego

a la caricatura política por el periodismo pero pasando por una estación en la que tuve el privilegio de detenerme a los 13 años, cuando entré

al estudio de Pedro Centeno Vallenilla, en El Bosque, y aprendí de ese maestro a trabajar la figura humana”. Rayma tiene 12 años en El Universal pero se había iniciado en el arte que la ha hecho célebre en el diario Economía Hoy

cuya primera página se ilustraba con un dibujo que era asignado a cada uno de los dibujantes de la plantilla del periódico.

Carlos Fonseca, autor de la caricatura de Últimas Noticias, es, como Pedro León Zapata, artista plástico. Y por varias décadas ha trabajado como publicista. Se felicita de haber recibido la impronta de varios maestros, entre quienes recuerda uno muy especialmente. “Yo estudiaba en el Fermín Toro”, dice Fonseca con un tono tan dulce que nadie lo creería capaz de esas caricaturas tan tremendas, “donde tuve la suerte de contar a Freddy Reyna como profesor de Artes Plásticas. Freddy me presentó a Aquiles Nazoa, quien se transformó más que en mi maestro en un modelo que traté de seguir en todo lo posible. Cuando yo tenía 12 años me la pasaba en la sede de la revista El gallo pelón, antes de que ésta se desvirtuara y se convirtiera en otra cosa. Pero en esa época contaba con colaboradores como Arturo Uslar Pietri, Alejo Carpentier, Pedro León Zapata y el propio Aquiles. Yo era el muchachito que recibía las colaboraciones, así que un día ellos decidieron que yo sería el director de la revista porque era el único que estaba siempre en la redacción. Fue una gran experiencia y una gran época para mí. Aquiles me enseñó a amar a mi país. Era un hombre absolutamente excepcional y un convencido de sus visiones políticas. Claro que estamos hablando de una izquierda que no tiene nada que ver con esta supuesta izquierda de hoy, que es la quintaesencia de lo peor de los adecos.

Roberto Weil, quien ya tiene siete años en Tal Cual, se graduó de ingeniero, enla Universidadde Massachusets, institución a la que ingresó gracias a una beca de atleta (Weil era –es, quién sabe- gimnasta. Y siempre ha sido un apasionado del dibujo (algunos de sus amigos de adolescencia son hoy artistas plásticos reconocidos). Se inició en la ilustración de prensa en El Diario de Caracas; y en la caricatura política, en El Universal, cuando le tocó suplir a Rayma en unas vacaciones.

 

Ni de vaina

Al preguntarles si es concebible una caricatura política para halagar al poder, ninguno titubea.

Rayma: “Es detestable. Desde luego, siempre hay tendencias pero la caricatura o el humor concebidos para adular al poder es contra natura porque atenta contra el espíritu del trabajo: el humorista es un crítico de todo. Es posible que sea una marca de mi generación. Yo crecí en la incredulidad que siguió a la militancia de mis padres en una izquierda fracasada. Me formé en una incredulidad que jamás admitió la posibilidad, por ejemplo, de sumarse a una iconografía religiosa como la que se ha hecho a partir de la figura del Che Guevara. En cualquier caso, estoy convencida de que uno no puede ser de izquierda o responder a alguna ideología antes que ser caricatura. El ojo crítico está antes que todo. Y eso es lo que ha ocurrido con Pedro León Zapata o con el mexicano Rius”.

Aludido, Zapata dice: “Yo diría que no. Es más, considero que no es concebible un humorismo para halagar. Ocasionalmente puede que ocurra pero como norma considero que sería absurdo”.

Para Fonseca: “La adulación del poder corre es cosa de las relaciones públicas y ése es un trabajo que nunca me ha gustado. Un buen caricaturista, como cualquier profesional, debe ser honesto, de forma que sus errores obedezcan a sus fallas, a sus debilidades, no al oportunismo”.

Weil: “Yo no las haría. Y, para este Gobierno, ni que me paguen, por sabroso que sea recibir un cheque gordo por una caricatura. Pero no podría tener mi conciencia tranquila si prestara mi oficio a reconocer a un gobierno que ha sembrado tanto odio y que mantiene a la gente en la angustia”.

 

No es que sea inservible

Del diálogo se deduce que estos profesionales de la caricatu… más bien, esclavos de la caricatura porque todos deben hacer una ¡cada día! (y debe ser genial porque han acostumbrado a las audiencias a eso) no esperan que su obra, en general, ni el género, en particular, cambien nada que no sean ellos mismos.

Zapata: “Lo políticamente correcto es decir que siendo arte, la caricatura no sirve para nada; y aunque uno sea enemigo de lo políticamente correcto, considero que, en efecto, la caricatura no es que no sirva para nada, sino que únicamente le sirve a quien la hace. Y en mi opinión, la caricatura no me sirve a mí porque sea lo que llaman un  desahogo, sino porque me produce el placer de pensarla y realizarla. Desde ese punto de vista, desde el punto de vista del autor, la caricatura sirve para mucho, tanto que pudiéramos decir que hay caricaturistas para los que la vida tiene sentido porque hacen caricaturas.

Fonseca: “Debo admitir que la intención de mis caricaturas no es que la gente se ría sino que piense. Con mi trabajo trato de convertirme en una caja de resonancia de lo que piensa la mayoría y a partir de allí advertir lo que está ocurriendo. En estos días trabajo con una idea abrumadora: el Gobierno va a ganar en el referéndum aprobatorio de la reforma ala Constitución, ¿por qué? Porque la gente se va a abstener, y con toda la razón del mundo, porque no creen en el CNE”.

Rayma: “A través de las caricaturas muestro mi forma de ver el mundo y el país. Estoy consciente de que todos compartimos las mismas angustias pero, a la hora de dibujar, trato de que la risa sea lo primordial. En estos años he podido comprobar que la gente necesita mucho reírse de la realidad, de las mismas cosas que la torturan. Es porque la risa es oxigenante. Y el humor es capaz de poner a las sociedades delante de ese espejo que siempre eluden. El humor desnuda a las sociedades y al poder”.

 

Una idea cada día

Quiero saber cómo les llegan las ideas. Si es que por un lado se les ocurre la imagen y, por otro, el texto. ¿Cómo es eso?

Weil: “Yo mantengo mi libreta a la mano. Allí trazo bocetos,  hago acuarelas, rayas, esbozos, retratos… anoto todas las ideas que se me ocurren, tomo nota de lo que oigo en la calle, en la radio, a los amigos, a todo el mundo. Me he acostumbrado a ser un radar de ideas y, en cuanto las capto, las consigno en mi libreta”.

Zapata: “Cuando a uno le llega una cosa que parece idea (porque a uno, viéndolo bien, a lo mejor, nunca le han llegado ideas) la sorpresa y la alegría son tan grandes que lo abarcan todo, y no queda espacio para que uno se ponga a averiguar de dónde viene. Respecto al texto y a la imagen, en mi caso casi siempre llega primero el texto. Yo creo mucho en la palabra, la considero la más perfecta de las formas de comunicación. No creo que una imagen valga por mil palabras pero en una caricatura el texto debe ser o debe hacerse imprescindible porque no tendría justificación agregarle un dibujo a unas palabras que lo dicen todo. Cuando es así, es decir, cuando las palabras lo dicen todo, uno inventa la forma de decirlo gráficamente para que quede justificado el dibujo”.

Fonseca: “Trabajar en el área creativa de una agencia de publicidad por 30 años te afina el oficio para producir. No sólo porque te mantienes, digamos, entrenado sino porque las frustraciones que se pueden albergar en la publicidad uno se las desquita con la publicidad”.

-¿Tienen siempre los bolsillos llenos de papelitos?

Weil: “Yo no me despego de mi libreta”.

Zapata: “No. A veces he pensado que sería bueno llevar un grabador, lo cual es mucho más moderno que los papelitos, pero viéndolo bien yo sólo pienso en caricatura cuando llega la hora de hacerla. Cuando no estoy haciendo caricaturas me gusta pensar libremente en cualquier cosa y considero que hacer apuntes o grabaciones de lo que uno piensa, con la finalidad de convertirlas en última instancia, indudablemente, en mercancía, rebaja la condición del pensamiento, que debe ser gratuito, deportivo y por puro placer”.

Fonseca: Mantengo los bolsillos llenos de papelitos, rayados, a veces, con tal velocidad que en muchas ocasiones no entiendo qué es lo que he anotado allí”.

Rayma: “Puedo tener papelitos, servilletas, facturas… y todo se me pierde. La caricatura es el producto de un proceso creativo que, como ocurre con todos los procesos creativos, resulta de la adherencia de elementos de todos lados. Uno va creando una especie de archivos de lo cotidiano, de la calle, de lo que ve y oye, de lo que lee…Esos archivos están allí y de pronto emergen en una caricatura. Por eso no me apego a la libreta y prefiero confiar en la memoria. No hay duda de que la prensa me ha dado una disciplina de trabajo: todos los días tengo que decir algo con imagen y con texto.

-¿Cómo ven el país (en frases más largas que lo habitual)?

Rayma: “Yo estoy aquí y no me voy a ir. Yo vivo mi país con dolor, con rabia, con miedo y, a veces, con alegría. Creo que nos ha tocado asistir al crecimiento –en el sentido de maduración- de Venezuela a ver si así no seguimos repitiendo los errores”.

Fonseca: “Vivo en la desesperante certeza de que dentro de unos días, tras la aprobación de la reforma a la Constitución, se acaba mi país. Lo único que quisiera es que mis conciudadanos comprendan la gravedad de la hora y se nieguen a darle un barniz de democracia a una acción absolutamente antidemocrática. Quisiera que la mayoría se negara a avalar la destrucción de Venezuela. Lo que nos está pasando a nosotros tiene un solo nombre: dictadura. Y, frente a una dictadura, sólo queda la confrontación en cualquier terreno. Yo quisiera, desde luego, que el terreno fuera institucional y democrático.

Weil: “Yo veo un país donde la pobreza ha ido creciendo. Y al mismo ritmo se ha incrementado el resentimiento”.

Zapata: “Tengo que repetir lo que dijo un presidente de Cuba (hace, naturalmente, muchos años) y que ya es un lugar común: ‘Lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo’”.

Publicado en la Revista Clímax, noviembre de 2007