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Los auténticos ni-ni

Milagros Socorro

Los verdaderos ni-ni de Venezuela no están en el abanico político, sino a la sombra del misterio, donde, como decía El Libertador, no trabaja sino el crimen.

La masa de no alineados en política es inestable: merma en vísperas de comicios, cuando las conciencias son adormecidas por el tintineo de los millones lanzados al encuentro de los volubles electores; y aumenta en periodos de sequía electoral, cuando el Gran Irresponsable viene a Venezuela el tiempo necesario para exprimir los recursos del país, asegurarse de que sus fechorías son legitimadas al convertirse en leyes y salir rápidamente a malbaratar el dinero de la Nación entre quienes ríen forzadamente sus chistes al tiempo que hurgan en sus faltriqueras. Cuando el desfalco es demasiado visible, cuando el atropello de los cubanos y su espionaje de los nacionales es demasiado humillante, cuando la corrupción del gobierno es demasiado grotesca, cuando son incontables los millones de dólares que Chávez ha sacado de Venezuela, entonces se moviliza el tropel de arrepentidos de haber votado por él. Ahora no son chavistas, ahora son ni-ni, porque no han encontrado otro caudillo a quien entregarse ciegamente, sin exigencias y sin escrutinio. Un día amanecen dispuestos a no persistir en un apoyo suicida y, al siguiente, dicen que todo va mal, pero que a Chávez lo tienen engañado. Eso sí, no se tiene noticia de ningún ni-ni que se haya visto perjudicado por su disposición a mecerse en ese columpio.

En fin, eso no es ser ni-ni. Eso es inconsistencia y franca pereza para exigir a los políticos que cumplan con lo que se espera de ellos. Más fácil es actuar como un menor de edad y poner en manos de otro el propio destino. No importa que ese otro sea un farsante sin más talento que el de cantar en el centro de un mariachi, donde la falta de afinación es disimulada por dos violines, tres guitarrones y diez borrachos.

Mientras el liderazgo político se pregunta “cómo enamorar” a los alegres indecisos, hay un grupo, que cada día crece y se fortalece más, al que le da exactamente igual quiénes son chavistas y quiénes, demócratas. A esos lo único que les importa es que siga esta estampida de la autoridad, que no termine el eclipse de gobierno, que no amanezca jamás, que siga la fiesta de la anomia y la impunidad. Esos son, -además de los rateros que legitiman su incesante extracción llamándose revolucionarios– los malandros que andan por la calle atracando a toda hora, en todo lugar, sin control y sin riesgo para su actividad. Son los homicidas que ya ejercen a plena luz del día, por causas fútiles (cuando las hay) y prácticamente sin consecuencia. Son los ladrones de carros, que actúan con sorprendente aplomo, van bien peinados, olorosos a colonia, y tratan a las víctimas como pacientes de pediatría (“tranquilita, tranquilita, que no va a pasar nada, dame las llaves y ya”) mientras se levantan las camisa para mostrar el destello de la pistola. Son los “comandos” que asaltan edificios enteros o que detienen gente en la calle y la obligan a ir a sus residencias y entregar todo lo de valor que sea fácilmente transportable. Están por todos lados. No descansan ni conocen de espacios vedados. Es como si se hubiera desatado un ejército de demonios y anduvieran por allí, resollándonos en la nuca, sin que nada ni nadie los detenga.

El gobierno dice que son paramilitares, pero la sociedad tiene muchas razones para sospechar que muchos secuestradores express, roba-carros y despojadores de edificios enteros son policías. Es decir, el mismo gobierno. Y esta certeza se refuerza cuando la víctima va a la comisaría a poner la denuncia (porque es exigencia de las compañías de seguros) y el mismo funcionario le dice que si quiere “pagar rescate” por el carro, eso queda a su criterio. Qué se puede esperar con semejante laxitud. Y cómo no pensar que todos están implicados en el horrible negocio.

Esas mafias organizadas, esos delincuentes de mirada fría y pulso firme, esos criminales de inverosímil audacia, confiados, que no están apurados, que no experimentan el sobresalto de los malandros tradicionales, esos sí que pasan de las tendencias electorales. Y tienen a la población en un puño. No discriminan según la chapa, el cargo o la adscripción política.  Esos son los verdaderos ni-ni: ni ley, ni límites. Ni piedad.

Publicado en el El Nacional, el 7 de noviembre de 2009

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