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Peor que tres soles temblando / El Nacional

Con acento

(De cuando Isaías Rodríguez era fiscal)

 Peor que tres soles temblando 

Milagros Socorro

 Partamos –en fin, parto- de que al fiscal Isaías Rodríguez nadie le cree nada. Es evidente que se conduce como si el actual estado de impunidad será eterno, que nunca nadie les va a pedir cuentas, que jamás cesarán los aplausos, las adulaciones, la reescritura interesada de la historia. Pero la verdad es que nadie, mucho menos esos que lo ovacionan en el clímax de sus delirios, cree ni por un instante que alguna declaración de Rodríguez pueda poseer visos de verosimilitud. Tenemos, además, demasiado fresca su imagen plañidera asegurando que amaba a Danilo Anderson más que a su madre… (da pena hasta citarlo). Sin embargo, se me han ido varios minutos tratando de figurarme qué estará pensando el general Lucas Rincón, cómo se sentirá al saber que sus propios compañeros de proceso lo arrojan a la paila del ridículo para pergeñar la versión amañada de la semana. Parece que los vemos: “por ahí viene el 11 de abril, hay que prepararse una vaina buena, bien impactante”, habrá dicho uno. “Bueno, yo tengo una tremenda idea… pero vamos a tener echar al pajón a uno”, diría otro. “Quién va a ser”, habrán coreado todos en triunfal tropiezo con lo evidente: “¡Lucas!”. Y ahí tenemos al buen Lucas revisitado en una historieta según la cual dijo lo que dijo porque fuera de pantalla había un tipo apuntándolo.

 Tampoco me extraña demasiado. Yo misma vi al general Lucas Rincón, semanas después de los sucesos del 11 de abril del 2002, en una actitud de asombrosa falta de carácter, por decirlo de alguna manera. Había convocado a los periodistas de la fuente militar a un desayuno seguido por una rueda de prensa en Fuerte Tiuna. Los había llamado para ofrecerles un cambio de actitud, una apertura informativa y la consiguiente suspensión de las trabas para obtener información castrense de primera mano. Frente a un auditorio donde se encontraban los grandes reporteros de la fuente en todos los medios, el general Rincón ganó la tarima y empezó a hablar –en fin, a divagar. Pasaron varios minutos y de pronto se escuchó la potente voz de Berenice Gómez, muy respetada periodista especializada en el tema, que, libreta en mano, le espetó (esto sin micrófono, sólo con su natural don de mando): “Bueno, Lucas, basta de rodeos. Ya va siendo hora de regresar a nuestras redacciones, tenemos que llevar alguna noticia y estamos en blanco. Aterriza pues.”

Me quedé helada. Para el momento yo estaba bastante impresionada con el general Lucas Rincón, específicamente por el detalle de su cabello, totalmente negro, algo excepcional a su edad. Vi a Berenice dándole golpecitos a la libreta con el lápiz como para enfatizar su impaciencia y temí lo peor. Como yo estaba allí por invitación de Berenice, me vi sacada a rastras del lugar y encerrada con ella en un calabozo. Me auguré José Rafael Pocaterra. Para mi gran sorpresa (que nunca he superado), el general Lucas Rincón se quedó mirando la figura de Berenice Gómez, que seguía de pie, desafiante, su blusón de algodón indio, su pantalón de lycra, los zapatos de goma que le aportaban un caracoleo neumático, y luego dijo, con gran humildad y una voz, indecisa, adolescente, como de zagal del padre Vílchez: “Bueno, Berenice, yo lamento que tú sientas que estás perdiendo el tiempo. Yo estoy aquí tratando de hacer lo mejor posible…”. Ahora que evoco aquel episodio como que estoy tentada a darle credibilidad al fiscal: si el general Lucas Rincón se acoquinó frente a una reportera que le exigía seriedad (claro, no cualquier reportera), qué no diría si por ahí ronda un uniformado jaleándolo con un arma cargada. No sé qué es más temible.

Pero no nos dejemos distraer con minucias. El presunto pavor de los tres soles es una anécdota más de la quincalla venezolana, que alguna vez recordaremos con enternecida hilaridad como el primer matrimonio de Elluz Peraza o la botellita de Betulio. Lo verdaderamente grave que ha ocurrido en Venezuela en los últimos días es el acuerdo, logrado en el consejo de ministros N° 420, de liquidar las fundaciones de Estado de los museos de Bellas Artes, Ciencias, Alejandro Otero, Carlos Cruz Diez, Arturo Michelena, Maccsi y Galería Nacional (GAN), que ahora formarán parte de la férreamente centralizada Fundación Museos Nacionales.

No sabemos, por no haberse dado a conocer, qué criterios han impulsado esta transformación –que no es más que la vuelta al pasado, muy específicamente a antes de 1990, cuando se crearon esas fundaciones ahora eliminadas para contribuir a la descentralización, sobre todo intelectual, y desburocratización de los museos, lo que redundó en el brillante desempeño que tendrían en esa década. No sabemos qué estudios precedieron esa decisión, qué evaluación, qué propósito de mejoría. Sólo sabemos lo que el ministro de Cultura dijo en noviembre del año pasado, cuando anunció esa “gran reforma institucional”, que, según dijo entonces “pretende disminuir la burocracia en el sector museístico [...] y un aprovechamiento del presupuesto.”

Perturba el hecho de que en la misma rueda de prensa, Sesto haya comparado la fusión de los museos con la “Megaexposición. Arte venezolano del Siglo XX”, en cuya preparación quedó de manifiesto la diversidad de miradas y concepciones del arte y la cultura que tenían los directivos de los museos. “Esas diferencias resaltaron”, dijo el ministro, “y fueron muy preocupantes”. Mala cosa –trágica cosa- si a un ministro de cultura las diferencias le parecen preocupantes y no un patrimonio espiritual de una sociedad que ésta debe proteger y aún profundizar.

 Razón tuvo María Elena Ramos cuando declaró, para la revista Arte al día, que lo que se persigue con esta fusión es “homogeneizar lo que por naturaleza es, y debe ser, diferente”, y denunció que el trasfondo de la iniciativa es concentrar “todas las decisiones en un solo ente (¿una sola mente?), de forma autoritaria y con objetivo político”. En recientes declaraciones para El Nacional, Ramos, quien asegura que en museología y por muchos años Venezuela ha sido primer mundo, insistió en señalar que las acciones del ministro están orientadas por su afán de concentrar todas las decisiones en estructuras políticas más que administrativas, e ideológicas antes que especializadas.

Será difícil encontrar alguien que crea que, efectivamente, a la unificación se procede para reducir la burocracia. Y cómo aceptar ese cuento si a renglón seguido el funcionario revela su proyecto de crear tres nuevos viceministerios: de Identidad y diversidad cultural, de Cultura para el desarrollo humano, y de Racionalidad económica.

Este punto es atajado también por Guillermo Barrios, para quien es obvio que la solución planteada contraviene, en todos los términos, la supuesta reducción de nóminas. “El excesivo centralismo”, dice Barrios, “con la desaparición de los órganos estructurales de funcionamiento de las instituciones y la desaparición de sus autonomías no garantiza, como ha sido históricamente demostrado, la desaparición de la burocracia, sino exactamente lo contrario: su profundización, sobre todo en el marco de una esperada multiplicación de plantas de operación.”

Terrible augurio tenemos en el hecho de que el más politizado de los museos, por el factor Sesto, fue el Maccsi, al que, encima, lo ahumó el infortunio con el siniestro de la torre Este de Parque Central. En la actualidad la creación de Sofía Imber más que una institución es un acto de fe: es preciso un gran esfuerzo para darlo por existente. ¿Como la majestad de los tres soles? Pues sí. Qué pequeño es el mundo.