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Entrevista a Milagros Socorro / Por Gloria Majella Bastidas

Gloria Majella Bastidas

 -¿Cómo se imagina que será el ejercicio periodístico en un escenario como el del socialismo del siglo XXI, que no sabemos exactamente lo que es pero que, desde ya, va acompañado de sospechosos ingredientes, como la reelección indefinida, la subordinación de la Asamblea Nacional al Ejecutivo Nacional, la creación de un partido único y el cierre de medios?

-En realidad, sí sabemos lo que es el Socialismo del siglo XXI: una forma autoritaria de ejercer el poder, caracterizada por la concentración de todos los poderes en manos del Ejecutivo; con la particularidad de una extrema improvisación, y de que las iniciativas emanan de una personalidad narcisista y con gran inclinación a la satisfacción de sus caprichos; desde luego, siempre con el objetivo de ejercer el control sobre todos los espacios de la vida de la República. Frente a esto, el escenario del ejercicio periodístico no puede ser sino azaroso y muy exigente, puesto que la naturaleza básica del periodismo es el escrutinio del poder; y estamos ante un poder negado al examen, la crítica y cuestionamiento.

Me imagino un periodismo a la altura de la tradición venezolana. No es la primera vez, -aunque confío fervorosamente en que será la última-, que el periodismo venezolano debe convivir con gobiernos militares y con mandatarios que pretenden rodearse de corros de aduladores y de cómplices de sus desmanes. En ese devenir también ha habido prensa sumisa y periodistas acríticos (si es que fuera posible ser las dos cosas a un tiempo) pero la tradición a la que me refiero y que aspiro a prolongar, es aquélla que se ha puesto del lado del viejo anhelo democrático venezolano, de la construcción y fortalecimiento de las instituciones y del buen decir, que no es lo mismo pero es igual.

-¿Cuentan con suficiente músculo los periodistas venezolanos para resistir esta embestida “orwelliana” y replicar al régimen? ¿O, por el contrario, el Gobierno ganará la batalla al cuarto poder?

-El músculo de un periodista imbrica su conciencia civil -llamemos así a su compromiso como ciudadano y a su deber de procurar lo mejor para el conjunto nacional-, y su formación intelectual. Uno sólo de estos atributos no logra tensar el músculo del periodista. Nosotros contamos con varias décadas de existencia de las escuelas de Periodismo (prefiero este nombre al gelatinoso Comunicación Social) en diversas universidades del país, donde hemos sido formados en valores democráticos pero, principalmente, tenemos una sólida tradición de grandes periodistas y escritores de prensa. Tenemos, pues, formidables modelos que emular. Por ese camino, nuestra labor no es replicar solamente un régimen sino servir a la comunidad, que es la misión de la prensa y de sus profesionales. Vivo en la convicción de que no hay poder, por omnímodo y altanero que sea y por amarrado que se encuentre en su sitial, capaz de resistir, a la larga, a la palabra justa y bella. El músculo del periodismo venezolano está pegado al organismo de la sociedad, de donde extrae su fuerza y a cuya voluntad más profunda responde. Eso es –y será siempre- imbatible.

Prefiero no hablar de batallas. No entiendo de eso. Opto, pues, por mantenerme en la mentalidad y en la jerga civil. Hablo de obstinación democrática, de ejercicio del periodismo, que es pensamiento, pregunta, duda, vacilación, tanteo y castellano de Venezuela. En una palabra, escritura; que para el caso es sinónimo de poblar, de construir, de prefigurar un país en palabras, de dialogar. Las batallas que queden para quienes ven en la destrucción un camino y una llegada.

–¿Ha sentido la tentación de la autocensura después de ver que a Marta Colomina, César Miguel Rondón y Napoleón Bravo, por citar tres casos emblemáticos, fueron despojados de sus programas de televisión? ¿Le ha pasado por la mente ponerle coto a su verbo irreverente luego de lo que ha pasado con Patricia Poleo, Gustavo Azócar e Ibéyise Pacheco, quienes, por una u otra razón, han tenido que pasar por el redil de la justicia chavista?

-Efectivamente, la autocensura es una tentación, lo has dicho muy bien. Y una tentación es, básicamente, el instante que precede a la acción pero no tiene que derivar en ella. Las tentaciones afloran en el jardín de nuestras debilidades, de nuestras inconsistencias, de nuestras faltas de fe. Y está en nuestras fortalezas el deber de combatirlas. Pero, respondo tu pregunta, si he rondado la tentación de la autocensura ha sido por descarrío de la tradición de gran periodismo venezolano, por mi bobería; no por verme en el espejo de estos compañeros que has mencionado cuyo trabajo tiene una difusión y un impacto infinitamente superior al mío, que no es más que el nimio arañazo de una escritora de prensa con escasa audiencia e interesada en temas que casi siempre retozan por los bordes. En fin, no recuerdo ningún momento en que me haya inhibido de escribir algo por miedo… por un miedo distinto al de no conocer el tema o no haberlo investigado como se debe. El miedo que sí puede paralizarme es el de contribuir a atizar la violencia que se revuelve en el subsuelo de nuestro país. Que no haya una palabra mía que se traduzca en una gota de sangre venezolana. Eso sí que no.

–Si bien la libertad de prensa es un postulado esencial de la democracia, ¿no cree que a veces los periodistas abusan de esta prerrogativa, de este fuero que les asiste e incurren en excesos como el linchamiento moral de algunas personas y el manejo de información falsa?

-Gloria, igual que tú, soy periodista. Lo he sido en estos años, lo he sido antes y aspiro a serlo cuando Venezuela termine de decidirse por la democracia (porque no tendremos democracia hasta que todos los sectores de la sociedad hayan comprendido que fuera de este sistema no hay libertad, prosperidad, institucionalidad, justicia ni posibilidad para el encuentro de las diferencias). Si el periodismo venezolano ha incurrido en abusos, yo lo he hecho también. No hay defecto de nuestro periodismo del que yo no sea parte porque soy un vaciado de Venezuela y de sus formas de nombrar el mundo. Ya sé que estoy eludiendo tu pregunta, pero lo hago a conciencia. No seré juez del periodismo venezolano porque soy parte. Eso debe quedar para las audiencias y para los tribunales, cuando estos abusos atenten contra la ley, como es el caso de información falsa que puede afectar a terceros o suponer su linchamiento moral. Pero eso, más que mal periodismo, es una forma de ilegalidad. Y así debe concebirse.

Sé que vendrá un juicio histórico de lo que hemos hecho y dejado de hacer en estos años. Y no voy a ocultar que lo temo. Sólo espero quedar lo mejor parada posible; y, sobre todo, que esos jueces del futuro tomen en cuenta que había que ser venezolano en estos años para saber lo que han sido y cuáles han sido sus exigencias. Para saber lo que ha sido esta angustia.

–¿Están realmente concientes los comunicadores sociales de la enorme responsabilidad que pesa sobre sus hombros, en el sentido de que una palabra puede convertirse en un misil? ¿Cómo respondería a quienes, desde la acera del oficialismo, sostienen que los periodistas no son intocables y que la libertad de prensa no puede ser un derecho absoluto e ilimitado?

-No hay que estar en el oficialismo para afirmar que los periodistas no somos intocables. Nadie lo es. En fin, nadie debe serlo. Porque nadie tiene un paraguas que suspenda el clima de la ley. Pero es un falso dilema plantear la supuesta inimputabilidad de los periodistas en el marco de un cuestionamiento a la libertad de expresión (fíjate que hablo de libertad de expresión y no de prensa, porque aquélla es la que debemos atender). Eso es como hablar de ciertos médicos irresponsables y llegar a la conclusión de que la ciencia debe ser sustituida por la herbaria, no sé, por la superchería. La libertad de prensa, como nuestras libertades individuales, tiene un solo límite, aquél donde la libertad deja de serlo para convertirse en atropello al otro, esto es, en delito. Convengo en que hay abusos como el mal gusto, el machismo, el racismo, el deterioro de la lengua y la falta de calidad, que no están tipificados en la ley y son, sin embargo, faltas muy graves. Bueno, para esto debe haber mecanismos emanados del propio gremio y de la sociedad. De alguna manera, los hay. Los lectores y las audiencias de los medios audiovisuales no son tontos. Y están muy cebados. La gente distingue perfectamente el gato de la liebre. Y, a falta de controles reales, existe una sanción moral, que puede ser tremenda. No descarto que la polarización haya abonado las solidaridades automáticas y mucha alcahuetería, pero todo eso se irá sedimentando. Aquí todo el mundo sabe quién es serio y quién no lo es.

La libertad de prensa debe ser absoluta, lo mismo que el estado de Derecho. Cuando estas preciosas condiciones están dadas, no hay conflicto en el examen de las dos nociones. La confusión viene cuando los conceptos están librados a la interpretación de cada cual y a la volubilidad de las susceptibilidades.

La polarización extrema que ha sacudido al país durante los años recientes ha puesto sobre el tapete un dilema: ¿Los periodistas deben ser parte de la contienda política o deben mantenerse al margen de la diatriba?

-A ver, la polarización de Venezuela no ha sido, en verdad, extrema. Estoy pensando en la dolorosa experiencia española, donde sí se llegó a extremos. Si te pones a ver, con excepciones que, desde luego, no desestimo, nuestra polarización es de debate y también de votos, lo que debemos reconocerle a Venezuela como un patrimonio importantísimo. Sí, es cierto, a veces ese debate ha sido de gritos y de desplantes; de eructos y de militares batiendo mujeres contra el suelo; de ministras declarando que los que se vayan de Venezuela no hacen falta; de diputadas advirtiendo que los funcionarios públicos que voten en el referéndum presidencial para revocar el mandato del Presidente serán botados de sus cargos; de aves carroñeras comprando a precio de gallina flaca los bienes de los despedidos de Pdvsa; de dirigentes de oposición gritando Chávez vete ya, como si el voluntarismo pudiera reemplazar los votos… ha sido mucha la iniquidad. Pero me refiero a que mi hermano no me ha puesto un fusil en el pecho ni yo lo he denunciado a él. Me refiero a que no lloramos un García Lorca asesinado a media noche. El extremo es la sangre. Y tengo en la mente, mientras escribo, la lista de Tascón, que es el intento de asesinato simbólico de la mitad de la población. No creas que estoy edulcorando la situación. Pero, insisto, no tenemos fusilados por delitos de opinión, como sí los tiene Fidel Castro. Y muchos.

Salvado esto, te pregunto, me pregunto, ¿cómo podríamos, los periodistas, mantenernos al margen de esta tragedia que se ha cernido sobre Venezuela?, porque es una tragedia con todas sus letras. El deterioro de las instituciones, que es gravísimo, no le va detrás al de la infraestructura. Pedirle neutralidad a un periodista, a un médico, a un profesor universitario, a un maestro, a una mujer, a un hombre, a un bachiller, es una necedad. Aquí sólo se nos puede pedir conciencia democrática y mucha preparación para reconstruir lo destrozado y construir todo lo que nos falta para ser el país que nuestra tradición y nuestros recursos humanos y naturales nos predisponen a ser.

¿Cómo puede garantizarse el principio de la neutralidad, más allá de la utopía que esta palabra encierra y de toda la discusión que ha existido siempre alrededor del tema de la objetividad, si los periodistas terminan convertidos en actores políticos?

-Del montón que cuestiones que planteas, pondré el foco en la objetividad. Creo que si ponemos orden en este concepto, podremos hablar con mayor precisión de los otros que mencionas. Suele darse por sentado que la subjetividad es lo contrario de la objetividad. Y no es así. Lo contrario de la objetividad es la arbitrariedad o la franca mentira.

La subjetividad es inevitable al escribir, al hablar, incluso al hacer, pongamos, un edificio, por hablar de algo tangible. Porque la subjetividad no es la expresión cimarrona de una idea sino su formulación a partir de lo que uno es, de dónde ha vivido, de los maestros que ha tenido, de los libros que ha leído y las películas y obras de arte que ha visto; también del paisaje donde se ha coagulado su noción del mundo y su sensibilidad; y, por esa vía, de las ciudades que ha conocido. Cuando hablamos o proponemos una idea, lo hacemos en una lengua pero también en una veta de esa lengua, educada o no, con un determinado acento regional. Yo hablo con el noble acento del Zulia, porque allí nací y me formé, y porque así hablan mis padres. Pero es que cuando hablamos lo hacemos a partir de una determinada formación y a través de ella vemos la realidad. Es lo que ocurre con un médico: un especialista se entera de los síntomas de la enfermedad cuando el paciente los manifiesta verbalmente pero ve los signos a partir de su experiencia, de lo que sabe y de lo que intuye, que es una suma de los anteriores. Por eso, un especialista puede estar conversando con alguien de manera informal y detectar que su interlocutor tiene tal o cual anomalía de sólo verlo; algo que incluso ha pasado inadvertido para la propia persona que lo padece (cuando todavía no ha empezado a molestarle) y esto lo hace el médico desde su subjetividad, es decir, de su conciencia profesional, puesto que todavía no ha sometido a la persona a análisis “objetivos”.

La subjetividad en el periodismo no equivale al pasaforrismo: digo esto porque me da la gana, porque me sale de los timbales. No. Lo digo porque conozco el tema, lo he investigado, lo he “mezclado” con datos que poseo por mi formación remota más los que he obtenido en una indagación inmediata sobre el tema en cuestión. Con todo esto, y desde una perspectiva personal, de género, de clase social, de nivel educativo, de proveniencia regional y de emplazamiento político, emito un mensaje. Por eso dos subjetividades opuestas –o que se expresan desde lugares opuestos- pueden tener razón aún cuando se alleguen a conclusiones diferentes, porque las subjetividades, -cuando son subjetividades y no manifestaciones de irresponsable voluntarismo- se complementan.

Todo esto es para regresar al punto inicial y es el de la confusión extendida según la cual la objetividad es lo contrario de la subjetividad. Un periodista, cualquier profesional, puede ser objetivo aún cuando expresa juicios fuertemente impregnados de su subjetividad, es decir, de su historia y su devenir intelectual.

Fíjate que cuando hablamos de olfato periodístico, ¿de qué estamos hablando?, ¿acaso de una clarividencia paranormal exclusiva de reporteros? No. El olfato periodístico es información, es estar encima del acontecer cotidiano y contar con un entrenamiento que te permite discernir si un evento es noticia o no, si interesa a grandes audiencias o no y si tiene pertinencia para su divulgación. Bueno, eso es subjetividad, porque los hechos no son interesantes en sí mismos sino que lo son para una determinada comunidad de lectores, de televidentes o radioescuchas. Yo puedo estar paseando por un paraje y pisotear una planta que no me dice nada pero el botánico que va a mi lado puede maravillarse por esa misma planta, ya que su saber le indica que está ante una especie única, que, además, le parece lindísima. El hombre ve belleza donde los legos no vemos más que una matica. Bueno, eso es subjetividad.

Todo esto me lleva a lo siguiente: si mi historia, mis valores, mis estudios (hechos en su totalidad en un país democrático y que aspiraba, al menos eso creía yo, a profundizar su democracia), mis lecturas y desarrollo vital, transcurrido al pie de la sierra de Perijá me inculcaron una determinada concepción del país, chica, no puedo ser neutral cuando veo que una sola persona, por su mera apetencia, quiere acabar con esos valores democráticos y reducir la geografía venezolana a una mina de la que se extrae riqueza para financiar su propio proyecto y encima dispensarla en su campaña publicitaria internacional. No puedo ni quiero ser neutral. Espero haberme explicado.

Los periodistas somos actores políticos, faltaba más; como lo son todos los ciudadanos. Qué es eso. ¿Cómo es que los diputados, que representan –o deberían- a las comunidades es natural que sean actores políticos pero nosotros, que emitimos mensajes para audiencias ampliadas, somos mochos políticos? Qué vaina es ésa. Gloria, la gastronomía doméstica es política. La comida que servimos diariamente en nuestras casas –los que podemos hacerlo- es vector de política, porque en cada cucharada va un pedacito del paisaje, unos modos de cocción que prolongamos o interrumpimos, una tradición culinaria que es regional y que es de cada familia, una escogencia que refuerza las tradiciones locales o no. Esta arepa es la puesta en escena de una polis, mi polis.

En estos años se me ha reforzado la idea de que la tal neutralidad no es sino una coartada para desentenderse de asuntos que conciernen muy hondamente a la Nación y, que si me hago la loca frente a ellos, los estoy cohonestando, cuando no auspiciando.

¿Por qué algunos periodistas —pongamos el caso de José Vicente Rangel, que es quizá el más paradigmático de nuestra realidad actual— sucumben ante el poder?

-Las historias se reorganizan por el final. Será la Historia la que fallará con respecto al caso Rangel, que me parece que encierra todavía algunos enigmas. Tengo la impresión de que José Vicente Rangel combina cabeza fría con corazón ardiente, pero a veces éste se impone sobre aquélla. Es hombre culto, que, sin embargo, no tiene distancia, por ejemplo, para juzgar la obra escultórica de su esposa, que no vale el plomo en que está fundida. Y asimismo ha ponderado mamarrachos políticos como si tuvieran algún virtuosismo o virtud, a secas.

Además, José Vicente, como muchos periodistas, hombres y mujeres, siempre ha estado muy fuertemente atraído por el poder. Eso no es malo en sí mismo. Lo es cuando el embeleso los embota de tal manera que se hacen de la vista gorda ante sus abusos o abiertos crímenes. Ahí está Gabriel García Márquez, en cuyo pasaporte pone, dice él, Profesión: periodista. Y para escribir una novela ha tenido que desincrustarse cada vez de los brazos de Fidel Castro, otra historia que se reorganizará al final, cuando se conozcan y enjuicien sus crímenes. Nada, que les gusta. Y eso puede más que el compromiso de los periodistas con la verdad y los hace apartar su mirada de los calvarios de los pueblos.

¿Es posible hacer un periodismo de calidad desde la trinchera del oficialismo?

-He aquí otro falso dilema. Tomemos el caso de Eleazar Díaz Rangel, quien, como columnista es oficialista y hace mil maromas para hacer colar vainas que claman al cielo. Pero, como periodista informativo o, más apropiadamente, como director, está haciendo el mejor periódico del país. No es cierto que Últimas Noticias tenga la mayor circulación de toda la prensa nacional porque se permite títulos en un lenguaje coloquial que muchas veces raya la vulgaridad y otras tantas la desinformación, sobre todo cuando banaliza los crímenes aludiéndolos en jerga de rufianes que los hacen pasar como una forma del folklore. No. Últimas Noticias circula más que todos los demás porque es el periódico que da más noticias, que cubre el país de manera más integral y que tiene una agenda propia que no suelta ni descuida. ¿Quieres saber el número, variedad y especificidad de las protestas en todo el territorio nacional? Tienes que morir con Últimas Noticias. Enfrentémoslo: los periodistas de todos los medios tenemos que leer Últimas Noticias para tener los insumos informativos necesarios para escribir en los nuestros.

Ah, pero estamos hablando de periodismo, de más nada que periodismo: de datos, de fuentes sabaneadas hasta el cansancio, de columnistas diversos, de secciones que sólo ellos tienen, en suma, de estar encima de la noticia. Bueno, yo creo que esto contesta tu pregunta.

-¿Cómo ves el surgimiento de esta serie de medios alternativos que promueve el Gobierno y, en general, la ofensiva mediática que el chavismo ha ido desplegando para hacerse del control de periódicos, emisoras de radio y canales de televisión?

-Estamos hablando de dos cosas. Una es el surgimiento de otros medios, que me parece estupendo. Será fuente de trabajo para muchos colegas, la oportunidad de formarse para muchos jóvenes; y contribuirá a la diversificación de los mensajes, las miradas y los tonos, incluso de las audiencias. No creo en el cesarismo periodístico, para decirlo con palabras de Mario Briceño Iragorry.  Y otra cosa es el afán controlador del Gobierno, que está probado. Lo que está por verse es si lograrán configurar un solo mensaje y que éste cuente con audiencias masivas. Conseguirán, con leyes amañadas y mucha represión, cerrar todos los medios y tener una especie de Granma (que, francamente, no lo creo pero a lo mejor estoy confundiendo los deseos con la realidad) pero de lo que estoy segura es de que ese Granma bolivariano no tendrá lectores ni influencia, que es el patrimonio bicéfalo de todos los medios.

Ese sueño del periódico único y los medios audiovisuales por un tubo fue mandado a recoger desde que llegó Internet y la televisión por cable. Venezuela tiene una arraigada tradición de cosmopolitismo, una inclinación que nos viene, aquí voy a aventurarme, desde antes de la llegada de los españoles, cuando los caribes hacían su trayecto de cabotaje llevando y trayendo productos físicos y mentales de las islas del Caribe y de nuestros poblados costeros entre sí. No vamos a llegar al siglo XXI para aislarnos del mundo y tener de él la mirada mínima que nos llegue por la hendija del Aló Presidente transmitido por todos los medios.

-¿Cómo supones que será el periodismo del futuro, no ya desde la perspectiva política, sino desde la óptica tecnológica? ¿Desaparecerán los periódicos, como cree Miguel Henrique Otero, y serán sustituidos por internet?

-Tengo la idea de que todo futuro será mejor. La ciencia y la tecnología encontrarán solución para todos los problemas que dependan de su mediación. Me refiero a que las cosechas serán más abundantes y los productos más nutritivos. Muchas enfermedades desaparecerán o se convertirán en una molestia llevadera. Tendremos un libro electrónico donde podremos leer todos los documentos de las lenguas que manejemos (y no tendremos estos pequeños apartamentos colonizados por estas rumas de libros que ya no nos dejan caminar) y con el mismo aparatito veremos todas las películas pagando tres lochas. El carro desaparecerá y tendremos un transporte colectivo de vagones del tamaño, digamos, de un volkswagen, donde irás solo, con tu pareja o con tu familia, pero que será de propiedad colectiva, no será contaminante y no habrá nunca más un muerto o lisiado por accidentes de tránsito, además de que no habrá colas ni visitas al taller ni mucho menos primas por seguro.

Pero es que ese futuro tendrá justicia e igualdad, sencillamente porque el mundo así como es, no da para más. La ciencia contribuirá a multiplicar los panes y los peces y la democracia perfeccionada llevará esa abundancia a las manos que hoy se tienden en vano para recibirla. La reducción de las jornadas de trabajo correrá pareja con la proliferación de las escuelas. El mundo no aguanta un solo analfabeta más (mucho menos en funciones públicas), de manera que no habrá un solo niño descarriado de las aulas ni un solo desempleado imposibilitado para regresar a ellas a reinventarse profesionalmente. Yo vivo y escribo furiosamente todos los días de mi vida porque estoy convencida de que cada tecla empuja si no a mí, a mi hijo y a los hijos de mi hijo a ese mundo que veo claramente y que sé que la escritura, la ciencia y el arte anticipan con nitidez.

Bueno, en ese mundo no puede haber sino mucho periodismo. Extraordinario periodismo. Y el soporte será: barato, no contaminante, de fácil manejo, explosivamente democrático y de una calidad que no podemos sospechar. Será como si lo escribieran Chejov, Shakespeare, Cervantes, Flannery O’Connor, Borges y Rómulo Gallegos. ¿Qué te parece? Yo, como si lo viera.

-¿Qué opinas de esta tendencia que muestran ahora los medios por desestimar los textos largos y darle preeminencia a la escritura breve, a lo light? 

-Qué me va a parecer, un fastidio. Cada texto pide su extensión, desde luego, en buena lid; no es que vamos a darle cinco cuartillas a lo que puedes decir en dos, porque nos da la gana o por pereza de resumir yendo al punto. ¿Cuántas líneas necesitas para decir: el cantar tiene sentido, entendimiento y razón, la buena pronunciación y el sentimiento al oído? Bueno, ya viste, menos de dos líneas pero un reportaje que demuestre con hechos, y diferentes perspectivas, esa aplastante verdad que esboza el polo margariteño, precisa varias cuartillas. Tú puedes hacer una ensalada de atún en diez minutos, y te queda estupenda. Pero necesitas tres días para hacer una hallaca, que también es estupenda. Y las recetas de ambos platos exigen diferente extensión en el recetario.

Este asunto me molesta, claro está, y me preocupa pero confío en el tallado que harán los lectores de esta nueva certeza en piedra. Serán las audiencias las que digan: mira, mijo, para brevedad y superficialidad ya tengo la televisión, o me dices algo que no sepa o ahí te dejo tu vaina tirada en los kioscos.

¿Será que  pasaremos a otro alfabeto y la escritura de calidad, como ocurre con los osos pandas, estará en riesgo de extinción?

La prueba de que la escritura de calidad es inmortal es que tenemos, ¿cuánto? ¿dos mil años?, leyendo La Odisea y todavía nos emocionamos con las aventuras de Ulises. Al contrario, el mundo está llamado a gritos a mejorar la educación en niveles nunca antes conocidos. ¿Tú crees que unas masas instruidas se van a calar textos mal pergeñados? Qué va.

¿En qué terreno te sientes más cómoda: en el de la literatura o en el del periodismo?

-Como lectora, en la literatura. Como escritora, no veo diferencia.

– Tú vienes del estado Zulia: viviste hasta los quince años en Perijá y luego te fuiste a estudiar a Maracaibo. Egresaste de LUZ y, posteriormente, te viniste a una selva de cemento como Caracas. ¿Qué huella ha dejado en ti el hecho de haber pasado los primeros años de tu vida en una región fronteriza con Colombia y cómo te impactó el cambio de ese mundo del interior por el de la capital?

-Todo correcto menos la asunción de que al mudarme a Caracas llegué a una selva de cemento. En realidad, llegué a San Luis, en El Cafetal, un muy bonito lugar en el sureste de Caracas que sí, tiene hileras de edificios, pero emplazados en una naturaleza fantástica. Me jacto de ser, de todos los escritores venezolanos, la que más ha escrito sobre El Cafetal. Nunca he percibido a Caracas como una selva de cemento sino como una víctima de la mentalidad del cemento que, como ha dicho la genial Elisa Lerner, fue la lápida que el perezjimenismo echó sobre el país para silenciarlo y lograr la paradoja de allegarlo a la modernidad urbanística mientras lo sumía en el atraso de la dictadura. Veo a Caracas con la piedad de quien la sabe principal perjudicada por el centralismo. Y en la actualidad, bueno, qué se puede decir, es el emblema del paso de los hunos.

El hecho de haber crecido en mi pueblo, al pie de la sierra, es muy profunda y vívida. Es algo de lo que me siento muy orgullosa y agradecida. Algo que palpita en mi escritura de ficción. Sería un asunto muy largo de exponer. Lo otro es que fui formada en la Universidad del Zulia, con muy notables maestros, entre los que debe mencionar a Sergio Antillano cuyas lecciones me siguen orientando, ya eso perfila una percepción alejada del localismo bobalicón. Digamos que soy apasionada, fervorosamente, provincialista, pero detesto el provincianismo donde éste se encuentre, porque siempre encubre lo que mi madre llamaría un complejo, que viene a ser un desconocimiento del mundo y, por ende, una sospecha contra lo distinto.

Eso es una cosa. En cuanto a la marca de Caracas en mi biografía, tiene que ver más que todo con el desarrollo de mi carrera y, claro, con el hecho de que mi hijo es caraqueño. Pero mentalmente siempre estuve muy conectada con el mundo porque fui una niña lectora. Y comencé a viajar muy temprano también. El hecho de haber vivido en un pueblo, después en una ciudad grande del interior, como Maracaibo, y luego en Caracas, me ha dado, creo yo, una mirada del país que abarca esas tres posibilidades de habitarlo, pensarlo y amarlo.

Y, por último: ¿cuál es tu impresión con respecto  a la visión que el caraqueño —o los que se han hecho caraqueños— tiene de la provincia? ¿Cómo crees que se relacionan los caraqueños con la periferia o cómo crees que se relaciona la periferia con los caraqueños?

-No hay tal visión de los caraqueños con respecto al resto del país. De allí la sarta de estupideces que debemos escuchar los que provenimos de otros lugares, cosa que hacemos con una sonrisita de condescendencia. Esto se aplica, claro está, a los ignorantes, porque también están los cultos y los sensibles, que han buscado el país en todas sus rugosidades, topografías, musicalidades y silencios.

Las provincias son mentales. Más en esta época, en que la imprenta, los medios de comunicación y de transporte han acercado los confines. Si supieras que he encontrado mucho más provincianismo en Caracas, donde algunos parecen tener el Ávila apretándoles el cuello como esos retratos de caballeros de El Greco, que en Maracaibo, cuya naturaleza portuaria y ribereña del lago, en el que avenan los ríos de los Andes con su cargamento agropecuario y del alma, además de la tributación humana, de mercancías y de espíritu que viene de Colombia, ha hecho a su gente abierta al mundo y a lo que de éste puede recalar en el propio patio.

 Publicado en Caracas, mayo de 2012 

2 comentarios en “Entrevista a Milagros Socorro / Por Gloria Majella Bastidas

  1. Es la entrevista mas franca y preciosa que he leido de artista de lo blanco sobre el negro alguna vez, gracias a las dos.

  2. Esta entrevista debería ser leída por periodistas en formación y veteranos; da Milagros Socorro, no solo una lección de periodismo, sino además de ética, de compromiso con el deber ser del periodista, de claridad de conceptos, de principios. En cada respuesta brilla con su talento, el mismo que se desborda en cada artículo suyo, y en cada crónica, donde cualquier evento cobra matices insospechados gracias a la poesía que le imprime a su prosa. Impecables siempre en estilo y en la riqueza del lenguaje. Una delicia leerla. ¡Chapeau!

    Nelly Tsokonas / @abezeta

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