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Los asoleados y los anónimos / El Nacional 3 – 10 -2010

Los asoleados y los anónimos

Milagros Socorro

Armó la trampa. Se metió para comprobar su funcionamiento. Y quedó cautivo. Esto le ocurrió al presidente Chávez al impedir el surgimiento de liderazgos en las huestes oficialistas; y al hacer todo lo posible por corromper y envilecer a las figuras que ya tenían una relevancia (como Aristóbulo Istúriz) o podían llegar a tenerla (como Jorge Rodríguez). En su personalismo rayano en lo teologal, Chávez es el único vocero, excepto cuando se trata de vendimiar derrotas; el único candidato, al punto de que la gran mayoría de los aspirantes a diputados por el PSUV en la nueva Asamblea Nacional eran totalmente desconocidos, incluso para los electores de sus circuitos. La figura de Chávez se impuso sobre todos. Su fotografía solapó las de aquella montonera de anónimos.
Sobrevenida la campaña, no había opción. Si Chávez permitía el lanzamiento de figuras de cierta autonomía y preeminencia, quedaba librada a un albur la garantía de sumisión de quienes deben ser sus recaderos. Y si dejaba que los desconocidos se defendieran solos, se exponía a sacar muy pocos parlamentarios. La solución –además, por supuesto, de la fraudulenta ley electoral- fue cargar con una red de bacalaos en cuyos ojos vidriosos escasea la vocación política. No son sino incondicionales premiados con un escaño, de quienes cabe esperar ese aplauso adiestrado por el que la actual Asamblea es conocida como “las focas”.
Esta disyuntiva terminó prensándolo: el resultado de las elecciones -que desviaron un mayor caudal de votos para la alternativa democrática-, se abatió sobre Chávez como un fracaso en el plebiscito que él mismo incitó. Ahora está en minoría frente al voto popular. Pero está peor que solo: está mal acompañado. La mayoría de sus cuadros son improvisados. No tienen fogueo. No están tiznados de polvo del camino, porque el jefe prefirió mantenerlos en el toril. Y en el fondo de su corazón deben sentirse humillados por tanto nariceo.
Mientras, en la otra acera, vimos los candidatos de la Unidad Democrática, algunos de los cuales habían sido señalados de poco idóneos, de carecer de fuste intelectual y lustre personal, recorriendo las calles de sus circuitos. Sin los recursos del Estado, que el Gobierno usó sin rubor en la campaña, pero al lado de los electores. Resultaron ser políticos profesionales. Semanas antes del 26, ya estaban bronceados, roncos, arreados de dormir poco y bregar mucho.
Los intelectuales públicos, catedráticos y eximios miembros de las Academias son políticos ocasionales. Como lo es todo el que vota, opina o acude a manifestaciones. Pero el trabajo de parlamentario, así como la procura de los votos, exige una dedicación exclusiva. Y una vocación especial. No se puede ser escritor por las mañanas y candidato a la Asamblea por las tardes. Otra cosa es el funcionario, ése ni siquiera tiene que ser político profesional. Pero el dirigente, el que está en contacto con las comunidades que los llevan a los cargos de elección popular, tienen que hacer lo que se llama un “trabajo político”. Y eso es un trabajo; distinto al del militante, que pasa por el voluntariado. La experiencia venezolana ha demostrado que esa faena tiene su escenario en la calle, no empollerado en un portaviones ni en los sets de televisión. También quedó demostrado que los cargos electivos se consolidan a través de los partidos políticos.
Esa ruta al poder demanda mucha energía, unas habilidades y una disposición que no todo el mundo tiene. Más aún, los temperamentos dados al estudio y la contemplación suelen carecer absolutamente de tales inclinaciones. Ni qué decir de los flojos o burócratas de alma. Hay que pasarse día y noche en la calle, rodeados de multitudes, haciéndose escuchar, pero, sobre todo, escuchando a la gente. Hay que tener paciencia para oír lo mismo mil veces. Hay que tener estómago para tomarse cien tazas de café (no siempre en pocillos pulcros), caminar por calles a veces empantanadas, entrar a casas donde no se es bienvenido. Viajar por carreteras calamitosas, en carros con amortiguadores vencidos. Comer cuando se pueda y usar baños cochambrosos (cuando no toca orinar a plein air, muy comprometido para las mujeres). Si fuera poco, debe vivirse en estado de reunión perpetua. Nadie garantiza que estos maratones serán coronados por el triunfo, pero, si se resulta elegido, es preciso mantener este ritmo de contacto con las masas, que han aprendido a exigir. Que ponen y quitan.
Ese vínculo con las mayorías, hartas de figuras remotas, de ineficiencia y de falta de gestión, hará la diferencia en lo sucesivo. Es tarea de políticos profesionales, que, además, vivan para la política. No de ella.

El Nacional, 3 de octubre de 2010