Etiquetas

Noticias relacionadas

Compartir esto

Una vida nueva / El Nacional, 2-1-2011

Una vida nueva

Milagros Socorro

-Yo te recuerdo de jovencito –dice Elisa entrecerrando los ojos como para evocar la imgaen con mayor claridad-. Eras un gitano elegante. Ágil y con mucho garbo.
-¿Es que ya no lo soy?- inquiere Isaac Chocrón, con gesto de águila, levantando la cabeza para mirar a su amiga.
Isaac Chocrón Serfaty cumplió 80 años el 25 de septiembre. Nació en Maracay, en 1930. Y se ha pasado los útimos dos años batallando con una seguidilla de enfermedades que en solitario han matado mucha gente. Él las ha lidiado una tras otra como el Zorro cuando se bate en lo alto de una escalera con varios enemigos entre los que reparte feroces tarascadas con su florete.
Solamente este año estuvo internado media docena de veces, con duración de una a tres noches, en una clínica donde se convirtió en la atracción estelar del personal de Enfermería. En una ocasión, cuando tenía una tropa de enfermeras revoloteando alrededor de sus ingles o algo así, toqueteándolo con copos de algodón que flotaban en torno a su cuerpo como si se hubiera desatado una nevada en su habitación, Isaac bajó súbitamente el cuerpo de Turismo que hojeaba y les mostró los uniformes que suelen usar los sobrecargos de los trasantlánticos. “Fíjense”, les dijo, señalando una foto, “son exactamente igual a los de ustedes. Sólo les falta esta cachuchita de marineros. Mándense hacer una igual, así los pacientes tendremos la ilusión de que estamos en un crucero”. El comentario fue celebrado con carcajadas de mujer y un rastro de perfume y yodo en dirección a la puerta batiente de su cuarto de hospital.
Nos recibe acostado en la cama de hospital instalada en la sala de su apartamento. Todavía no se ha respuesto lo suficiente para subir las escaleras que llevan a su habitación. A su lado está una de esas mesitas altas donde se acomodan las bandejas para los enfermos. Cuando no está tomando sus comidas, Isaac la usa como mesa de noche. Tiene un vaso de agua con pitillo. Una cajetilla de Belmont y un encendedor. Se fuma un par de cigarrillos al día. Y ya ha retomado la lectura, interrumpida en los malos tiempos de su quebranto.
Elisa Lerner despliega sus magistrales artes de narradora nata. Habla de ciertos conocidos a quienes ninguno de los dos ha visto en la última década. Elisa le cuenta que la última vez que ella se los topó iban tan humildemente vestidos, “en realidad, en harapos” (sin necesidad, que es la clave del cuento), que ella pensó: “¿Pero qué es esto? ¿Polonia?”.
Venezolanos judíos los dos, comparten muchas claves. La Polonia invadida por los nazis fue escenario de brutales tormento a los judíos de ese país, entonces una de las comunidades judías más grandes del mundo, que sería forzada a marchar en masa a los campos de concentración en largas filas de harapientos.
Isaac la escucha y se ríe apretando los ojos. Tengo delante dos de los más grandes autores de teatro de texto en América Latina.
Está mucho mejor. Su voz evidencia fuerza y ganas de vivir. Su rostro está sonrosado y con la piel lisa de quien ha ganado peso recientemente. Se vuelve hacia Elisa, sentada a su lado, para no perder detalle de sus gracias, que festeja con su risa de conejo. Dan la impresión de retomar una charla iniciada en la adolescencia.
Le pregunto a Isaac si está escribendo. Se burla de mí diciéndome que sí, que empezará a escribir un libro que, al nombrarlo, los lectores se vean forzados a hacer un énfasis de admiración. “¡Milagros! ¡Socorro!, se llamará mi libro”, me dice. Y de qué tratará, quiero saber, temiendo que mis mustios secretos queden expuestos a la luz de su magnífica escritura.
-De mí, desde luego –responde sin titubear.
Isaac Chocrón es el profesor universitario que ponía, como ejercicio a sus alumnos de Expresión oral y Escrita, una descripción de su cuarto como si fueran extraños que lo vieran por primera. Y es el maestro que sólo prodiga un consejo a sus amigos: encuentra pequeñas satisfacciones en la vida diaria.
Sin abandonar su tono jovial dice que quiere empezar una nueva vida. Está hablando en serio. Quiere emprender algo distinto a todo lo que ha hecho antes. Incluidos, por supuesto, esos dos años de tratativas oncológicas, menjurjes para el corazón y linimentos para las piernas. Estira la sábana de algodón que lo cubre hasta el pecho. “No tengo dudas de que todo será nuevo para mi en lo sucesivo. Y estoy seguro de que el próximo año traerá cosas distintas, y buenas, para Venezuela. Cualquiera puede ver eso. Cuando algo se hace insostenible, es sustituido por otra cosa mejor”.

El Nacional, 2 – 1- 2011