La herencia / El Nacional, julio de 2004, cuando murió mi padre

La herencia

Milagros Socorro

Es incalculable. Mis tres hermanos y yo debemos ser en este momento los latinoamericanos más ricos del mundo. Mi padre murió el domingo a las nueve y doce minutos de la noche dejándonos esta rara paz y estas lágrimas de orgullo, de gratitud, de reconocimiento al enorme legado que, en cuanto salgamos de la resaca, vamos a dispendiar como lo que somos: unos ricos herederos.
Venga el funcionario del Seniat y anote. Somos dueños de la Billo’s, de la orquesta de Rafael Muñoz, de Los Melódicos, de la Sonora Matancera, de la Orquesta Aragón y de todas las grabaciones de Alfredo Sadel. Apunte en el inventario todas las canciones, todos los arreglos, todas las letras y todas las entradas de los metales. Con ese haber nos salvamos muchas veces de la bancarrota que rozamos en los meses de la enfermedad y podemos afirmar, mejor, corrija ahí, nos podemos jactar de que nos medimos cara a cara con la quimioterapia, triunfantes porque de regreso del consultorio coreábamos sin pelarnos en una sola frase “El profesor Rui Rua” y, como en una fiesta de Liza Minelli, hacíamos coreografías impecables alrededor del enfermo mientras recitábamos afinadísimos “do re mi fa sol / re mi fa sol la / re mi fa sol la / sol fa mi re do”. No tiene la clínica Mayo de Nueva York ni las salas de recuperación armadas por los jeques en una tienda de campaña en el desierto un mejor tratamiento, por costoso que sea, para animar al paciente que esas rumbitas con trago grueso y sorbidos de nariz. Más si el enfermo, ya imposibilitado para levantarse a echar un pie, sigue el ritmo –perfecto, un gran músico- con un bolígrafo en la caja del cd y nos mira sonreído. A ver, calcule ahí, ¿cuánto puede valer eso? ¿No le caben los ceros? Pues claro que no.
Ponga ahí que somos los mejores bailarines del país. Probados. Corridos en la arena de la radioterapia, de la pérdida del cabello, de la náusea y de la esperanza que sabemos fallida. Con eso vamos a financiar la vida, la nuestra y la de los hijos, la de todo el que se nos acerque, porque no hay crack que nos abrume, no hay cuota caída que nos acoquine, no hay devaluación que nos empobrezca.
Y ponga que desde nuestro nacimiento fuimos formados en tres valores fundamentales: ser alegres, ser amigueros y hablar bonito. De semejante latifundio sacamos la risa de la misma bolsa donde traíamos el decadrón y del rincón de la nevera donde refrigerábamos el neupogén; batimos el toddy cuando se nos rechazó el alimento sólido; sostuvimos la mano; ahuyentamos el terror; rezamos en la oscuridad e interrumpimos las discusiones en que nos trabamos tantas veces por la crispación y el cansancio. La alegría que se nos inculcó como una forma de patria, de nacionalidad y de identidad nos sostuvo y nos amalgamó, nos arrimó la canoa, nos dio modales para cumplir correctamente con la urbanidad de las últimas. Viéndolo bien, qué deuda, dios santo.
Ser amigueros, sépalo de una vez, nos hace reos eternos de morosidad con el fisco. Ha sido tal el cariño, la solidaridad, la presencia de los amigos… cómo puedo expresar esto… a ver… ¿habrá recibido Jacqueline Kennedy las muestras de condolencia en número, calidad y nobleza que ha recibido mi madre? No lo creo. ¿Faltó alguna vez la medicina –algunas inverosímilmente caras-, la atención médica –todas rayanas en lo maternal-, el carro y el chofer –de panas que arreglaban sus enredadas agendas para presentarse en la puerta y evitarnos la impaciencia del taxista y el enredo con la silla de ruedas-, el agua de coco, el pay de limón, la pizza envuelta en plástico para que no la alcanzara la lluvia que sí mojó al amigo que la traía? Jamás. ¿Se hizo esperar el préstamo o se vistió de sablazo? Nunca. Más bien saltaban las tarjetas de crédito como navajas dulces en la pelea callejera. ¿Cuánto tiempo medió entre la llamada telefónica y la llegada de Ignacio Castillo Sosa para administrar los santos óleos? ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Supo mi padre que el vecino que vino a sentarse a su lado a contemplar un partido de béisbol, y comentarlo con toda propiedad, era uno de los poetas más grandes de la lengua y se llama Eugenio Montejo? Bueno, sí, porque yo se lo dije después del noveno inning cuando el amigo se despidió con esas maneras ducales. Pero hasta entonces era un ángel, un ángel más del numeroso rebaño habitual (ya había recibido el homenaje de Graciela Pantin, quien le coqueteó y le sacó fiesta como si tuviera delante a Cary Grant). ¿Cabe aquí la lista de tortas, como la que envolvió Armando Scannone, la que vino a dejar Elizabeth Fuentes, la que mandó Emperatriz Facchi, las que cocinaron Aymara Montejo y Antonio Pasquali, las que trajeron Cherry Núñez, Marielita Colmenares y Valentina Quintero? No está bien que enumere estos reposteros del alma porque el periódico no es suficiente para inventariar los pollos a la brasa y los yogures de Margarita Arribas y Janet Olier, en Maracaibo; los horribles discos del carro de Daniel Esparza en los tantos viajes a la clínica La Floresta –no como los de Carolina Gómez Ávila y Carlos Caridad, que son maravillosos, ni mucho menos el sonido del de Carolina Espada, que es su extraordinaria conversación- y la flota de carros que pidió prestados Francisco Martínez Pocaterra para llevarnos y traernos. Corro el riesgo, además, de que Ben Fihman se entere de las horas laborales que empleó Armando Coll en escucharme y quererme, o que se sepa con cuánta eficiencia es capaz de consolar por teléfono Ramón Escobar Salom. No puedo, de todas formas, consignar aquí los nombres de las más de quinientas personas que nos acompañaron en el funeral, enviaron flores, nos han llamado o escrito (más los colegas que convirtieron el deceso de un perijanero bueno y amadísimo por su mujer, sus hijos, nietos y yernos en una noticia nacional). Baste decir que si los uniformamos y le damos un palo a cada uno, tumbamos el gobierno. Y todos con auténtico cariño. ¿Podrá decir lo mismo la hija de Cristina Onassis? Francamente, no lo creo, pobrecita.
En cuanto al rubro hablar bonito. Escriba usted ahí que muchas veces le dije “todo está bien, confía en mí, tú sabes que nunca digo mentiras”. Y entonces le decía tres o cuatro. Pero lo hacía con tanta corrección, con tan gracioso acento y con esta ronquera que –no se le vaya a pasar- es también su herencia, que se quedaba tranquilo para dejar que la muerte hiciera su trabajo. Mientras, nosotros hacíamos el nuestro. Cumplimos con nuestro deber. Por eso, aún cuando la mano venía terrible, no teníamos conflicto porque no había otra opción que estar ahí, echándole pichón, más o menos alegritos, amigueros y hablando bonito.
Ahora somos, ya usted ve, unos ricos herederos. Nuestro padre nos ha dejado el legado que no merma y nos levantó unidos –era su gran orgullo-y bailarines. Nos dio, además, la ocasión de cumplir con nuestro deber (que reconoció muchas veces, de lo más chévere). ¿Nos aumentará el monto a recaudar si, encima, tenemos la echonería de decirle a todo el mundo que cumpla con el suyo? Aún en la pérdida, la paz es tanta.