Ánimas de la sabana… pura paja / El Nacional 17. 07. 2011

Milagros Socorro

Opio para el pueblo. Eso es el cuento de los espíritus del llano, las ánimas de la sabana, el fervor por el manto de la virgen, las misas súper publicitadas, todos los rituales revueltos en un espectáculo para las masas.
La verdad es que Chávez está gastando auténticas fortunas, extraídas del tesoro público, de dónde más, en atender su salud. La exhibición de supersticiones, entreveradas con protocolos de la iglesia católica, que, por cierto, parece haber sido favorecida por la propaganda del régimen, no es más que entretenimiento para las masas venezolanas que, ni en sueños, podrían disponer de las sumas que el Presidente aparta para sus tratamientos.
Mientras los hospitales del Estado siguen su acelerada carrera hacia la inopia y la medicina privada sufre el asedio de la revolución, Chávez, el hijo del maestro de escuela, tiene a su disposición “todos los métodos que se conocen”, como él mismo ha dicho. Lo que no revela es cuáles son esos métodos, dónde se aplican, en qué clínicas o centros de salud del mundo, cuánto cuestan y quiénes tienen acceso a ellos.
Lo que sí está claro es que los venezolanos no tenemos las mismas oportunidades de las que goza el jefe del Estado, cuyo acceso a las arcas de la república es ilimitado; y a quien no le avergüenza ni por un instante el hecho de ir al extranjero en procura de atención médica, porque la medicina pública del país que ha gobernado por 12 años no puede garantizarle la vida. El cáncer de Chávez ha reflotado la perversa relación que priva en Venezuela entre medicina y desigualdad.
El 11 de julio, la cuenta de twitter de Hugo Chávez Frías ponía: “Desde aquí, Chávez Paciente, en Batalla por el retorno pleno! ¡Con mi Dios y los espíritus de la sabana! Por esos mismos días el Indepabis ejercía el terrorismo de Estado, obligando al sector privado de la salud a regirse por un baremo emplazado en un 20% menos que en enero de 2010, bajo amenaza de confiscar las clínicas.
Estará encomendado a instancias sobrenaturales, pero al mismo tiempo se hace contratar los tratamientos más modernos y sofisticados, que no consisten, precisamente, en esa adulteración de la cultura wayúu que montaron hace unas semanas en el Zulia. Un embeleco más, copiado de algún episodio de Tarzán que extraído de la tradición indígena, que consistió en escupir un liquido alrededor
del “círculo de la vida”, para “propiciar la bajada de los espíritus”. Una chapuza en nada relacionada con las máquinas de Siemens mandadas a instalar en el Hospital Militar para uso del monarca enfermo.
En su hora menguada, Chávez no tiene nada que ver con un venezolano común. Su devenir es el de Steve Jobs, magnate norteamericano, cofundador de Apple, cuyo patrimonio roza los 6.000 millones de dólares. Desde que a Jobs le fuera diagnosticado un cáncer de páncreas, en 2004, ha quedado demostrado que el dinero compra longevidad, como estableció el tabloide National Enquirer.
Las tasas de supervivencia al cáncer son más altas en los Estados Unidos que en cualquier otro lugar. Tal como expone el citado periódico, en ese país los médicos y cirujanos son más “agresivos”, los hospitales privados compiten para ofrecer los tratamientos más recientes y efectivos. La posibilidad de éxito es muy probable si se tiene el dinero para invertir. Steve Jobs ha sobrevivido siete años al mal que acabó con la vida del actor Patrick Swayze en un año. El punto es que Swayze tenía más fama y encanto que plata.
Steve Jobs, en cambio, no tuvo que detenerse en los límites de un seguro de salud. Si se hubiera ceñido por la mejor póliza del mundo hubiera muerto hace dos años, cuando el cáncer se le extendió al hígado. Se salvó gracias a un trasplante, intervención no cubierta por los seguros. Y después se fue en su avión, exactamente como hace Chávez, a Suiza para someterse a un tratamiento experimental, no disponible en Estados Unidos. Lo que se llama, pues, “todos los métodos que se conocen”.
Eso, y no las ánimas, los espíritus o los escupitajos rituales, es lo que va a brindar una oportunidad de salvación al presidente de Venezuela, un país donde los pobres carecen de atención médica de calidad y son, por tanto, más propensos a morir de cáncer. Una angustia ahorrada al nieto de Maisanta, quien no tenía más que su fama de aventurero.

El Nacional, 17. 07. 2011