Cada tragedia en la vía tiene un después

Portada del libro, publicado este mes de octubre de 2011:

 

Portada del libro

 

Este es uno de los nueve testimonios que componen este libro, editado por Fundación Seguros Caracas, con fotos de Luis Brito, Premio Nacional de Fotografía.

 

Maríalejandra Martín Castillo

Hermana de María Eugenia Martín Castillo

 Por Milagros Socorro

 La sonrisa que ilumina a Marialejandra Martín mientras habla de su hermana, fallecida en la carretera, no se borra ni siquiera cuando las lágrimas desbordan sus ojos y bañan su rostro, que entonces brilla como esmaltado por un rastro de luna.

María Eugenia Martín Castillo había nacido el 31 de mayo del 63. Las dos hermanas, procreadas en el matrimonio de la catedrática, Adícea Castillo, y el político y escritor, Américo Martín, crecieron muy unidas. “Peleábamos mucho”, evoca Marialejandra, “porque ella tenía un carácter muy fuerte. Pero eso no introducía la más mínima grieta en el bloque de nuestra hermandad. Su carácter era tremendo, pero más buena que el pan, esto suele decirse de la gente que muere; pero, en verdad, ella era pura bondad. Yo la hacía reír mucho, tanto que una vez se hizo pipí. ‘No sigas, no sigas’, me pedía en vano”.

Como su hermana mayor, Marialejandra nació en Caracas, más específicamente, en la clínica Razetti, el 23 de noviembre de 1964. Ambas hicieron la primaria en el colegio Monte Carmelo, fundada y dirigida por la escritora y pedagoga Josefina Urdaneta. Antes de concluir el liceo, las mandaron a Inglaterra a estudiar inglés. Ninguna de las dos podía sospechar, mientras hacían las maletas para marchar a la Gran Bretaña, que sus vidas estaban dando un giro definitivo; y, aunque siempre serían almas muy próximas, ya nada sería igual. María Eugenia prolongó una estadía concebida para durar unos pocos meses y se quedó 7 años. Allá terminó el bachillerato, estudió Diseño, consiguió empleo como maquetista de barcos y se casó

con Nick, un muchacho inglés medio hippy, que tenía una tienda naturista”.

El rumbo de Mariale sería muy distinto. A las pocas semanas de haber llegado a Inglaterra se enteró de que estaba embarazada. Tenía 14 años. Decidió regresar a Venezuela. “Recuerdo, como si lo estuviera viviendo hoy, el día en que me fui de Inglaterra mientras María Eugenia quedaba allí. Nuestras manos separándose, hasta la punta de los dedos, cuando yo iba a tomar el avión. Lloramos muchísimo. En esa época no se nos habíamos muerto nadie. Cuando a uno no se le ha muerto nadie, siente distinto. En ese momento, aquella separación era lo más duro que nos había pasado”.

El bebé de Mariale nació cuando ella tenía 15 años. Cinco años después, su vida trazaría otro vuelco. En 1984 obtuvo su primer trabajo como actriz. No cualquier papel. Sería la María Eugenia Alonso de la versión fílmica de Ifigenia, la gran novela publicada por Teresa de la Parra en 1924, con dirección de Ivan Feo. A pear de la distancia física, las Martín Castillo seguían muy unidas. María Eugenia no volvió a Venezuela en siete años, pero su familia iba a visitarla. Mientras tanto, la muchacha regresó a las aulas en Londres para estudiar Cine. Tenía la fantasía de dirigir. El rodaje de Ifigenia duró más de lo acostumbrado, de manera que cuando María Eugenia hizo, por fin, un viaje a Caracas, encontró a su hermana en medio de la vorágine de la filmación y del inicio de una popularidad que a partir de aquel momento no haría sino crecer y afianzarse. Maríalejandra Martín estaba destinada a ser una de las figuras más respetadas y queridas de la escena nacional.

-María Eugenia estuvo un tiempo aquí y volvió a irse –recuerda Mariale-. Trató de sacar adelante algunos proyectos, pero le costó mucho. Se había acostumbrado a la forma de hacer las cosas en Inglaterra. Se encontró todo muy cambiado. Hizo algunos video clips, trabajó como maitre en un restaurant… No terminaba de encontrar su camino. Mientras tanto, yo iniciaba el mío con gran fuerza. Yo estaba saliendo de una adolescencia muy rebelde e independiente. Era cariñosa y simpática, pero indómita. No me podía parar. Era muy amiguera, bonchona, me interesaba todo. No sabía qué estudiar porque había como diez cosas para las que sentía tener vocación.

Estaba en esa efervescencia juvenil cuando, un día, cayó un periódico en sus manos. Y en él, un aviso ilustrado con una especie de muñeca antigua. El texto decía, palabra, palabra menos: “Si eres María Eugenia Alonso, llama a este teléfono para concertar una cita”. Respondió al impulso y llamó inmediatamente. Le dijeron que tenía que presentarse en el lugar establecido y llevar una foto.

“En esa época”, dice Marialejandra, “yo tenía un novio, que era fotógrafo. Era un hombre extraordinario y excelente en su trabajo. Me hizo unas fotos estupendas. Fui con mi portafolios a donde Iván (Feo). Tuve la entrevista con él (era un señor muy serio). Y me fui. Pocos días después me llamaron y me dijeron que de las 800 muchachas que habían llevado sus fotos, habían seleccionado 80. Hice mi primera audición con el escritor Adriano González León, quien haría el papel del tío Pancho y con quien establecí una conexión inmediata, porque, entre otras cosas, era gente igual a mis padres, a toda la gente con la que yo había crecido. Era mi gente. Adriano sudaba la gota gorda por los nervios. Y yo no. Tenía un sustico, pero estaba tranquila. Me encantaban esos riesgos. Después me llamaron para otra audición, pero esta vez con cámara. Y un día me llamó Iván Feo y me dijo que había sido seleccionada. Esa llamada marcó el inicio de un trabajo febril para mí. Tuve que aprender a tocar piano, a montar a caballo… El rodaje de Ifigenia fue tremendo porque se atendió minuciosamente a los detalles. Fue un trabajo de filigrana. Y eso me dejó una gran impronta en el trabajo actoral”.

Terminado la filmación, la joven estrella se tomó un par de semanas de descanso e inmediatamente se inscribió en el Taller del Actor, cuyo director principal era el legendario Enrique Porte. Mientras tanto, María Eugenia seguía en Caracas tanteando entre las alternativas de desarrollo que se le iban presentando. El Taller de Enrique Porte duraba dos años, pero Mariale iba a permanecer allí mucho más que eso. Tal fue la conexión que desde el primer momento estableció con su maestro, quien llegaría el momento en que le dijo que se fuera de allí, a trabajar. Mariale comenzó entonces en el teatro. Había decidido no aceptar ofertas de la televisión hasta que Ifigenia no fuera estrenada… y pasaron dos años entre el final de las filmaciones y el esperado estreno. En algún momento, María Eugenia regresó a Inglaterra, comprobó que allí tampoco estaba su lugar y optó por residenciarse definitivamente en Venezuela, esta vez con la determinación de arraigarse.

Cuando María Eugenia pisó Maiquetía, hacía rato que su hermana había respondido el llamado de Radio Caracas Televisión, había aparecido en el elenco de la telenovela Roberta (un remake de Rafaela) y había iniciado una relación sentimental con Yordano. De hecho, ya estaba habituada a la televisión; y se encontraba protagonizando una telenovela de Salvador Garmendia, que se llamaba Carmen, querida.

María Eugenia debe haber regresado a Venezuela en 1990. En agosto de ese año, de manera sorpresiva y brutal, Enrique Porte muere de un infarto. Fue un golpe terrible para Marialejandra. Después de una época gloriosa, el infortunio galopaba detrás de ella pisándole los talones. De hecho, sería en el funeral de Porte donde las dos hermanas iba a verse por última vez. Desde luego, María Eugenia no era cercana al dramaturgo, estaba allí para acompañar a Mariale, quien estaba inconsolable. En las siguientes dos semana no se vieron. Mariale estaba hundida. Pero como seguían tan unidas como siempre, su hermana la llamaba con frecuencia para apoyarla.

-Ese día yo me había despertado pensando en ella con mucha fuerza –recuerda Mariale.

El 2 de septiembre de 1990, María Eugenia se fue a Higuerote con una amiga muy querida en un Volkswagen del abuelo materno de las Martín Castillo. María Eugenia iba al volante. En El Guapo se les atravesó un camión conducido por un hombre en estado de ebriedad. Chocaron.

Era un domingo. Y, como era costumbre, Marialejandra estaba almorzando en casa de los padres de Yordano. Allí la llamó su madre y le dijo: “vente ya… pasó algo”. Las noticias eran confusas. Se decía que una de las dos había muerto, que la otra podría salvarse… En la noche las dos habían fallecido. María Eugenia tenía 27 años.

“Vendría la peor etapa de mi vida, de lejos”, constata Marialejandra. “Una época de angustia, dolor y postración que duró años. Eso marcó todo. Por eso me divorcié de Giordano. No porque él no me acompañara en mi angustia y mi dolor; al contrario, fue el mejor de los esposos, estuvo a mi lado en todo momento, con gran comprensión y solidaridad. Pero yo no volvía a ser la misma. El dolor me descarriló. Por eso, años después, me fui a Nueva York a estudiar. Todo lo que hacía me parecía estúpido. Era algo más allá del dolor, porque el dolor sigue ahí. Era algo sordo… qué sentido tiene todo, me preguntaba constantemente. Me hizo revisarme completamente, plantearme por qué todo estaba donde no debía estar. Por dos años lloré todos los días. Mi mamá también cambió completamente. Ella tendría, en ese momento, unos 50 años y se le puso el cabello blanco en un mes. Se convirtió en otra persona. Claro, conserva su esencia extraordinaria, pero hay algo de ella que nunca he vuelto a ver. Desde esa época tiene una necesidad de embotarse y no tener un minuto libre. Su alegría cambió. No es que no sea alegre, puede serlo, pero es diferente. No sé cómo explicarlo. Yo también cambié, sobre todo en el sentido de que desarrollé un gran rechazo por lo fatuo”.

-A veces la recuerdo viniendo hacia mí, diciéndome: “Mary, Mary”. riéndose ruidosamente; y cayendo, de pronto, en un hueco que le había pasado inadvertido. Así era ella. –dice Marialejandra. Y llora. Y se ríe. Y hay a su alrededor una especie de destello inexplicable.