Bettsimar-díaz

Ella no lo llama tío sino papá

Por estas fechas, Bettsimar Díaz estrena los micros de televisión Todo sobre mi padre, donde comparte anécdotas vividas a lo largo de sus años de trabajo con su padre. Unas aleccionadores, otras llenas de humor y otras, profundamente conmovedores.  Son confesiones amorosas de una relación que en la intimidad ha sido tan enriquecedora como en lo público.

Milagros Socorro

Debajo de las camas de los niños hay monstruos. De nada sirve negarlo. Y cada uno ve cómo tranza con ellos. Bettsimar Díaz García dio muy pronto con una solución perfecta: desalojaría los espantos mediante el protocolo de instalar en los bajos de la cama su particular fonoteca y hemeroteca. Así, cada que su padre producía un disco, ella se reservaba una copia que iba a parar debajo de su cama. Y el mismo camino seguían los papelitos que el artista emborronaba con versos y canciones.

Bettsimar es la segunda hija de Simón Narciso Díaz Márquez y Betty García de Díaz, quienes se casaron en 1961. Bettsimar nació en el 65, cuando Simón tenía 37 años.

-Al principio –dice Bettsimar, cuando se le pide que explique cómo fue la progresión de su estrecha relación con su padre-, había una vinculación de él con sus tres hijos. Un lazo filial de mucho afecto y mucha responsabilidad. Pero, conforme fui creciendo, entre mis 7 y 10 años, comencé a diferenciar mi relación con él. Algo aparte del grupo. Yo había empezado a estudiar piano a los 7 años con un profesor que venía a la casa, cuyo nombre no recuerdo, y al poco tiempo me inscribieron con Lyl Tiempo, profesora argentina casada con un diplomático belga, que llegó a ser muy famosa en los años 70. En sus manos estaba la formación de Edith Peña, Gabriela Montero, las hermanas Marco y su propia hija, Karin Lechner, entre muchos otros.

“En el mismo piano donde mi papá componía, yo estudiaba. Era su piano, un Steinway &  Sons, de Hamburgo, negro, vertical, que había comprado de un lote de 11, que había llegado a Caracas. Todavía lo tenemos. Yo empecé a repasar mis lecciones y él empezó a escucharme desde su hamaca, que colgaba en una terraza contigua al salón donde estaba el piano. Yo tocaba los preludios de Bach, pequeñas piezas de Mozart y Bethoven, él se acercaba, emocionado, curioso. ‘Qué es eso, qué es eso?, me decía. No reconocía las piezas, pero le sonaban a algo tremendo. ‘Pa’ ve. Pa’ ve’, insistía con gesto de parar la oreja. Sin darme cuenta, hice que él viniera a mí con una atención particular”.

No era solo que el repertorio que ensayaba la niña era especialmente hermoso, sino que ella estaba dotada de un gran talento, como lo certificó el propio Frank Fernández, el legendario pianista, compositor y pedagogo cubano, que la oyó tocar en una ocasión en que vino a Venezuela a dar clases magistrales.

-A mí nadie me dijo nunca que estudiara piano –recuerda Bettsimar-. Y lo hacía por horas. Mis prácticas comenzaban en el momento en que llegaba del colegio. Lanzaba el bulto en un rincón y me sentaba ante el instrumento hasta que escuchaba la voz lejana de mi madre: “Bettsimaaar, subeeeee”. En esas prácticas, en ese afán, comenzó una vinculación con mi padre, que ha sido muy especial.

Al abrirse la puerta a esa relación, Bettsimar se subía a la hamaca a escuchar lo que tarareaba. Así oyó nacer Clavelito colorado, con el libro de Alberto Arvelo Torrealba en el regazo. Simón leía el libro, tarareaba, rasgaba el cuatro, iba cantandito, buscando la tonada, garrapateaba indicaciones sobre la página donde rezaba el poema.

-Para marcar RE trazaba una flechita pa’rriba y LA, una flechita, pa’bajo –recuerda Bettsimar-. Eran sus propios códigos. Eso me impresionaba, me conmovía. A esa edad yo no tenía palabras para nombrar lo que ocurría, pero me parecía que era algo importantísimo. Lo que había visto y escuchado se me quedaba grabado con la hondura de quien ha sido testigo de un acontecimiento crucial. Esa fuente de cosas que se ponen en marcha con la música, con la poesía, empezó a acompañarme definitivamente por dentro.

Los días en la casa de los Díaz García se veían constantemente agitados por el trasiego de los amigos de Simón: Aquiles Nazoa llegaba vestido de negro, haciendo gestos grandilocuentes, desplegando gracias, traía un libro, lo leía en voz alta, lo cantaba, pronunciaba con gusto y énfasis, declaraba (en realidad, hablaba declamando).

“Cuando llegaba Aquiles las cosas se transformaban”, constata Bettsimar, “sin duda, era un ser era especial, todos veníamos a hacerle rueda para escucharlo. Aquiles tenía mucha admiración por mi papá y venía a gozarse esa ingenuidad, su impronta del llano, aquel mundo insólito que a Simón le parecía muy normal. No lo era, desde luego, y Aquiles lo sabía. Por eso venía. Mi papá era.. me cuesta tanto expresarlo.. no es espeso… no es denso… es como un vaso de leche: complejo, completo, nutritivo, dulce. No te hace falta más, cuando estás en su presencia, pura y natural”.

Bettsimar establece una cronología del acercamiento del país al llano. Desde su punto de vista, las primera noticias llegaron con los peones convertidos en soldados de la Independencia. Luego, en 1929, vendría el maestro Gallegos había irrumpido, con su Doña Bárbara, compelida a vivir en un llano telúrico,  peligroso, brutal… Y después llega Simon, apeado del caballo, de la rudeza y del machismo, silbando la nostalgia de las vacas, no cualquiera, sino unas que tienen nombre y responden cuando se les canta en el registro apropiado. Llega hablando de la flor sabanera, de los alcaravanes, de la pena de los becerreros, de la luna que observa el ordeño; y es como si a aquella imagen de país le brotaran de pronto los riachuelos, los cantos y todo lo hermoso, lo alegre. Estaba claro que Aquiles Nazoa venía tras la pista de algo especial, como el buscador de tesoros que era; y lo que encontraba era la ternura secreta que siempre estuvo en aquellas tropas iniciadas en la lucha cuando arreaban ganado entre Portuguesa y Barinas.

-Venía Alfredo Sadel, como asomado a la carátula de un disco, con esa misma sonrisa. Exactamente, la misma pinta de galán. Nos abrazaba, nos levantaba del piso. Era muy cariñoso. Su relación con mi papá era muy fraternal. Llegaba a la casa a cualquier hora, sin avisar. ‘Qué hubo, hermano’, era su saludo.

“Así, en la sala de la casa, conocimos al maestro Billo, que era como hermano de mi papá, eran dos tipos que cuando se miraban casi lloraban de estar uno frente al otro, porque era como si se estuvieran viendo en un espejo extraño. Conocimos a Pedro León Zapata, César Rengifo, Morella Muñoz, Antonio Lauro, Jesús Soto, quien venía a cantar acompañado de su guitarra (posteriormente, su hijo, Cristóbal acompañaría a mi papá con su mandolina en grabaciones); a Pedro Vargas, Marco Antonio Muñoz, Olga Guillot, Leo Marini, quien se dedicó a venir a la casa varios domingos, determinado a enseñar a mi papá a hacer parrilla; a Tintán, a Cantinflas, a quien vi sentando en el sofá de mi casa antes de verlo en el cine; a Armando Manzanero, a quien sentado en el mismo Stainway haciendo de las suyas, entonces todas las amigas de mi mamá se tiraban al piso a oírlo (literalmente, porque no había sillas para todas); a la actriz mexicana María Victoria; a Juan Gabriel, a quien conocí cuando él tenía 22 años y era prácticamente un desconocido, lo llevaron a nuestra casa de la playa y no puedo olvidarlo porque yo, que era niña, me impresioné al verlo acercarse a la piscina, muy delgado y pálido, lo que se llama un muchacho bonito, como hecho a mano, y palpar el agua con la punta del pie con un gesto tan delicado que parecía temer que en el Caribe hubiera una piscina helada”.

 

Cuando tenía 14 años, Bettsimar asumió sola, casi en secreto, la iniciativa de construir el archivo de todo lo que hacía, grababa, componía, escribía e incluso decía su padre. Eso significó que cada vez que Simón grababa un disco, ella apartaba uno y lo metía debajo de su cama. Allí fueron a para recortes de prensa, cartas, fotografías, libros dedicados a Simón Díaz, dibujos (conservaba, incluso los trazos que el padre desechaba), caricaturas de su autoría, una licencia de conducir motos, los libros sobre los que hacía anotaciones musicales, papeles donde anotaba versos que se le iban ocurriendo.

“A veces”, evoca Bettsimar, “decía cosas que me parecían tan bellas que iba corriendo a mi cuarto y las consignaba en un cuaderno en cuya portada ponía: Frases de mi papá. Recuerda una, que le dijo a Pedro Sotillo. Pedro le dijo: ‘de la poesía, Simón, nadie se salva’ . Y mi papá le contestó, inmediatamente: ‘para amarte a ti, mi mar no tiene orillas’. Al oír esto, salí disparada a documentarlo. De sus largas tertulias con Adriano González León tengo muy buenos apuntes. Me angustiaba pensar en lo que pasaría cuando yo no estaba presente y no escuchaba sus salidas y maravillas. Llegó un momento, a los 15 años, en que la pasión por la palabra me ganó de tal forma, que se me convirtió en una obsesión, por encima de la música. Aproveché para mostrarle mis primeros textos a Adriano, de quien recibí mucho estímulo y la orientación de su lápiz rojo”.

Tras graduarse de bachiller en el Instituto Escuela, de Caracas, Bettsimar se inscribió en Derecho, en la Universidad SantaMaría. Compartía los deberes del aula con intensas lectura de poesía, Rilke, Vallejo, Lorca, Gibrán, el rumano Lucian Blaga, Hölderlin, Lao Tse. “Un día, viendo el programa de televisión de mi papá, Contesta por tío Simón, que se transmitió en Venezolana de Televisión, entre  el 84 y el 95, con el patrocinio de Maltín Polar, me concentré en la sección ‘Mi personaje inolvidable’, donde mi papá entrevistaba una figura histórica caracterizada por un niño, a partir de un guión que escribía él mismo. Por mi cuenta, escribí el guión de una entrevista imaginaria con Martin Luther King y se lo entregué. A él le encantó y me encomendó esa sección en lo sucesivo. A partir de ese momento, comencé a trabajar con él de una manera formal; y quedé involucrada con sus asuntos profesionalmente hasta el día de hoy”.

En el año 90 recibió el título de abogada y se fue a hacer una maestría en Historia de las Religiones, enla Universidad de Nueva York. Quería estudiar los libros sagrados, en la convicción de que allí estaba la primera poesía. Estuvo 4 años fuera, en los que no se ocupó para nada de su padre. Fue una profunda pausa… pero unas navidades vino a Venezuela, se fue a Bella Vista, la finca de la familia en San Sebastián de Los Reyes, estado Aragua, se metió en la hamaca donde su padre estaba leyendo el periódico y, de pronto, lo oyó susurrar, como hablando solo: “…entonces yo, que tanto he trabajado para levantar a mis hijos, me quedo solo porque mi muchachita se me está quedando en Nueva York…”.

Seis meses después, Bettsimar estaba de vuelta en Caracas, decidida a ponerse al frente de los asuntos de Simón Díaz. Lo primero que hizo fue montar el concierto Sabana abierta, en el Teresa Carreño. Hizo la producción: el concepto del espectáculo, la puesta en escena, la escenografía, el guión, el repertorio musical… Y ofrecieron temporada de 4 presentaciones, a sala llena.

Se abrió una inmensa perspectiva para ella. Había mil cosas que hacer. Simón no tenía manager. Bettsimar no sabía por dónde empezar, de manera que lo primero que hice fue preguntarle: cómo van tus cuentas con los ingresos provenientes de los derechos de Caballo viejo.

-Eso se cobra. Cada tanto, me dan un chequecito -le respondió de manera vaga, como si le hubiera planteado una necedad.

Era todo lo que ella necesitaba oír. Dispuesta a meterle el pecho a una maraña, se sumergió en un mar de papeles. Detectó cuáles documentos faltaban. Indagó el sentido de una plantilla de fantasmas y trashumantes. La descomunal tarea le reveló algo my sencillo, algo que ella debía haber visto: su padre no podía ser el artista que era y, a la vez, llevar asuntos de tal complejidad y magnitud. Se convirtió en su manager. Poner orden fue una tarea de cíclopes. “Alrededor de mi papá había una tropa de zánganos: falsos ayudantes, que integraban una nómina de una docena de personas; así como un montón de aprovechados, a quienes él había servido de fiador. Hice caída y mesa limpia. A todos los fui desenmascarando y despidiendo. No sin problemas, por cierto. Fueron a llorarle a mi papá, quien les dijo que él no podía hacer nada”.

-Ni yo puedo con ella –les dijo- Y era verdad.

“Ya en1996, mipapá y yo constituimos una unidad indivisible. Todas las mañanas planificábamos la jornada. Juntos armábamos discos, presentaciones, giras, viajes, radio, televisión, sus relaciones con los medios y, naturalmente, sus contratos. Soy su abogada y su asesora de imagen. Y la eficiencia comenzó a dar beneficios. Se ajustaron sus derechos de autor y ya él no volvió a ocuparse de eso. Llegó un momento en que mi papá se limitó a preguntarme: cuándo tenemos concierto. Qué tenemos que hacer. Y su preocupación se restringió al liquiliqui que se iba a poner”.

Empezaron a concretarse grandes momentos de su carrera, reconocimientos claves, como la versión que hizo Caetano Veloso de Tonada de luna; Serrat grabó Sabana y cantó con él varias piezas de Simón; Plácido Domingo cantó Caballo viejo (de la que se conocen más 300 versiones en todo el mundo, incluidas las de Julio Iglesias, Juan Gabriel, Celia Cruz, los Gipsy King, Ray Conniff, Rubén Blades, Gilberto Santa Rosa, Tania Libertad, María Dolores Pradera, Armando Manzanero, Barbarito Díez, Ry Cooder, Martirio, Oscar D’León, Devendra Banhart y Mirla Castellanos, en 12 idiomas); Pedro Almodóvar incluyó Tonada de luna en su película La flor de mi secreto (1995); la coreógrafa alemana Pina Bausch escogió Luna de Margarita y Tonada de luna llena para su obra Nur du, que se estrenó en Wupperthal, en 2002. A & E Mundo lo escoge para la serie Biography, sobre los grandes artistas latinoamericanos, en 2004, año en que también estaría en el Teatro Castro Alves, de Bahía, Brasil, abriendo el Festival Strictly Mundial. Un año después, en 2005, se presentó en Carnegie Hall, en Nueva York. Meses después llenaría el escenario del Barbican Center, de Londres; y del Palacio de los Congresos, Madrid. El cineasta alemán Win Wenders retoma Luna de Margarita para su documental Pina, estrenado en 2011. En una década, recibió siete doctorados honoris causa.

En medio del trasiego, Bettsimar publicó dos libros de poesía, Patio interior (1998) y Los versos de Adán que Eva guardó (2006); y ha llevado adelante sus propios proyectos de radio y televisión. Lo que sí dejó fue el piano.

En septiembre de 2008, la hija mánager recibió una llamada telefónica de Gabriel Avaroa, presidente del Grammy Latino, para informarla de que el consejo directivo de ese galardón había decidido por unanimidad, “en medio de un aplauso de pie”, honrar a Simón Díaz con el Lifetime achievement award, que recibiría el 11 de noviembre de ese año, en Houston, Texas. “Pudimos estar en el acto de entrega del premio gracias a la generosidad y solidaridad de la señora Leonor Giménez de Mendoza y su hijo Lorenzo, quienes hicieron posible el traslado de mi papá, cuyas condiciones de salud ya eran muy comprometidas. Siempre aludo a este invalorable apoyo porque expresa el linaje más noble de la condición venezolana”.

En la actualidad, cuando Simón Díaz tiene 83 años y la conciencia concentrada en el mundo de los afectos, su obra sigue demandando intensas diligencias que Bettsimar atiende en exclusiva. Tal es la cantidad de solicitudes que recibe y responde que diera la impresión de que el artista, nacido el 8 de agosto de 1928, en Barbacoa, está más activo que nunca.

-Mas que amanuense, o encargada de sus asuntos, -concluye Bettsimar-, he sido su discípula, su oyente. Doliente de sus palabras, de sus versos, de sus canciones. Por eso lo defiendo, por eso soy su vigía.

 Publicado en la Revista Clímax, 2011

 

7 comentarios en “Ella no lo llama tío sino papá

  1. Maravillosa crónica de lo que debe conocerse y rescatarse para la posteridad de uno de los hombres más valiosos en el campo del conocimiento de la esencia de la venezolanidad, tan maltratada e inexplicablemente dejada de lado.

  2. Excelente artículo, el Tío Simón es un ser humano especial y muy querido. Muchas vivencias y anécdotas sobre su vida, nos son desconocidas y no por ello dejan de ser interesantes…

  3. Grandilocuente, así como Bettsimar hablaba sobre su padré, así lo hacía la escritora que se ninguneo, ante la incapacidad de interrumpir tan hermoso testimonio de vida.

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