Antonio Guzmán Blanco, el más ambicioso de la historia

Milagros Socorro

 

Aún con los aspirantes a desbancarlo que cada cierto tiempo surgen, Simón Bolívar conserva el sitial puntero como el venezolano más ambicioso de gloria y de prominencia fuera de nuestras fronteras. Pero un rápido examen nos lleva a pensar que, tomando en cuenta diversos aspectos –no sólo el ansia de encabezar el medallero de hazañas militares- el venezolano que en toda la historia podría alzarse con la distinción del mayor exponente de la ambición, dada la variedad de campos en que se propuso descollar, incluido, claro está, el de la acumulación de riquezas, ése es Antonio Guzmán Blanco (Caracas, 1829 – París, 1899).

Su minucioso biógrafo, Tomás Polanco Alcántara, destaca que en una semblanza de Guzmán Blanco no puede eludirse su actitud ante la fortuna y la cultura, caudales en los que puso todo su empeño por acaparar.

Para Polanco Alcántara, “la actitud de Guzmán ante la fortuna tiene una evidente base psicológica. Las dificultades que pasó su familia y que lo afectaron directamente hicieron nacer en él un temor a la pobreza y a la ruina económica que se convirtió en obsesión”. Muy pronto se fajó, pues, para asegurarse un capital que conjurara la amenaza de la pobreza y, sabiendo que la primera venganza hacia los caídos en política apunta hacia sus heredades, se cuidó de mantener fuera del país sus crecientes churupos.

 

Muchos autores han revisado la vida y obra de Guzmán; y aunque las percepciones son divergentes, todos coinciden en que la base del enriquecimiento de Guzmán fue la comisión que obtuvo por la negociación del llamado Empréstito de la Federación, que negoció en el año 1864, cuando era ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda en el primer gabinete del régimen federal. Contratado por un millón y medio de libras esterlinas, Guzmán retuvo el cuatro por ciento de esa préstamo (600.000 pesos; también en el asunto de la paridad cambiaria, el embrollo rodea esta negociación). El caso es que a partir de esa gestión, Guzmán Blanco quedó con los recursos suficientes como para iniciar una brillante carrera de financista, en la que demostró un asombroso talento.

Mas, según afirma Polanco Alcántara: “Desde un punto de vista estrictamente formal la verdad histórica y jurídica es que el pago de esa comisión fue autorizado por la Asamblea Constituyente de 1864 y aprobado por el Congreso del año siguiente. Estos dos actos legislativos crearon en su favor una legitimidad formal indiscutible”. Desde luego, sus detractores no le echaron en cara la transparencia de la movida sino el lance, de muy discutible concepción ética, de recibir tan jugosa comisión mientras se desempeñaba como representante diplomático.

 

Según expone el Diccionario de Historia de Venezuela de Fundación Polar, Guzmán Blanco, abogado, estadista, jefe militar de la Guerra Federal, caudillo del Partido Liberal Amarillo y presidente de la República en varias ocasiones entre 1870 y 1888, al ser nombrado por el presidente Falcón, ministro plenipotenciario ante las cortes de París, Madrid y Londres, “Observó con atención [escribe el historiador Rafael Armando Rojas] los progresos materiales que en el Viejo Mundo, y particularmente en Francia, se llevaban a cabo: la política ferrocarrilera de Napoleón; el establecimiento de institutos de crédito y de sociedades científicas, etc …”.

Y ahí se le avivó otra vertiente de su gran ambición: “poder realizar en Venezuela algunas de tales cosas y desde ese momento, concibió la idea de hacer de Caracas una copia, en pequeño, del París que bajo el barón Haussmann se estaba convirtiendo en una moderna y hermosa capital”.

Efectivamente, durante esos 18 años que se pasará bordeando el poder o ejerciéndolo directamente, El Ilustre Americano, como se hizo llamar, pondrá en marcha una muy apreciable lista de obras arquitectónicas y de infraestructura, fundación de instituciones culturales y jurídicas, así como el impulso a la educación, que, por su número e importancia, sería muy largo inventariar aquí.

 

Sus tres períodos de gobierno son conocidos como el Septenio (1870-1877), el Quinquenio (1879-1884) y el Bienio (1886-1888), que no llegó a terminar. En la obra de referencia de Fundación Polar se cuenta que: “Durante el Septenio reorganiza la Hacienda Nacional, promueve la formación de una Compañía de Crédito particular que hace negocios con el Estado (y de la cual él es uno de varios accionistas), realiza numerosas obras públicas, con la cooperación de las juntas de fomento o directamente a través del Ministerio de Obras Públicas, creado por él en 1874…”.

En un trabajo sobre la hacienda cacaotera Chuao, María Eugenia Bacci incide en esa costumbre de Guzmán al documentar el hecho de que tras alcanzar una gran producción de cacao en el siglo XVIII y después de la Independencia, “las tierras de Chuao y la hacienda fueron entregadas a la Universidad Central de Venezuela por decreto de Simón Bolívar del 24 de junio de 1827. La institución no pudo encargarse adecuadamente de la hacienda, por lo cual fue arrendada al general José Antonio Páez y luego pasó a manos de Antonio Guzmán Blanco. El fruto del trabajo de la gente de la hacienda de Chuao, ya no esclavos, pasa entonces a estar controlado por el dictador de turno desde que Guzmán Blanco la puso a remate público como Presidente y la compró como particular para su propio provecho. Fue luego del Benemérito General Gómez. El dictador Pérez Jiménez la vendió a la familia Colmenares…”.

No puede negarse, pues, como admite Polanco Alcántara “que Guzmán intentó determinados negocios públicos para obtener beneficios indirectos a favor de su fortuna…”. Y muy bien amarrados han debido estar esos negocios porque, según dato del Diccionario de Polar, “hacia 1888 su fortuna era calculada en unos 100.000.000 de francos”.

Por su parte, Arturo Uslar Pietri, en una conferencia titulada “Los venezolanos y el trabajo”, le lanzó un escardillazo a Guzmán al asegurar que: “Los Presidentes de Venezuela en el siglo XIX, con muy contadas excepciones, llegaron a ser los hombres más ricos del país, José Antonio Páez fue el hombre más rico en su tiempo, los Monagas llegaron a tener una enorme riqueza, Antonio Guzmán Blanco llegó, y alardeaba de ello, a ser uno de los hombres más ricos de América Latina, y esa tradición se perpetuó hasta Juan Vicente Gómez, que llegó a realizar una gigantesca concentración de riqueza”.

Pero es quizá Elías Pino Iturrieta quien más globalmente retrata la ambición de Guzmán Blanco al resumir sus propósitos de esta manera: “El régimen encabezado por Antonio Guzmán Blanco es uno de los más importantes de la República. Traduce un ensayo de organización y modernización que torna más coherente la vida de los venezolanos. Significa un designio de estabilidad necesario para el asentamiento de la conducta gregaria. Es un primer empellón contra las bifurcaciones del caudillismo y un plan estentóreo para dominar a plenitud. Con Guzmán a la cabeza, entre 1880 y 1887 Venezuela se fabrica más sólida”.

El hombre no sólo quería ser rico y notablemente culto, que ambas cosas era, también quería pasar a la historia por sus afanes civiles. En realidad, sería un personaje muy simpático si no fuera por la elasticidad de sus escrúpulos con los dineros de la Nación, por su carácter autoritario y por su deleznable afán centralizador.

Como suele ocurrir, y constata Polanco Alcántara, “Guzmán fue presenciando la reducción progresiva de su fortuna que para el momento de su muerte había llegado a un monto de aproximadamente la mitad de la cifra máxima que pudo haber tenido”. Y en la actualidad, aunque sus restos fueron recientemente trasladados al Panteón Nacional, la conseja lo recuerda como un individuo de dedos hábiles y voraces.

No olvidar la cuarteta que a su caída se recitaba en Caracas: “Por una cual la presente / perdió el paraíso Adán / que si llega a ser Guzmán / se come hasta la serpiente”.

 

Publicado en la Revista Clímax, 2012