Por cierto… Autobiografía de Nelson Bocaranda, recogida por Milagros Socorro

Milagros Socorro

Fragmento

I

Los Bocaranda venimos de los Andes, específicamente de Boconó, estado Trujillo. Descendemos de españoles e italianos. Sardi es un apellido italiano. Mi padre, que ya murió, se llamaba Alfredo Bocaranda González. Era farmacéutico y provenía de Boconó. Mi madre, Italia Sardi Consalvi de Bocaranda, es de Tovar.

No he indagado mucho al respecto, pero sé que mi familia tiene por lo menos tres generaciones en Boconó: mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. Mi abuelo fue un innovador empresario de Boconó, tenía una tienda llamada Las Novedades Americanas, que hacía honor a su nombre: llevó todas las novedades de la época, desde el radio de galena, durante la guerra, hasta un Mercedes Benz desarmado. Era una tienda grande de pueblo, un almacén diverso, que ofrecía desde libros hasta electrodomésticos.

Mi padre se hizo farmacéutico en la Universidad de Los Andes; e instaló, en Boconó, La Botica Americana. Allí nací yo. Con una comadrona y el médico amigo de mi mamá, el doctor Millán. Hace como quince años yo estaba contando en la radio el relato de mi nacimiento en una botica y recibí una llamada en mi teléfono celular: “Yo soy ese médico de la botica…”, me dijo el doctor Millán.

Nosotros vivíamos allí, la casa estaba en la parte de atrás. Cuando nos vinimos a Caracas, papá compró la farmacia de la esquina de Tienda Honda, en el centro de Caracas, al lado de Los Jesuitas, frente al colegio La Salle del centro. Estuvo al frente de esa farmacia hasta que la vendió y se fue a trabajar a la proveeduría del Ministerio de Justicia; y de allí, a la farmacia de la proveeduría de las Fuerzas Armadas, IPSFA.

Yo nací en Boconó el 18 de abril de 1945. Y tengo poco o ningún recuerdo de mi pueblo porque a los dos años, en el 47, me trajeron a Caracas. Me imagino que mis padres pensaron que aquí podrían darnos una mejor educación. Mis hermanos y yo crecimos en San Bernardino. Primero en la avenida Panteón, hasta el 50, y luego en la avenida Paramaconi, la del Centro Médico, hasta el 58. Después nos fuimos para la Alta Florida. Somos cinco hermanos: yo soy el mayor. Después vienen Betty, nacida en el 47; Maribel, del 50; Alfredo Enrique, del 52; y Mario Ricardo, a quien le llevo 17 años, nació en el 62, cuando yo estaba en el primer año de la Escuela de Periodismo.

Efectivamente, mis padres pudieron darnos una buena educación; y fue así como los varones fuimos al colegio La Salle y las muchachas, al San José de Tarbes. Yo estudié hasta tercer grado en un colegio cheverísimo, en San Bernardino, el América, uno de los colegios de moda de la época, que competía con el San Ignacio. En el 54, a mitad del año escolar, me fui al colegio La Salle de la Colina y allí me quedé hasta que terminé la secundaria. Ese traslado fue favorecido por el hecho de que mi papá y mis tíos eran amigos de monseñor Castillo, el arzobispo de Caracas.

Me gradué de bachiller en La Salle de la Colina, en el 62. Pero empecé a estudiar periodismo un año antes, en el 61, cuando todavía aceptaban estudiantes sin tener el bachillerato.

 II

Cuando yo estudiaba cuarto año de bachillerato, en 1961, el hermano Felipe Peñaloza, un tachirense de San Cristóbal, aplicó a todo el salón un test vocacional. Con los resultados en la mano, me dijo: “Chico, tú sirves para periodista”. Y me informó de que el sacerdote jesuita Alberto Ancízar Mendoza estaba inaugurando la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica Andrés Bello. Antes de fundar la Escuela de Periodismo de la UCAB –que comenzó a funcionar el 4 de octubre de 1961- el padre Ancízar habría recorrido varias escuelas de Periodismo de Estados Unidos y Europa. Y su inspiración principal había sido la escuela de la Universidad de Missouri.

En su época inicial, las escuelas de Humanidades aceptaban aspirantes con tercer año de bachillerato, luego con cuarto y después sólo bachilleres. Yo estaba preinscrito en arquitectura en la UCV, que también me interesaba, pero al enterarme de que podía ingresar a la de Periodismo no lo pensé dos veces.

Yo había aprendido a leer con mi abuela, Josefa Bocaranda, en la columna de Abelardo Raidi, La pantalla de los jueves. Así me aficioné a la lectura de periódicos, que leía de cabo a rabo desde muy pequeño. Incluso antes de entrar a la escuela, ya yo estaba pendiente de las noticias. Mi abuela me había transmitido una fascinación por todo lo que fuera noticioso. Y, aunque mis compañeros no le paraban a nada de eso, yo vivía al día de la noticia. En cuanto el hermano Peñaloza me dijo eso, me fui a la Católica, presenté la prueba de admisión y entré. Hacía quinto año de Ciencias en la mañana y en la noche me iba para la Católica. Tenía clases de seis de la tarde a nueve de la noche, todos los días.

Cuando terminé el bachillerato ya había concluido el primer año de Periodismo. Entonces me ofrecieron trabajo en la prensa: hice unas prácticas en El Mundo, con Rafael Poleo; y para la United Press Internacional, donde hacíamos un reporte que escribíamos en las oficinas de la UPI en La Candelaria y mandábamos por télex para Radio Caracas, 750 AM, (la misma que en 1992 recibiría el nombre de Radio Caracas Radio para distinguirla de Radio Caracas Televisión), que quedaba en la avenida Páez de El Paraíso, donde está todavía. Para esta emisora escribíamos El Reporter Esso, un  noticiero de cinco minutos que se transmitía tres veces al día, desde la sede de la United Press International (UPI) en el edificio París de la Plaza Candelaria y lo transmitíamos por teletipo o lo enviábamos con un motorizado.

Al mismo tiempo, en Radio Caracas Televisión hacía El Observador Creole, pero lo redactaban los periodistas del canal en su sede de Bárcenas a Río.

En la Escuela de Periodismo de la UCAB, yo era el más pichón del grupo. Tenía exactamente 16 años; y el más viejo era el padre Fray Cesáreo de Armellada, cuyo verdadero nombre era Jesús María García Gómez, nacido en el pueblo de Armellada, provincia de León, España, en 1908. Tenía 60 años cuando se inscribió para cursar la carrera. Era un misionero de la congregación de los capuchinos que fue miembro de la Sociedad de Estudios Americanistas de París, de la Sociedad Bolivariana de Caracas, director de la revista Venezuela Misionera de Caracas, director del Archivo Arzobispal de Caracas, escritor y publicista. Era conocido como el Padre Indio porque así llegaron a llamarlo los indígenas pemones con quienes convivió por varios años en la Gran Sabana, donde llegó por primera vez en 1936. Aprendió seis lenguas indígenas, que hablaba con total fluidez, lo que le permitió recopilar y traducir relatos indígenas. A él se le debe la publicación de la Primera Gramática y Diccionario de la Lengua Pemón. Fue miembro de la Academia de la Historia y luego de la Academia de la Lengua. Murió en Caracas, el 10 de octubre del 1996.

Cuando la Escuela arrancó, el padre Armellada y yo salimos en los periódicos como el más joven y el más viejo del grupo. Por cierto, esta gran diferencia de edad no impidió que nos hiciéramos buenos amigos. Y, de hecho, muy pronto me hice amigo de los periodistas veteranos. Desde los de la fuente de Sociales, hasta el punto de que Pedro J. Díaz me llamó para que lo supliera en sus vacaciones, hasta Omar Pérez, Carlos Delgado Dugarte, quien fue profesor de Periodismo en la Católica por muchos años y editor del Cuerpo A de El Nacional, donde también era maestro de reporteros, hasta que se fue a Mérida, donde trabajó en La Nación; el Negro Chávez, el famoso Luis Alfredo Chávez, quien era jefe de redacción de El Universal.

Muy pronto empecé a hacer prácticas de calle. Nunca olvidaré la primera, no sólo porque me estaba estrenando como reportero sino porque me tocó hacerle una fotografía al presidente John Kennedy cuando vino a Venezuela en diciembre de 1961, durante la primera visita oficial de un presidente de los Estados Unidos a Venezuela.