De gira con el candidato

Milagros Socorro

Llegada a Mérida, capital. El candidato viaja en un vehículo tipo van. Ocupa los últimos asientos, los que conforman una fila de cinco butacas pegadas. Se sienta en el centro. A la derecha, en el piso, hay una pequeña cava de anime, de esas cuya tapa está siempre como flotando. En su interior hay hielo, Pedialyte, Gatorade y Coca light. A la izquierda, en los asientos, van dos morrales: en uno la ropa sucia y en la otra, el montón de camisas de algodón, de corte amplio y mangas cortas que va a usar durante la jornada.

En cada estado de la república, las giras de la candidatura electoral de Henrique CaprilesRadonski (Caracas, 11 -7-1972), incluyen una media docena de estaciones, donde el aspirante dará discursos, generalmente breves; hará caminatas, que suelen convertirse en trotes; y sostendrá asambleas con voceros de la comunidades, que compartirán el podio con el abanderado para plantearle la problemática de cada población y municipio. Al concluir cada una de estas actividades, el candidato regresa a la van, protegido por su escueto personal de Seguridad y seguido por su comando de campaña, que se activa para dar por concluida la visita en cuanto escuchan al candidato lanzar bendiciones desde la tarima. Este retorno a la van se produce en medio de un sólido apretujamiento y una auténtica golpiza que le es propinada al candidato en el deseo de las masas de tocarlo, de hacer contacto físico con él. Siempre ocurre lo mismo. A la llegada y a la salida de los actos proselitistas, la muchedumbre se le echa encima en medio de un griterío y con la determinación de sobarlo, de estar cerca de él. Quienes están más cerca lo acarician, pero los más alejados dan manotazos para alcanzarlo. Esto lo hacen sobre todo los hombres o las personas más altas, que sobresalen del gentío, son estos quienes le atizan fuertes golpes. El candidato mide un 1,76 centímetros, no llega a 80 kilos, usa camisas con cuellos número 15 y gasta zapatos número 9 y medio.

 

Tabay. Casi siempre, el último en entrar a la van de regreso es él. Para desesperación de los guardaespaldas, siempre hay alguien que tira de la camisa del candidato, que viene hacia él haciendo pucheros y levantando un bebé o trayendo a rastras una anciana o un adolescente que “han soñado con conocerlo”. Todo el mundo está en sus puestos: el chofer de la van, un virtuoso en la conducción de inmensos vehículos por las estrechas callejuelas de la Venezuela profunda, atestadas, además, de audaces seguidores que no se dejan arredrar en su decisión de manosear a Capriles, aún cuando este ya hizo su décima despedida e ingresó por fin en el autobús, que entonces cierra sus puertas con él adentro; están los miembros del comando de campaña, jóvenes disciplinados, organizados, sobrios e incansables, acostumbrados también a absorber la carajamentazón que estalla en cuanto pisan el destino planificado para la gira; algún periodista invitado; y los candidatos de la Unidad Democrática a cargos de elección popular en el siguiente municipio.


Mucuchíes. Explicación a la presencia de los abanderados locales de la MUD en la van del candidato: en el punto A se montan los políticos que irán a elecciones en los próximos comicios de gobernadores y alcaldes del punto B. En el trayecto, entre el pueblo que se ha dejado atrás y el siguiente (donde estos activistas hacen vida política), estas personas van hablando con el candidato. No escribimos aquí conversando, porque Capriles tercia poco en el diálogo: se limita a solicitar precisiones y a hacer algunas preguntas. Al llegar al punto B, los primeros en dirigirse a las multitudes congregadas son los candidatos locales, que suelen aprovechar la excepcional ocasión de tener semejante audiencia a la que comunicar su mensaje. De último hablará el caraqueño. Su mensaje suele ser muy sencillo, orientado a reforzar con parámetros nacionales lo que sus predecesores en la tarima han señalado a escala municipal. En ningún caso hace esfuerzos por desarrollar una oratoria superior a sus condiciones naturales y a su vocación de parquedad: siempre da la impresión de estar impaciente por dejar de hablar para encaminarse inmediatamente al despacho de Miraflores para ejecutar el ambicioso proyecto que ha concebido con su equipo de asesores técnicos en los diferentes aspecto de la realidad venezolana.

No me sorprende esta frugalidad expresiva. Fui, según me confirmó recientemente la agente de Prensa, Lina Romero, la primera periodista que hizo un foro [término de la jerga periodística que alude a las entrevistas de personalidad o de profundidad] con Henrique CaprilesRadonski, cuando resultó electo presidente de la Cámara de Diputados, del antiguo Congreso Nacional, en 1999. Ese diálogo, que sostuvimos para la revista Exceso, tuvo lugar en su oficina del Parlamento. En esa ocasión, el joven congresista me dio la impresión de que nunca tendría “una actitud destemplada” (es lo que escribí entonces). Ya para 1999 tenía claro su objetivo: “Yo quiero resultados, no me veo a mí mismo como un orador de oficio”.

Y, con toda franqueza esbozó la singularidad de su figura: “Soy distinto básicamente en lo que me motiva a estar aquí. Mis intereses son diferentes. Yo no tengo necesidad económica que me movilice a estar aquí. No soy rico pero nací en una familia que tiene recursos.Me gusta servir desde una posición pública y por eso estoy aquí, porque nací para esto, para hacer política de una manera diferente”. Estas, repito, son sus declaraciones de 1999, cuando era diputado por el Zulia y flamante presidente de la Cámara Baja. Por cierto, cuando yo iba saliendo de su despacho, concluida la entrevista, vino Lina Romero a pedirle que se quedara un poco más, que había venida una jovencita a hacerle unas tomas de base para una entrevista televisiva.

-Mucho gusto –dijo la muchacha-. Erika De La Vega.

 

Santo Domingo. En cuanto las puertas de la van dejan oír el chasquido que hacen al cerrarse, el candidato camina por el pasillo y hace un comentario: “El sonido debe ser mejor. Tiene que sentirse la fuerza”, “Sigue malo el sonido, pana, no me escuchaba a mí mismo”, “La vaina mejoró. Aquí la diferencia fue del cielo a la tierra”. Y una vez, al concluir la actividad en Trujillo (capital), comentó, entre jadeos: “Qué coñaza tan arrecha, hermano”. Fue la única vez que aludió a la pasada de palos y arañazos de mujeres que en su presencia se ven arrojadas al frenesí, que recibe en cada parada.


Pueblo Llano. La gira en la que participé se desplegó por Mérida, concretamente, el páramo merideño, y Trujillo. Los sitios escogidos para las concentraciones y caminatas siguieron el criterio que ha orientado la campaña de Henrique Caprilesprevia a las elecciones del 7 de octubre de 2012: “No vamos a los municipios donde estamos ganando. Nuestra agenda da prioridad a aquellos municipios donde, en las últimas mediciones, perdimos por paliza; y luego, a las circunscripciones donde salimos regular”.


Mucurubá. Entre una y otra escala, el candidato escucha a sus aliados locales; y, cuando no hay ninguno en la van, porque los poblados están muy próximos y ya ha sido impuesto de lo necesario, se queda muy quieto en su silla. Silencioso. Leyendo noticias en su celular y revisando mensajes para responder algunos con una jerarquía que solo él sabe. Nadie viene a atenderlo, a hacerle mimos, a preguntarle si quiere algo o a alcanzarle las bebidas de las que dispone en forma copiosa. Simplemente, lo dejan tranquilo para que se recupere y relaje. Todo el mundo en ese autobús tiene mil tareas. Se trata, según pude observar, de un equipo pequeño, compacto y muy avenido, donde todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y no hay que andar arreando a nadie. El candidato es uno más del engranaje: duerme cuatro horas, exactamente igual que los miembros de su comando;acude los pueblos previstos y también aquellos que no, pero donde se ha aglutinado una comparecencia espontánea.

Y en el trayecto ocurre una interacción asombrosa (lo fue para mí, que nunca tuve militancia ni me había visto en estas lides). Cuando, a la vera de la carretera por donde es sabido que va a pasar “el autobús del progreso”, se congregan simpatizantes, alguien manda a ralentizar el desplazamiento de la van (que lleva una grabación sinfín con jingles de las candidatura) y le da aviso al candidato para que se asome. Entonces Capriles se levanta, se inclina hacia la ventana, desliza el vidrio ahumado que impide la visión hacia adentro, se inclina hacia fuera, apoyándose con la mano izquierda y flexionando la articulación de la cadera (no de la cintura, que le daría mayor estabilidad). Mientras tanto, la gente ha visto acercase la van, que no tiene distintivo visual (sino el que ofrece la tonada propagandística); observa que baja de velocidad; ve que se ha corrido el vidrio; perciben la salida de un hombre, que grita: ¡Eje!, o ¡Ajá! Y en el microsegundo que va entre el instante que Capriles sale del autobús y la gente verifica que es él, que es el candidato en persona, ahí mismo, a menos de un metro, pasa de la expectativa al fervor. Es, directamente, una locura. La transformación de las caras es asombrosa: es como si estuvieran ante un hecho prodigioso, descarriado de la realidad, como si fueran testigos de una aparición inexplicable.


Pico El Aguila. Hay que decir que cuando Capriles se pone frente a sus seguidores saca una sonrisa que no tiene para sus interlocutores cara a cara: es una transfiguración luminosa, que comunica bondad y placidez. No me refiero, desde luego, a que se muestre rudo con la personas que conoce; al contrario, tiene risa fácil y está atento a los gestos del contertulio para asegurarse de que se está explicando bien. No es un asunto de falsedad o de doble cara (el actor y director teatral Héctor Manrique, su asesor de escena, afirma que Capriles “es una persona, no un personaje”), es que logra que las multitudes se vean en el espejo de una sonrisa… no sé cómo explicarlo, distinta.

Las quinceañeras se deshacen en gritos en los que se discierne emoción, del divino dolor de amor y de movilización erótica. “Hermoso”, le espetan, “Espero que leas mi carta”. Los hombres lo jalean: “Echale bolas, Capriles”, “Aquí estamos, contigo”,“No tenemos miedo”, “Por nuestros hijos, Capriles”. Un campesino del páramo merideño logra aferrar la mano del candidato, lo mira a los ojos y le dice: “Por todos los venezolanos, Capriles”. Las mujeres lo bendicen. Se escuchan declaraciones de amor con todas las voces: “Te llevo en el corazón”, “Te amo”,  “Hermoso”, “Flaquito precioso”. Todo eso rociado por una auténtica lluvia de bendiciones lo que recibe el hombre en su deambular por el país. “Dios lo cuide”, “Que la Virgen lo ilumine”. Le lanzan besos. Le dan besos. Muchas mujeres, de todas las edades, le inmovilizan la cara para plantarle besos en los labios. No ha faltado incluso quien se aventura por zonas vedadas a quien no sea la Primera Dama o el urólogo.

“Hay estados donde las mujeres son más atrevidas”, confirma. “No diré dónde, pero en una ocasión me metieron mano… en el pantalón. Miré hacia abajo. Vi la dueña de la mano, y le dije: “Señora, por Dios”. Solo entonces me soltó”. Por cierto, es del dominio público que Capriles es circunciso. Yo misma me encargué de divulgarlo, tras preguntárselo en aquella entrevista de 1999, en la que lo sondeé sobre su origen judío.

-Sí –reconoció-. Pero eso no tiene nada que ver con el rito religioso sino con una cuestión sanitaria. Me lo hizo un médico, no un rabino.


Chachopo. En una de esas paradas breves vi un hombre mayor que se acercó a Capriles, le tomó una mano y le dijo, entre lágrimas: “Capriles, usted es la esperanza de Venezuela”. Tenía manos de labriego y la piel cuarteada por el sol de las montañas. A su alrededor, como pasa siempre, la gente grita: “Bájate” o “Abájate”. Alguna vez lo ha hecho, aventándose por la ventana para caer sobre la gente.

En ningún momento escuché ni una sola frase agresiva para nadie. Ninguna amenaza a algún sector. La más mínima alusión irrespetuosa al opositor a vencer. Nada negativo. Y en la van, por cierto, en dos días, bien largos, por cierto, jamás oí nombrar a Chávez. Para bien ni para mal.

 

Timotes. En esos días conversamos varias veces. Pero en el contexto de aquella efervescencia humana, en todas partes la concurrencia ha sido abrumadora, incluso en Timotes, donde llegamos con 5 horas de retraso; en medio de aquella sucesión de extraordinarios pasajes andinos, tan distintos en la medida en que se asciende y, definitivamente otro, cuando se llega a Trujillo (cuya hermosura es uno de los secretos mejor guardados del país)… en trance de gira electoral y de recorrer la esplendorosa geografía de Venezuela, decía, una entrevista se parece a un trámite burocrático. Conversamos muchas horas. Llené una libreta, que ahora hojeo sin animarme a citar nada de lo anotado. Consignaré ciertos tramos. Por ejemplo, al comentarle que nadie lo llama Henrique sino por otros nombres, principalmente Capriles, contesta entre risas que en el Táchira varias veces se oyó apelado como “Sharonski”. Emplaza la certeza de su triunfo porque, según asegura, “en Barinas se hizo el quiebre: fue allí donde esta campaña se convirtió en un fenómeno e inició la curva triunfante. Yo soy el candidato retador. Y fue entonces cuando sentí que ya esto no tenía regreso. Lo sentí aquí [se señala la frente], aquí [se toca el lado izquierdo del pecho] y aquí [optó por no apuntar nada sino agregar que lo sentía “en todo el cuerpo]”.Su meta es visitar 300 pueblos. Una hazaña que nadie ha completado en Venezuela. No, en tan pocos meses, con tan pocos recursos y con tal ventajismo del candidato oficialista: en cada lugar donde está prevista la legada de Capriles, la avalancha de vallas y afiches con la cara de Chávez es abrumadora.

 

La Puerta. Al terminar el recorrido de Trujillo, capital, (donde le demostraron eso que los mexicanos glosan como “porque te quiero, te aporrio”), el candidato se queda sin camisa y se frota una toalla blanca en el pecho y las axilas. No hace calor. Tampoco el frío de la víspera, en el páramo, que varias veces lo obligó a ponerse una chaqueta para no resfriarse, según dice. De todas formas, en la noche ya está bastante afónico, lo que no ayuda para su voz, que da de por sí suena como un disco en la revolución equivocada. Capriles es alérgico a muchas cosas: a las alfombras, a los chocolates, al polvo…. Con cierta frecuencia presenta dificultades respiratorias, a veces tan agudas que debe respirar por la boca. Eso podría explicar también lo previsible de su dieta. En el autobús de Prensa, los periodistas se burlan del “menú presidencial”: como todos comen lo mismo (el candidato no tiene séquito ni comidita especial). “Qué tendremos hoy de almuerzo”, dice con sorna Jeanelié Briceño Condado, reportera de Globovisión. “Pollo con papas”, apuesta Fernando Girón Tosta, colega de Venezuela. “Pollo con vegetales”, “pollo con arroz”, dan por hecho respectivamente, los camarógrafos Michelet Castellanos y Luis Lara.


Mendoza Fría. El pecho desnudo del candidato es más blanco que el rostro y los brazos. Es el pecho de un liceísta, no exactamente el de un atleta (parece un nadador sin entrenador), aunque se sabe que maratonista. Lleva una cadena de donde penden una imagen de Cristo y una de la Virgen del Valle, patrona de Margarita y señora de su devoción.


Valera. Dondequiera que va le piden a gritos la gorra decorada con los atributos de la bandera (que el Consejo Nacional Electoral pretendió prohibirle al abanderado de la Unidad Democrática). Cuando las tira desde las tribunas, desata un fragor de entusiasmo, pero cuando se quita la que lleva él mismo para lanzársela a una de esas personas que lo esperan en las cunetas, la reacción es otra: “El gobierno se metió un tremendo autogol con esto de la gorra”, se ríe Capriles, “antes era una pieza cualquiera, ahora es una especie de reliquia”.


San Rafael de Carvajal. ¿Por qué está seguro de que va a ganar las elecciones? “Porque lo he visto en mi recorrido por el país. Y porque el presidente Chávez me lo confirma cada vez que se baja de su carroza”.

 

Publicado en la Revista Clímax, septiembre 2012