Confianza

Milagros Socorro

A mediados de octubre me encontraba en Iowa City, pequeña ciudad universitaria de los Estados Unidos. Un día fui con mi amigo Horacio Olivo, estadounidense nacido mexicano, a un supermercado. Al entrar al establecimiento, Horacio me dijo que fuera a buscar mis provisiones sin preocuparme por su tiempo de espera… puesto que aprovecharía para votar. Faltaban tres semanas para las elecciones de aquel país y en el área de los vegetales había una pequeña cola para votar.

La escena era, ciertamente, insólita para un venezolano, ¡un centro electoral en un local comercial, un montón de días previos al evento del que saldría elegido, entre otros cargos de representación popular, el mandatario de la mayor potencia de la tierra y sin un solo militar en varios kilómetros a la redonda!

En días sucesivos vería la escena repetida en la biblioteca pública, en varios edificios de la universidad y en diversos sitios donde se congregara la gente por los motivos que fueran.

Al amanecer el martes 6 de noviembre, fecha de los comicios, más de 31 millones de norteamericanos habían ejercido el llamado voto anticipado. En 34 de los 50 estados de la unión, así como en el distrito de Columbia, toda esa gente votó hasta con 6 semanas de anticipación o por correo, cuando no podían estar en su ciudad para los días de las elecciones.

Cada estado tiene sus propias reglas, puesto que los Estados Unidos es una federación y tienen en ello uno de los valores más apreciados, así que, según las localidades, el voto fue ejercido de manera manual o en máquinas; en algunas partes el votante debe presentar un documento con foto, como la licencia de conducir, pero en  muchas otras basta que el elector diga su nombre y eso es suficiente para que le proporcionen el material electoral o el acceso a la tecnología. Los electores no tienen que votar en un determinado centro (ya hemos dicho que pueden disfrutar de ese derecho incluso en un supermercado). Hay estados donde la gente se puede registrar hasta el mismo día de las elecciones si es que no lo hizo antes.

Las elecciones presidenciales en ese país se hacen el primer martes después del primer lunes de noviembre (esto es, si el primero de noviembre es martes, se hacen la siguiente semana). Esto significa que es un día laborable y no deja de serlo en lo absoluto por el hecho de que se estén eligiendo el presidente y, como ocurrió este martes, los 435 escaños dela Cámarabaja y un tercio del Senado. Las clases se suspenden únicamente en aquellas escuelas donde funcionen centros de votación, estrictamente en esa fecha. Y no hay un solo uniformado. Naturalmente, no hay una instancia electoral arrodillada en adoración perpetua al principal ocupante dela Casa Blanca.En los Estados Unidos los recursos usados por el jefe del Estado y su familia nuclear son aportados por los contribuyentes (no por el petróleo o algún otro mineral), de manera que es inconcebible que el Presidente use, por ejemplo, el avión del cargo o alguna partida oficial en beneficio de su reelección o partido.

En Venezuela, donde el faraón dispone de los bienes del Estado como patrimonio propio, el elector es un sospechoso que debe ser sometido a toda clase de controles: debe concurrir a un determinado centro y estar incluido en una lista, hacer colas horrorosas entre soldados armados, mostrar una cédula con foto (no sirve el comprobante porque no ostenta la carita del sujeto amenazador), someterse a las captahuellas y, encima, le tiñen el meñique para estar seguros de que no volverá a votar. El Estado completa todos los rituales para demostrar la mala espina que le da el ciudadano.

El día de las elecciones pregunté a varios norteamericanos si creían que Obama podía levantar un teléfono para exigir que le dijeran en exclusiva y en secreto cuál era la tendencia del voto anticipado y, con esa información, repartir algún incentivo para inclinar el voto a su favor (remolcar, que llaman). A todos les pareció una pregunta extravagante: inconcebible que un mandatario se rebaje a malandrerías tales.

En aquel sistema, el Estado confía en el elector; y a este no se le pasa por la cabeza que su voluntad política pueda ser alienada por funcionarias como las rectoras del CNE, indetenibles en su descenso moral.

He aquí una gran tarea para la democracia que algún día se instaurará en Venezuela: construir unos cimientos hechos de confianza. Con eso tendremos la mitad del camino allanado. O más.

 

Publicado en El Nacional, el 11 de noviembre de 2012