Sin piedad

Milagros Socorro

Nicolás Maduro llora ante las cámaras de televisión. Jura que amará al presidente Chávez más allá de la vida, pero no movió un dedo para alertar el grave peligro en que se encontraba aquel cuando todavía estaba más acá. Ninguno de los que hoy jeremiquean y elevan la mirada cuando ven venir un camarógrafo se plantaron ante el alto gobierno y el partido para advertir que Chávez estaba muy enfermo y que el esfuerzo de la campaña sería nefasto para él.

En vez de eso, le mintieron al país diciendo que el Presidente estaba curado, organizaron actos de masa al que lo llevaban (en carroza, pero lo llevaban); y lejos de hacerlo desistir de su determinación de postularse nuevamente a elecciones, se plegaron a lo que evidentemente fue un designio del propio Chávez y le siguieron la corriente en una decisión que iba a costarle mucho al barines, pero que redundaría en gran provecho para los jerarcas que lo rodean. Los hechos así lo proclaman: 1) Chávez y su círculo cambiaron la fecha de las elecciones, fijando las presidenciales dentro del límite que el candidato oficialista podría alcanzar (esto lo sabían todos quienes participaron en la escogencia de la fecha y nadie le dijo que aquello era suicida); 2) cada vez que salía de sus retiros curativos, regresaba a la faena asegurando que ya estaba recuperado, aserto al que se sumaron quienes hoy acusan a la oposición de alegrarse del mal de Chávez (como Diosdado Cabello, quien, para abonar a la tesis de la curación, dijo que Nelson Bocaranda, informador de los avances del cáncer, estaba “enfermo del alma”); 3) el resultado es que Chávez lidia con una cuarta operación y enfrenta, según él mismo dijo, “alguna inflamación, algunos dolores, seguramente producto del esfuerzo de la campaña”; 4) mientras Maduro es, en la práctica, presidente de la república, un cargo al que no hubiera soñado llegar puesto que, aún cuando la carrera de sindicalista es muy loable, no se ha formado y sus declaraciones, compuestas de retallones de la ripiosa retórica cubana, no evidencian sino rustiquez y mengua intelectual. 5) Al tiempo que Diosdado Cabello despliega su gran poder y ejerce el control de todo sin el riesgo de ser humillado en cadena nacional.

Ahora sabemos, sin lugar a dudas, que lo único que convenía a Chávez era retirarse del mando y no comprometerse en una campaña electoral. Pero eso hubiera puesto en riesgo los intereses de quienes tenían en sus manos la posibilidad de impedir que Chávez malbaratara sus restos de vitalidad. Esto incluye, desde luego y principalmente, a los cubanos, quienes, como ha quedado demostrado, solo han visto en el pobre Chávez una chequera que camina por América Latina.

Ni Fidel Castro, el más enterado de las fluctuaciones en la salud de Chávez, ni sus “hermanos del alma”, ni quienes lo han aludido como “un padre enfermo”, ni los periodistas del Gobierno, pronunciaron una palabra para detener el molinillo al que se había arrojado Chávez en medio de aplausos interesados.

Tampoco contó el infortunado paciente con médicos que detuvieran la trituradora. Muy por el contrario, en octubre del año pasado el país vio al director del Hospital Militar, Earle Siso García, y a los doctores Fidel Ramos y Rafael Vargas, desmintiendo en televisión al doctor Salvador Navarrete, -quien había dicho que Chávez tendría a lo sumo dos años de vida- y afirmando que su estado era “bastante satisfactorio y con un excelente pronóstico”. Mientras tanto, Navarrete había tenido que salir a toda prisa del país porque los interesados en continuar con la farsa le mandaron la policía política para hostigarlo.

Como todo en la revolución, el imperativo político se impuso sobre la vida de Chávez (o sobre una convalecencia menos ruda), de la misma manera en que la agenda política se ha tragado la economía del país, hoy al borde del abismo, las instituciones y hasta el derecho a la vida de los miles de venezolanos muertos por la violencia porque el régimen siempre ha considerado la seguridad ciudadana contraria a sus prioridades políticas.

El verdugo de los petroleros, de Franklin Brito, de la jueza Afiuni, de los productores del campo expropiados, extorsionados, secuestrados y arruinados, de los presos políticos, de las universidades, de RCTV y de la economía venezolana, no encontró tampoco un ápice de piedad en quienes hoy rezan por él… desde las tarimas donde usan su nombre para convertirse en gobernadores.

 

Publicado en El Nacional, el 16 de diciembre de 2012