Sin fuerzas feb23

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Sin fuerzas

Milagros Socorro

“Yo, que ya he luchado contra toda la maldad, /

tengo las manos tan deshechas de apretar /

que ni te puedo sujetar…”.

Estos versos pertenecen al bolero ‘Vete de mí’, escrito en 1946 por los hermanos argentinos Virgilio y Homero Expósito.

Tras la sorpresa inicial, el mundo ha dado por buena la razón de Benedicto XVI para renunciar: disminución del vigor físico y mental que ese ministerio exige. Muy rápidamente se redujeron a pavesas las suspicacias que apuntaban a que el desistimiento tenía otras motivaciones, como una nueva fuga de documentos oficiales del Vaticano, más presiones por los casos de pederastia enla Iglesia, o intrigas dela Curiaromana. Pero el caso es que el Papa ha hecho frente a estos conflictos y es pública su determinación de abrir el debate acerca del abuso sexual por parte de sacerdotes católicos, así como la aplicación de la justicia civil a los impugnados. No puede señalarse, pues, a Ratzinger de acallar esta ignominia ni de alcahuetear a los criminales.

No hay gato encerrado. El Papa está exhausto, precisamente, de lidiar con estos y otros enredos. Porque tiene una edad muy avanzada y ejerce un cargo que le impone una agenda agotadora. Baste pensar que en el viaje a su Alemania natal, de septiembre de 2011, llevó a cabo 18 intervenciones en cuatro días (y es sabido que sus discursos suelen ser escritos por él mismo). En marzo del año pasado hizo una gira por México y Cuba, con las consabidas reuniones, misas multitudinarias, vigilias y visitas a santuarios.

No se sabe qué es más exigente, si el trabajo como jefe de Estado y cabeza de la Iglesiacatólica o las obligaciones del pastor emplazado a luchar contra toda la maldad… A los 85 años es natural que ya no tenga “fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Eso no se va a discutir. Pero el punto es que si el sucesor de Pedro aduce cansancio físico y mental para cesar en su brega como Obispo de Roma, muchos católicos pueden argumentar exactamente lo mismo para rechazar ciertas imposiciones de su Iglesia. Y resulta que Benedicto XVI se agota, se va del Vaticano y no es objeto de repudio por ello, mientras que los católicos desobedientes se ven expulsados de la eucaristía.

El Papa renunciante llegó de primero a la taquilla del agotamiento, donde se le ha atendido con todas las consideraciones. Pero muy rápidamente se formará una inmensa cola detrás de él, puesto que amplios sectores de la catolicidad están cansados del machismo dela Iglesia; de su negativa al sacerdocio femenino; de su insensibilidad frente a los homosexuales; de su absurdo código de intolerancias frente a la sexualidad; de su empeño en el celibato sacerdotal, factor, probablemente, de la escasez de vocaciones.

Si el Papa, con tener tantas virtudes especiales, tiene derecho a estar agotado y excusarse por ello de cumplir con exigencias que lo rebasan, no menos debe reconocérsele al pobre católico de a pie, que también tiene las manos muy deshechas de apretar.

El Papa recordó, en su discurso de renuncia, que el mundo de hoy está “sujeto a rápidas transformaciones”; y, sin embargo, los católicos deben lidiar con una Iglesia que parece imantada por el atraso y cierta resistencia a las realidades demostradas por la ciencia. En marzo de 2009, encontrándose en África, donde se produce el 83% de las muertes por sida, donde 27 millones están contagiados por el virus y donde esta enfermedad ha matado 10 veces más personas que la guerra, Ratzinger dijo que “el sida no se puede superar con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan los problemas”. Tal fue la alarma de los especialistas que hastala ONUterció para aclarar que el preservativo es “la tecnología disponible más eficiente para reducir la transmisión sexual del VIH”.

En el libro de entrevistas con Peter Seewald titulado ‘Luz del Mundo’, había dicho que “cuando un Papa llega a la conciencia de que ya no tiene la capacidad física, mental o psicológica para llevar a cabo la tarea que le ha sido confiada, entonces tiene el derecho, y en algunos casos, incluso el deber de renunciar “. Esto es exactamente lo que piensan muchos católicos acerca de horribles matrimonios, silencios y represiones en los que se encuentran entrampados. Hay cargas que tenemos el deber de aligerar.

En fin, qué bueno que el cansancio encuentre comprensión.

 

Publicado en El Nacional, el 17 de febrero de 2013