Elisa-Lerner-El-Nacional-2002

Elisa Lerner, El Nacional, 2002

Elisa Lerner

“El país está así porque hay gente de pocas luces

 donde antes había intelectuales”

Hace seis meses salió de la imprenta el último libro de Elisa Lerner, Premio Nacional de Literatura 2002; tres relatos recogidos bajo el título de Homenaje a la estrella, publicado por Oscar Todtmann Editores. Este alumbramiento sirve de coartada para convocar a esta sección a una señora que se confiesa coetánea de Susan Sontag para no informar acerca de su edad y asegura que nunca se ha sometido a la cirugía “porque el cirujano no devuelve la cara de la pasión”.

Milagros Socorro

Yo pertenezco a una generación que tiene en la literatura la llave mayor para comprender al país. Cuando muere Gómez, yo tenía poco tiempo de nacida.  Cuando entro en la escuela primaria comienza la segunda guerra mundial. Ya cerca de mi entrada al bachillerato se produce el 18 de octubre del 45. En el año 48, cuando acabo de entrar en la adolescencia, cae Rómulo Gallegos; y para nosotros, para mi generación, que veíamos en la literatura, la libertad, la ejercitación democrática y la modernidad, la caída de Gallegos significó la pérdida de la literatura, de la dignidad y de la libertad. La caída de Gallegos fue terrible para los adolescentes de mi época. Con el grupo Sardio, me doy cuenta ahora, intentamos hacer la recuperación del país y de nosotros mismos a través de la literatura. Sardio fue nuestra respuesta a la caída de Gallegos.

Un país lo hacen el cuido del lenguaje y el cuido de las formas. En Venezuela el lenguaje nunca ha sido prioritario –como sí lo ha sido en Colombia, de donde no por nada ha surgido un premio Nobel- y hacia la palabra escrita, sobre todo la palabra bien dicha, siempre ha habido una prevención, un mirarla con cuidado. Tampoco hemos observado un cuido de las formas porque nosotros venimos de un medioevo: nuestro medioevo rural fue en el siglo XIX a la muerte de Bolívar cuando se cancela la gran épica y después no pasa nada. Se encuentran por ahí unos parrafitos sobre Julián Castro, los Monagas, Páez, que aparece muy gordo y mofletudo. Tras la muerte de Bolívar sobrevino un silencio penoso sobre el siglo XIX, una época muerta, en fin, un medioevo; mucho más que en la Colonia, cuando había música, diálogos, tazas de chocolate o de café, visitas… Estoy hablando como la que fue una escolar en pleno medinismo y estas fueron las noticias que recibió de su historia. Decía, pues, que a pesar de que el lenguaje no ha recibido ninguna importancia y sí, en cambio, mucha suspicacia, y tampoco las formas han sido atendidas porque venimos de un medioevo rural, en Venezuela había cariño, era un país afectuoso, donde el saludo era una ceremonia del corazón (y eso se ve claramente en Teresa de la Parra, quien siempre está hablando del cariño). ‘Te mando muchos cariños’, escribíamos en las cartas, ‘cariños para tu familia’, decíamos al despedirnos. En los años 50 se termina el cariño porque viene una inmigración masiva y una gran persecución política, eso es indudable, hubo una persecución política terrible. De pronto, había mucha gente desconocida, a quienes no podías decirle ‘mucho cariño’ (comienza cierta brusquedad) y llegó también la desconfianza porque se vivía en el terror y cualquiera podía ser espía del régimen. La gente comenzó a soñar con el dinero porque esos inmigrantes, que habían pasado penalidades en la guerra y en la posguerra, no iban a venir al trópico a seguirlas pasando.

Soy hija de los barcos. Pero quizá porque nací en Valencia, nunca fui lo que se llama una hija de inmigrantes, ni mi hermana Ruth tampoco. La inmigración en Venezuela nunca ha sido una inmigración añorante como sí lo es en Argentina, donde puede verse a los comensales de los restaurantes cantando en torno a la mesa, un hábito que me parece la prolongación de los barcos: se canta, me imagino yo, en la travesía para que no se haga tan ardua. En Venezuela la inmigración nunca ha sido añorante sino protagónica y muy activa, porque llegó al país a trabajar e inmediatamente triunfó y, de hecho, los hijos de los inmigrantes entraron muy rápidamente en la lisa política. Yo nunca tuve tiempo de añorar nada porque muy tempranamente entré en la escuela pública, que tras la muerte de Gómez contribuyó drásticamente a la democratización de la inteligencia en Venezuela.

La gente suele decir ’qué bella la Ciudad Universitaria, qué primor’. Yo nunca he podido verla de esa manera porque yo era estudiante mientras la estaban haciendo y veía los estudiantes que venían a buscar a las aulas: veía mucho movimiento policial, una cosa subterránea pero que estaba allí. Yo no quiero una belleza así. Para mí la Ciudad Universitaria tiene ese pecado original: se hizo mientras había dolor en el país.

Yo odiaba la dictadura de Pérez Jiménez. Nosotros nos habíamos formado en la escritura, en la lectura de los mejores, y a cada momento, en El Nacional, un periódico que leíamos desde niños, se hablaba de la República Española, del año 28 venezolano, de la gesta de los estudiantes… No podíamos sino odiar la dictadura. Yo no quiero hablar de mi propia experiencia con la represión… desde luego, hubo mucha gente que sufrió mucho más… indudablemente, el interrogatorio de Pedro Estrada fue para mí un gran estímulo para escribir: me sentí tan importante, yo, entonces una mujer muy joven interrogada por la Seguridad Nacional… no me podía quedar callada. Después de eso comencé a escribir con mayor compromiso.

Entre el año 36 y el 48 hay un triunfo de la literatura en el país. Un triunfo moral. La literatura viene a ser sinónimo de libertad y de dignidad: en un país donde la palabra es despreciada, soslayada, vista con prevención y sospecha, en esa época los periódicos son dirigidos por poetas. Entre esos años hay un momento culminante, que es cuando se crea un partido policlasista, Acción Democrática, cuyo liderazgo incorpora importantes intelectuales, escritores y periodistas, como el propio Rómulo Betancourt, quien venía del periodismo, Rómulo Gallegos, Luis Beltrán Prieto, Andrés Eloy Blanco, Mariano Picón Salas. En ese país acelerado por la literatura, se crea un partido donde los escritores son importantes y se funda el diario El Nacional con la presencia de Antonio Arráiz, un gran poeta, gran director de periódico y gran educador de la prensa, y Miguel Otero Silva. En ese periódico van a escribir los escritores, que ya habían comenzado a ejercer un rol importante en el país cuando Arturo Uslar Pietri es nombrado ministro de Medina. En esa época, la literatura se convirtió en un factor muy importante para el ejercicio moderno del país, para esclarecer su destino. En El Nacional aparece la primera escritora moderna: Ida Gramcko, antes había periodistas mujeres, desde luego, pero con Ida aparece el dominio de lenguaje. Todo eso culmina cuando Gallegos es nombrado presidente: en 1948 llega a la Presidencia el novelista más importante de la época.

No es oro todo lo que brilla. Nosotros no tenemos muy claro cuáles son nuestros héroes culturales. Eso es parte del drama. No se sabe quiénes han laborado arduamente en el silencio por la educación, la cultura, las artes. Es muy larga la lista de grandes venezolanos ignorados.

En los últimos veinte años los intelectuales, los poetas, salieron de la dirección de los periódicos. Ya nadie los convocaba, los partidos no los llamaban ni siquiera para asesorar algo. Ahí radica buena parte de la crisis del país: una crisis de humanismo, una crisis de espiritualidad, esa gran superficialidad. La palabra bien escrita fue expulsada de los cenáculos donde se decidía el destino del país y entonces estas personas que hablan muy bien inglés, que tienen postgrados… estoy hablando como el presidente Chávez, pero es verdad… están en la página cuatro de El Nacional [la sección de opinión] pero no saben español. El país está como está porque nos gusta la gente con pocas luces donde antes estaban los intelectuales. Y me estoy refiriendo, muy específicamente, a los periódicos.

Páginas imprescindibles 

Premio Nacional de Literatura del año 2000, de Elisa Lerner se ha dicho que pertenece a ese reducido grupo de escritores que escapan por la vía del estilo a la clasificación genérica. Esta es una verdad como un templo: Lerner no incurre en géneros, su escritura es todo un género en sí misma. “Sin prodigarse en una obra demasiado copiosa”, escribió recientemente el poeta Eugenio Montejo, “Elisa se acredita muchas páginas que ya resultan imprescindibles en nuestra literatura.”

Autora de relatos, crónicas, ensayos, monólogos y piezas de teatro, Lerner se encontraba entre los fundadores del grupo Sardio, creado en 1955, junto con Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Adriano González León, Luis García Morales, Rodolfo Izaguirre, Ramón Palomares y Gonzalo Castellanos.

Además de un conjunto de ensayos desperdigados en diversas publicaciones, la obra de Lerner incluye las recopilaciones de relatos y crónicas Una sonrisa detrás de la metáfora, Yo amo a Columbo, Crónicas ginecológicas, Carriel para la fiesta, En el entretanto y, la de más reciente impresión, Homenaje a la estrella; así como las obras teatrales En el vasto silencio de Manhattan y Vida con mamá,  y de celebrados textos como sus entregas al Sádico Ilustrado, en las que, según ha escrito Ramón J. Velásquez, podían “adivinarse […] que Elisa Lerner significaba una presencia nueva, por mil razones distintas a la cronología, en el mundo de las letras venezolanas.” Pues bien, por mil razones distintas a la cronología, la afirmación del ex presidente Velásquez conserva su vigencia: cada entrega de Lerner es novedosa y se basta para renovar las letras nacionales.

 

Publicado en El Nacional, 2002

 

 

3 comentarios en “Elisa Lerner, El Nacional, 2002

  1. Yo pertenezco a una generaciòn mas temprana, pero signada con todos esos valores de que hablas, por hogar y por estudiosa de mi paìs.Me siento adolorida por todo lo que estamos viviendo. Es casi imposible asimilarlo.
    Espero con fè, que el paìs retome su forma. Hay valores muy arraigados. Gracias.

  2. «Un país lo hacen el cuido del lenguaje y el cuido de las formas. En Venezuela el lenguaje nunca ha sido prioritario», es la frase de Elisa Lerner con la que me quedo, entre todas las maravillosas frases que esta sucinta y apretada entrevista nos ha brindado

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