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Sociología en el supermercado

Milagros Socorro

Sobre todo en los días de pago, se forma una especie de estacionamiento de carritos de supermercados repletos de productos y abandonados en un rincón. A veces, esta suerte de fondeadero crece hasta dificultar el paso de los clientes al local; y en muchas ocasiones puede verse clientes apiñados a su alrededor, para escarbar botellas de aceite, paquetes de azúcar y, en fin, esa mercancía de llegada irregular a los puntos de venta.

Por qué alguien invierte tanto tiempo en llenar un carrito de supermercado, en escoger los productos, las presentaciones, las marcas (si hubiere de dónde escoger), los precios (si acaso se presentara divergencia entre ellos o, más remoto aún, una oferta), en suma, por qué alguien deja escorada esa trabajosa selección, que supone esfuerzo y concentración… Porque al acercarse a la caja, se encuentra con una cola que le llevará más de una hora.

Para el consumidor venezolano ya no hay martes en la mañana. Ahora cada visita al super –y hay que hacer muchas para abastecerse de lo básico- supone una gran inversión de tiempo, porque todos los días y a toda hora, están repletos. Esta superpoblación se debe, en parte, a que los almacenes ya no sirven únicamente a las áreas circundantes, sino a zonas lejanas de la ciudad e incluso a pueblos vecinos cuyos abastos se encuentran mucho peor surtidos. Eso explica la presencia, en los supermercados de las grandes ciudades, de familias enteras venidas desde sitios remotos a adquirir productos que no consiguen en sus sitios de residencia. No debe descartarse que buena parte de esas captaciones tengan por objeto la reventa en ámbitos buhoneriles.

En el lento avance por los pasillos hasta las cajas, se ven los productos abandonados en ese lapso de espera e inactividad, que permite ponderar la compra. Hay quienes ejercen el “ya que”: ya que estoy aquí y ya que hay tal cosa, voy a comprar varios paquetes en previsión de que no pueda volver o de que no se encuentren. De esa manera, siempre se gasta más de lo calculado y se adquieren más productos de lo necesario, con lo que se vacían más rápidamente los anaqueles.

Estas peregrinaciones a los centros de abastecimiento han permitido a cualquier parroquiano ser testigo de peleas delante de las neveras, ante las cajas e incluso en las puertas de los mercados, donde imperan los agresivos acarreadores de bolsas. Este es otro elemento novedoso del paisaje venezolano contemporáneo, la ira contenida –por lo general, mal contenida-, del hombre joven dedicado a trabajos temporales o informales, la mayoría de los cuales da la impresión de estar bajo una inmensa presión, experimentar gran ira o estar a punto de estallar frente al cliente que le pide que, por favor, no arroje el paquete de los plátanos sobre el de pastas para no quebrarlas. Con frecuencia, la respuesta a la solicitud del cliente es de inopinada violencia, con lujo de resoplidos.

En la morosa procesión hacia las cajas, el cliente ve más o menos la mitad de estas vacías: nunca hay empleados suficientes para llenarlas. Y, naturalmente, jamás se cumple con la norma de atender rápidamente a embarazadas y personas de la tercera edad para evitarles el incómodo plantón con los consecuentes empujones, tropezones y codazos. Con tono de indignación se oyen los comentarios: de las seis cajeras que vinieron a trabajar, cuatro se fueron a comer, quedan dos y están “fastidiadas”. Faltan al trabajo y no se les puede decir nada. Llegan casi una hora tarde y se sientan a desayunar. La ley del trabajo de la revolución fue escrita por el negrito del batey (para quien el trabajo es un enemigo), nadie cuida su puesto ni se quiere superar (“porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”).

La romería por los pasillos de los supermercados nos acerca a la libreta de racionamiento, se oye decir entre mentadas de madre, que, según, ya se avista en el horizonte. La secuencia es así: estrangule la producción nacional / controle los precios / importe con pingües ganancias para los jerarcas del régimen  / una vez instalada la previsible escasez, culpe a los productores de no estar interesados en vender sino en “acaparar” / cuando la escasez sea desestabilizante para las almas y los gobiernos, diseñe “un sistema de racionamiento” para productos regulados / y cómprele los chips al hijo de un antiguo golpista devenido magnate bolivariano.

 

Publicado en El Carabobeño, el  5 de junio de 2013

 

2 comentarios en “Sociología en el supermercado

  1. Lamentablemente es asi. Acá en Maracaibo peor hay racionamiento. Culpan de ello a los desasistidos hermanos wayú, pero no buscan ni castigan a los cabecillas a los contrabadistas protegidos, sino que pagamos los consumidores zulianos y peor aún no pueden comprar alimentos los indocumentados que sabemos hay muchos aqui. Y los dchos humanos?

  2. Excelente descripción del acontecer que vive cada uno de los venezolanos, cuando va a tratar de hacer mercado… toda una odisea! y parece que se nos estuviera convirtiendo en animales! Ojala esta situación mejore pronto!

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