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Un falso poeta y tres auténticos narradores

Milagros Socorro 

Unas declaraciones del Fiscal de la República, Isaías Rodríguez, de la semana pasada, me hicieron evocar aquel bolero ranchero de José Alfredo Jiménez, llamado “Cuando vivas conmigo”, donde el narrador es un hombre que tiene “el pelo completamente blanco” y a sus años está enamorado de una joven. Y, para enfrentar el desafío, promete que va a sacar juventud de su pasado.

En una operación igualmente desesperada, el Fiscal Rodríguez, desacreditado hasta lo indecible y en esa retórica suya de eludir el punto para irse por peteneras, optó por dirigirse a alguien que supuestamente le había atribuido el don de la profecía. “Yo no soy profeta”, dijo Rodríguez, “yo lo que soy es poeta”. Y ahí es donde recordé al personaje de José Alfredo Jiménez que va a sacar vigor de cuando lo tenía. Isaías Rodríguez intenta, sin ningún éxito, sacar reputación de su pasado.

Es muy patético esto porque el Fiscal, que ha ido volviendo leña su honor para arrojarlo a esa hoguera insaciable que es el apetito de Chávez por la integridad moral de los demás, todavía pretende conservar un rescoldo de pundonor. Y no teniéndolo, apela a su pasado. Pero mal atina el Fiscal porque para él es mucho más fácil ser profeta que poeta.

Profeta puede serlo porque el desarrollo de los eventos que a él le competen no sigue el curso de las leyes o de la lógica, sino exclusivamente de la voluntad de su jefe; de manera que cualquier vaticinio que haga terminará correspondiéndose con esa realidad forjada que priva en una república regida paradójicamente por un monarca. Pero poeta no es y, qué triste, nunca lo ha sido. No, en un país donde esa condición la exhiben, con toda propiedad y sin reclamarla, Rafael Cadenas, Luis Alberto Crespo, Alfredo Silva Estrada, Yolanda Pantin, Eugenio Montejo, Patricia Guzmán, Ramón Palomares. No, Isaías no ha escrito todavía un sólo verso que le permita proclamarse poeta.

El Fiscal Rodríguez no es poeta. Y dice que no es profeta. Qué le queda entonces sino arrear con lo que él se ha reservado para sí: cuentos de dobles (un supuesto original que perpetra un crimen y un sosía que campanea un trago para que lo vean bien lejos del lugar de los hechos), un autobús con pasajeros espigados de la oposición, un psiquiatra que debería estar amarrado a algún diván, una sugerencia de que cierto director de periódico quiere casarse con él, una fotografía donde aparece abrazado al Presidente entre risas que desechan la más mínima presunción de autonomía o un gimoteo en el funeral de alguien a quien ha llorado más que a su propia madre pero cuyo asesinato no ha movido un dedo para esclarecer.

Este Gobierno es un trapiche que trabaja día y noche moliendo reputaciones, un recurso que no se puede extraer sino del presente.

Vamos a lo importante. En apariencia, en la última semana han pasado muchas cosas relevantes… que en pocos meses habremos olvidado, sustituidas por una apuesta mayor en el sainete. Lo verdaderamente notable, lo que persistirá en nuestra memoria, ha ocurrido en el terreno de la cultura venezolana.

Se trata de la publicación de tres libros fundamentales en la narrativa venezolana, editados en la colección Literatura Mondadori.

Después de ser publicada en México, acaba de salir en Venezuela la novela “Falke”, de Federico Vegas, que, sin lugar a dudas, va a constituir en un hito en la novelística nacional. Se trata de una ficción con referencia en la realidad, que cuenta la historia de un grupo de venezolanos, con más corazón que estrategia, que se embarcaron (nunca mejor dicho) en el Falke con el propósito de venir de Europa, donde algunos de ellos estudiaban (y no seguían ninguna práctica militar, ni siquiera un poco de educación física al amanecer), a invadir Venezuela y derrocar la tiranía de Gómez. El resultado de esta aventura es conocida, está en la historia contemporánea de Venezuela; lo que la novela aporta es el desplazamiento físico y mental de aquellos hombres, sobre todo de los muchachos involucrados, a partir del momento en que deciden, en una operación quijotesca, convertirse ellos mismos en personajes de la literatura que les tiene la cabeza en ebullición y en redentores de la patria oprimida. El desastre está cantado desde el primer párrafo pero es tal la vitalidad de los personajes, el precioso detalle con que sus psicologías quedan expuestas, que puede afirmarse que Vegas los ha amarrado a la vida por siempre.

En la misma hornada ha salido “Río de sangre”, recopilación de casi toda la obra narrativa de Antonio López Ortega (quien también es ensayista de elevada pronunciación). Aquí estamos ante una escritura tersa, absolutamente madura, incluso en sus textos de juventud, un itinerario que nos lleva por géneros tan diversos como el diario íntimo, la epístola, el relato, la poesía en prosa, los apuntes para futuros proyectos y el cuento corto, pero también curiosos híbridos entre éstos. Es el libro de un escritor profesional, que sabe de qué va la cosa y que a la vez exuda eso que antes se llamaba inspiración. Un libro, pues, de exportación, si se me permite este atajo torpe para aludir a un desempeño sin impregnación alguna de provincianismo, de tartajeo localista, de esa experimentación aburridísima o de ajustes de cuentas, taras que aisladas o en conjunto impiden la salida de un libro fuera del estrecho patio de los almendrones en el que nos hemos acostumbrado a habitar, en la ingenua creencia de que eso es el mundo o que tiene alguna incidencia en éste.

Y está un libro llamado a producir conmoción: “El vergel”, novela autobiográfica de Isaac Chocrón; como los anteriores, obra de un escritor profesional (insisto en esta espléndida condición porque no es poca cosa en una época en que no muchos se fajan con el compromiso arquitectural, de estructura, de diseño interno del cuento, y de exposición de unos hechos que resulten interesantes, mientras abundan los que parecen limitarse al deseo de publicar, sin piedad por un lector que se arrastrará por el deber de llegar a las cuarenta páginas, oportunidad límite que se le da a un libro para que te atrape).

Para los lectores venezolanos debe ser muy difícil leer esta novela sin atender al hecho de que alude a episodios que, efectivamente, pertenecen a la vida de uno de nuestros escritores más célebres y prolíficos. Por ahí, podemos quedarnos embobados con el estriptís de Chocrón: ese lento y gozoso despojamiento de ropaje que nos muestra su infancia torturada por la ausencia de una madre que, según la versión familiar estaba muerta, pero que, como se enteraría en el colegio, seguía viva y fugitiva de su anhelo de ella; esa desdramatizada relación de su vivencia homosexual (antes asomada entre líneas en el estupendo libro de entrevistas que hizo Chocrón con Miyó Vestrini en el año 1980); esa descarnada exposición de sus duelos, sus desgarramientos; y, siempre, ese compromiso con la literatura.

En un país signado por el caos, desgracia nacional cuya autoría unos y otros se atribuyen (todos con razón), esta nueva novela de Chocrón completa la hazaña de poner orden en lo que siempre es más caótico: la vida privada. En el caso de Isaac, por cierto, es una vida que no parece privada de nada, sobre todo de coraje, talento y solvencia para echar un cuento. Es la obra de un maestro en la cúspide de su arte.

 

Publicado en El Nacional, noviembre de 2011

 

 

 

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