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Entrevista a Adriana Meneses Imber – El arte de las transformaciones

Milagros Socorro

Podría verse como una casualidad: el gobernador de Caracas busca a una persona para encargarle un proyecto y por esos días una joven retorna al país tras un largo periodo de estudios que la ha preparado justamente para un trabajo como el que requiere el mandatario local; ella podría ser la profesional que éste busca. ¿Una coincidencia? No exactamente, puesto que el entonces gobernador Virgilio Avila Vivas necesitaba un profesional de alta capacitación en cuyas manos poner la responsabilidad de crear lo que entonces se llamaba el Museo del Oeste; y la muchacha que por esos días buscaba trabajo llevando bajo el brazo su flamante título recién adquirido, era Adriana Meneses, de regreso en Venezuela, en 1989, después de haber recibido el diploma expedido por el Master en Administración de Arte, dela Drexel Universityde Filadelfia, así como los certificados que entregala Barnes Fundationde la misma ciudad a los estudiantes que completan los estudios de Historia, Apreciación y Filosofía del Arte.

Ese año, 1989, el gobernador Avila Vivas colocó la primera piedra para el levantamiento de un proyecto que respondía a una idea suya. Y con la contratación de Adriana Meneses se aseguró los oficios de una profesional competente que podría poner en práctica los conocimientos adquiridos en la academia y afinados en el Museo de Arte de Filadelfia, donde se desempeñó como asistente de investigación durante tres años. Todo lo cual vino a sumarse a una preparación remota que comenzó casi desde su nacimiento. “Toda mi vida he visto museos”, resume Meneses, “es parte de mi formación natural y de mi entorno familiar”. Eso explica el hecho de que, después de culminar sus estudios de Comunicación Social enla Universidad CatólicaAndrés Bello, en Caracas, en el año 1982, ella marchara hacia los Estados Unidos con el objeto de especializarse en artes y museología. De raza le viene al galgo.

-Esa experiencia –acota Meneses- me permitió comprobar el gran énfasis que ponen las instituciones museísticas norteamericanas en la obtención de recursos no gubernamentales. Mi tesis de postgrado consistió, justamente, en un proyecto de obtención de recursos para un museo.

De casualidad nada, Adriana Meneses estaba pintada para el cargo. El gobernador Avila Vivas tuvo sobrados motivos para felicitarse por su hallazgo y Meneses permaneció en el cargo mucho después de que Avila hubiera abandonado el suyo. El 3 de diciembre de 1993, César Rodríguez, entonces gobernador del Distrito Federal realizó la inauguración parcial del Museo del Oeste, al dejar instaladas algunas salas del proyecto. Cuando las construcciones estuvieron terminadas, la institución fue inaugurada, el 9 de julio de 1995, con el nombre de Museo Jacobo Borges, por el presidente Rafael Caldera, quien estuvo presente en compañía de Asdrúbal Aguiar, entonces titular de la Gobernación del Distrito Federal. En suma, ese despacho financió las obras del Museo a lo largo del periodo que va desde 1989 hasta 1995, etapa en que en ese mandato fue ejercido por Virgilio Avila Vivas, César Rodríguez, Antonio Ledezma y Asdrúbal Aguiar.

Al oeste del corazón

El primer proyecto que Meneses entregó ala Gobernación de Caracas, sufrió tantas modificaciones que al final era irreconocible; las enmiendas y tachaduras apuntaban a esbozar una institución a la medida de la comunidad donde estaría enclavado el museo. Finalmente, la sede fue diseñada por el arquitecto Henry Tencredy y su construcción fue concluida por Ruth Chacón.

-Aquel proyecto inicial –explica Meneses como si evocara algo muy lejano- concebía un museo bastante tradicional, con cuatro salas de arte. Nada que ver con lo que es el Museo hoy en día. El levantamiento de la sede se retrasó mucho porque su construcción dependía dela Gobernacióny de Mindur; cada vez que había un cambio de gobernador se paralizaba totalmente la obra y luego prácticamente teníamos que volver a empezar todo el proceso, explicar la importancia del proyecto, ganar voluntades y así hasta que se reanudaban los trabajos. Llegué a pensar que nunca habría museo. Hoy entiendo que los retrasos eran desesperantes pero no estériles puesto que todo ese tiempo nos permitió madurar el proyecto y avanzar sin dar pasos en falso.

La selección de un arquitecto de Mindur –sin experiencia previa en estructuras museísticas- para el diseño de la obra estimuló la participación de Meneses en el proceso de concepción de la sede, de la conformación de las salas, del entramado de la iluminación y otros aspectos técnicos vitales en un proyecto de este tipo. El diseño original contemplaba una fachada diferente de la actual que en la opinión de Meneses “parece una casa grande”. Pero eso es una minucia al lado de los logros que ella le concede a la obra: “estoy muy contenta con los resultados en lo que respecta a los espacios interiores. Las salas son excelentes, de las mejores de Venezuela, la iluminación es muy buena… El exterior requiere unas pequeñas modificaciones que ya haremos cuando contemos con los recursos necesarios. Lo verdaderamente importante es el criterio que anima al Museo, muy distinto de todo lo que existe en el país”.

-Esa idea, digamos diferenciada –acota Meneses- surge en contacto con Catia, siguiendo el pulso de la comunidad. Cuando yo tracé el primer proyecto, lo hice como un profesional que se encarga de hacer un museo, sin tomar muy en cuenta el entorno. Pero muy pronto los alcances de ese primer esbozo comenzaron a cambiar. Los retrasos en la construcción me ofrecieron la posibilidad de estar en contacto con las organizaciones de vecinos de Catia, así como con los usuarios del Parque del Oeste. Hay que decir que Catia es una zona totalmente distinta al resto del país: aquí la gente tiene un arraigo especial con su sector y demuestra una motivación más fuerte a vincularse, a participar. El hecho de que el Museo se estaba construyendo dentro del Parque del Oeste, que es uno de los logros más importantes de la población de la parroquia Sucre, le aportó un matiz especial a todo este asunto porque al principio hubo una fuerte oposición al museo por parte de la comunidad de la zona.

Los vecinos alegaron que ellos no necesitaban un museo. Y argumentaron con toda firmeza que de nada les serviría estar mirando cuadros en una pared mientras carecían de un polideportivo. Además, adujeron que la obra museística desmedraría las zonas verdes de que ya disponían, a costa de mucho esfuerzo. En una palabra, los catienses percibieron el Museo como una imposición emanada dela Gobernaciónde Caracas. Un mamotreto que nadie había solicitado.

“Ahí comenzó un trabajo de otro tipo. Una labor que yo no había previsto al comienzo y que consistió en explicar los beneficios que el Museo traería a la comunidad. Yo venía cada noche ala Escuela Miguel Antonio Caro a conversar con la gente; asistía a las reuniones de vecinos; exponía cómo la institución iba a mejorar su vida y la de sus hijos; hablé de los talleres de formación… y fue ese contacto con la comunidad el que modificó el proyecto del museo, adaptándolo a las necesidades de sus usuarios naturales”.

En realidad, el cambio fue mutuo. El proyecto y sus organizadores modificaron sus puntos de vista al tiempo que la comunidad se iba convenciendo de las bondades del museo. Se puso en marcha un proceso de mutua comprensión y tolerancia. “Cada decisión se tomaba por consenso, después de un intenso debate en el que todos participábamos”, recuerda Meneses, “cuando quisimos distribuir las esculturas en el Parque del Oeste, los vecinos se quejaron argumentando que esto les restaría áreas verdes y que las piezas obstaculizarían la circulación de los usuarios y los juegos de los jóvenes. Finalmente acordamos colocarlas en rincones y emplazamientos que no constituyeran un problema. Eso nos ayudó mucho a ambas partes. Tengo la impresión de que ellos al principio se mostraron escépticos porque estaban acostumbrados a oír falsas promesas, pero a medida que fueron comprobando la sinceridad de nuestras intenciones cambiaron de actitud. A mí me ayudó también conocer a la gente de la zona, a los líderes comunitarios y poco a poco fui adentrándome en lo que es Catia. Me di cuenta de que si no entendía a Catía no podría hacer un museo en este lugar porque no tenía sentido crear instituciones aisladas de la comunidad. Hoy en día, la gente que al comienzo se opuso al proyecto es la que más me ha ayudado a crear el Museo y a hacerlo exitoso. Ellos comprobaron que el Museo está aquí para contribuir a transformar, dentro de sus posibilidades, esta zona; y que lo ha hecho con el estricto interés de proyectar una influencia beneficiosa”.

-Cuando yo me inicié en este trabajo –concede Adriana- nunca había venido a Catia, no había tenido casi ningún contacto con el oeste de Caracas. Es triste pero es la verdad. Esa es la situación normal de una venezolana que ha nacido del otro lado. Entonces, claro que he sido transformada por esta experiencia y claro que he sido sensibilizada y que me he adentrado en la problemática de los habitantes de esta zona con la consiguiente modificación de mi propia actitud.

Yo te bautizo Jacobo

Cuando la junta directiva del Museo estaba todavía enfrascada en la reflexión acerca del tipo de institución que se quería, Sofía Imber, miembro del Consejo Asesor, comentó en su característico estilo provocador, que si ella fuera joven, haría un antimuseo. Pero un antimuseo podía ser cualquier cosa, pensó Adriana quien sólo estaba segura de que no debía hacer un museo de arte contemporáneo exclusivamente “porque eso terminaría aislándonos de la comunidad”. La idea del antimuseo seguía rondándole en la cabeza.

“Decidimos, entonces, optar por una flexibilidad de criterio que nos permitiera montar cualquier tipo de exposiciones. Y fue así como concebimos un perfil suficientemente amplio donde entraran exposiciones de arte contemporáneo, de arte tradicional, y también acerca de temas de actualidad que despertaran el interés de la comunidad”.

Seis meses antes de la definitiva inauguración, en julio de 1995, la junta directiva decidió cambiarle el nombre al museo y ponerle el de Jacobo Borges. “Eso añadió un ingrediente altamente positivo porque Jacobo es un líder en esta zona. A raíz de la entrada de Jacobo organizamos reuniones para que él conversara con todos los grupos vecinales, con los artistas del sector, con los grupos políticos. En esos encuentros explicamos que queríamos hacer un museo ligado a la comunidad, teniendo a la creación como centro; entendiendo la creación como todo lo que hace el hombre y a la cultura como un elemento de transformación social”.

Fue así como el nombre del más universal artista de Catia le otorgó al proyecto un espaldarazo definitivo. “Y Jacobo tuvo la inteligencia de dejarme la gestión y la dirección del museo; él solamente se involucra en la parte social de la institución. Jacobo viene a las reuniones, se involucra con el perfil público del museo, pero no se mete en lo que no tiene ni la menor idea: él es un creador”.

Hasta dónde llegan los muros del museo

La inauguración del Museo Jacobo Borges no interrumpió la búsqueda de su carácter. “Si nosotros nos basáramos únicamente en una experiencia comunitaria hoy seríamos lo que mucha gente pensó que seríamos: un centro cultural, un museíto. Mucha gente apostó que no íbamos a pasar de ser una casa de la cultura. Pero eso no entraba en nuestros planes: la idea es que, desde lo local, nos universalizamos. Cuando se planteó la eliminación el retén de Catia nos propusimos indagar qué quería la comunidad que se hiciera con ese lugar y fue entonces cuando constatamos que el deterioro de estos últimos años de vida venezolana ha dejado en ciertos sectores de la sociedad nacional, sobre todo los de menores recursos, una marca perniciosa que consiste en ambicionar menos de lo que se debería. Por eso se acepta el hecho de que los habitantes del oeste no tengan acceso a muchas cosas que los del este sí disfrutan: una vida ciudadana digna, normal, con librerías, cines, sitios de encuentro… Así, cuando preguntábamos ¿a qué quisiera usted que se destinara el lugar donde estaba el Retén de Catia?, la respuesta era que se quería menos de lo que se debería tener. Nosotros, todos, como venezolanos, como ciudadanos del mundo, tenemos derecho a todo; tenemos que soñar con todo para poderlo lograr. Esa es la idea del Museo: una institución que se propone como elemento transformador, como un impulso para el cambio”.

Por este camino, la institución corre el riesgo de sobrepasar su misión, eventualidad que no se le escapa a Adriana Meneses. “A veces nos preguntamos si estamos tocando el límite, si estaremos pasando la raya. ¿Hasta dónde debe participar el Museo?, nos hemos preguntado muchas veces. Hubo un momento en que nos dimos cuenta de que la comunidad venía al museo para todo: para hacer las cartas dirigidas a los servicios públicos, para que se les consiguieran citas en otras instituciones. En fin, el Museo se había convertido en un pequeño gobierno dentro de Catia, precisamente por ausencia de gobierno. Cuando la comunidad no tiene la facilidad para llegar a una persona que le pueda resolver sus problemas, acude al elemento más cercano que sí puede agenciarlo; y eso somos nosotros, no la junta parroquial, no las entidades regulares que tienen que hacer ese trabajo. Tuvimos entonces una reunión con la junta para plantear este asunto y preguntarnos si nos estaríamos equivocando, si debíamos seguir ejerciendo ese rol, para establecer hasta dónde debe llegar el papel del Museo en todos los conflictos inherentes a la problemática comunitaria. Ahora estamos tratando de limitar las intervenciones del Museo en los asuntos que no le competen por su misión y su naturaleza pero muchas veces la realidad nos rebasa y no podemos sustraernos de participar. Esa es, además, una demanda de la comunidad que encuentra en nosotros unas respuestas que más nadie le brinda”.

-Cuando se empezó a hablar de eliminar el retén de Catia –continúa Meneses- Jacobo y yo creíamos que ese penal no debía desaparecer, sino que debía quedarse con una mínima población de menor peligrosidad y convertirlo en un verdadero centro de rehabilitación. Pero cuando discutimos el punto con la comunidad, ésta se negó rotundamente diciendo que el retén de Catia era una marca demasiado pesada para ellos, que cada vez que la gente se refería a Catia enseguida se evocaba la negativa imagen del retén. Ellos expresaron su oposición a nuestra idea y a partir de ese momento nosotros nos convertimos en abanderados de la iniciativa de su demolición. Decidimos participar en el proceso político para la salida del retén de Catia. Asistimos a reuniones con todo el mundo: con el ministro de Justicia, con las comisiones del Ministerio, con el Congreso Nacional, conla Comisiónde Política Interior… Nos movimos con toda energía y logramos lo que al principio era impensable: la eliminación del retén de Catia. Cuando vino el ministro al Museo a anunciar la desaparición del penal, los primeros sorprendidos fuimos nosotros, que nos habíamos reído muchas veces al ver nuestra fotografía en la página roja, en la página política, en las páginas culturales, en las páginas de ciudad, de comunidad. Habíamos logrado transmitir el espíritu del Museo.

“Con frecuencia Jacobo y yo comentamos que esta zona, que cuenta con tanto recurso humano, que está pegada a la autopista, a menos de cinco minutos de Miraflores, al lado dela Cota Mil, donde están instaladas tantas industrias… cómo es posible que no haya sido objeto de un proyecto de transformación urbana, como lo han hecho todas las grandes ciudades, sino que uno sienta que hay una línea tan bárbara entre el este y el oeste. Tú pasas de Miraflores para acá y es otra ciudad. El ciudadano de esta zona es un ciudadano de segunda. Uno va al mercado de acá y no consigue los mejores productos. ¿Por qué acá no puedes conseguir las cosas que consigues comúnmente en otro lado? Nosotros abrimos una librería en el Museo porque en toda la zona no había una librería que no fuera de textos escolares. ¿Y por qué no hay un sitio donde uno se pueda sentar a conversar? ¿Por qué no hay sino una sola sala de cine, que está a punto de cerrar en el centro comercial Propatria? ¿Por qué el catiense tiene que trasladarse hacia el este a ver una película, a comprarse un buen libro, a tomarse un buen café? Y cómo es posible que hayan pasado todos estos años y nadie se haya dado cuenta. O, si se han dado cuenta, no han hecho nada para cambiarlo. Nosotros estamos empujando la idea de que toda esta población, de casi dos millones de habitantes, tiene los mismos derechos y que sus logros van a venir del seno mismo de esta comunidad, que será desde adentro desde donde se impulsen esas transformaciones. Pero no con una conciencia partidista sino todos juntos como comunidad. En eso estriba, también, la misión del Museo Jacobo Borges. Una misión que va desarrollándose a medida que el Museo lo hace, e irá cambiando al ritmo en que las circunstancias lo hagan”.

-Yo sigo muy emocionada con el proyecto –establece Meneses-. Hubiera sido para nosotros muy fácil darnos por satisfechos con la intensa afluencia de visitantes que recibimos y con la calidad de las exposiciones que organizamos. Pero seguimos buscando retos que no sólo nos vinculen con la comunidad catiense y venezolana, sino que nos otorguen un puesto en la comunidad internacional como museo. Vamos a persistir en la idea de que la gente le llegue al arte por caminos que le son próximos. Y vamos a cambiar aquel prejuicio según el cual un museo es un lugar donde se cuelgan cuadros en una pared para sustituirlo por la certeza de que un museo puede transformar una comunidad porque entraña una manera de abordar sus problemas con otra visión.

“Yo misma he cambiado totalmente mi percepción de los procesos artísticos y del papel que éstos desempeñan en el corazón de la sociedad. El Museo me ha transformado”.

Publicado el 09 de abril de 1999

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