Entrevista a Henrique Capriles Radonski: Un muchacho recomendable

Milagros Socorro

Henrique Capriles Radonski,
presidente de la Cámara de Diputados

Es una paradoja: buena parte de las simpatías que adhiere Henrique Capriles Radonski le han sido granjeadas por su capacidad para ser percibido como alguien distinto; pero cuando se le conoce personalmente se tiene la impresión contraria: Capriles Radonski es más bien igual, igualitario, igualitico, igualazo… ¿A quién? No a los bichos de quienes él quiere diferenciarse, claro está; a esos no se parece y varias veces al día refrenda el compromiso de distinguirse de aquel bichamen que sabemos. Él es igual simplemente porque no es diferente, porque parece evitar cuidadosamente la singularidad, cualquier cosa que lo haga discernible en una fotografía de grupo.

Capriles Radonski es distinto porque es correcto. Y las cosas le salen bien, ah. Pero nada más. Aunque apenas está comenzando su carrera cabe apostar que nunca tendrá este Capriles una actitud destemplada o hará una declaración de ésas que sin terminar de leer el párrafo ya el lector de prensa sabe quién la ha expresado porque le conoce el estilo, el tumbao, las mañas. Nada más lejos en este caso. Henrique nunca nos va a sorprender y es de temer que jamás tendrá estilo (no uno propio, al menos). Lo más probable es que cuando ya tenga treinta años en la escena política todavía estemos preguntando: este muchacho Capriles, ¿cómo es que se llama… Ricardo… Fernando… Ernesto…? Henrique. Se llama Henrique y ofrece al mundo una personalidad desdibujada, a contrapelo de las marcas individuales. Digámoslo de una vez: Henrique es un buen muchacho, qué vamos a hacer. Es el tipo de hombre que uno no querría para una, sino para una sobrinita que es muy hacendosa, muy callada ella.

La verdad es que Henrique es un buen partido. Eso seguro. Probablemente no haya uno mejor en el país porque Henrique es trabajador, es ahorrativo, es respetuoso con las damas, es blanco, admira al Papa, es católico… ¿Cómo? ¿Henrique es católico? Pero si su mamá es judía…

-A pesar de que mi madre es judía -explica Capriles Radonski- y de que mi composición genética es en un 75% judía, yo soy católico. Mis padres decidieron casarse por la iglesia católica y asumieron el compromiso de formar a sus hijos en esta fe hasta que tuvieran la edad de decidir. Yo decidí. Soy católico.

-¿Es circunciso?

-Sí, lo soy. Pero eso no tiene nada que ver con el rito religioso sino con una cuestión sanitaria. Además, me lo hizo un médico, no un rabino.

Al Señor, que me ilumine

El asunto de las diferencias que separan a Capriles Radonski del político medio venezolano, ese que se ha convertido en el anatema de la opinión pública en la actualidad, es recurrente en el discurso del propio Henrique y de quienes se refieren a él como figura curiosa. El joven se ha montado en la ola, robusta y vistosa, de que no se allega a las funciones públicas por lambucio y ese solo hecho parece ser asombroso. “Soy distinto básicamente en lo que a mí me motiva a estar aquí”, confirma. “Mis intereses son diferentes. Yo no tengo necesidad económica que me movilice a estar aquí. No soy rico pero nací en una familia que tiene recursos”. Con esto Capriles quiere dejar claro que no se ha puesto donde haiga sino que tiene lo que él llama -muy correctamente, por lo demás- vocación de servicio. “Me gusta servir desde una posición pública y pro eso estoy aquí. Tampoco siento que le estoy haciendo un favor a Venezuela por el hecho de estar en el Congreso. Yo aspiré venir al Congreso, la gente me eligió y por eso estoy aquí”.

A ver: la gente lo eligió diputado ante el Congreso Nacional (partiendo de una postulación por el estado Zulia) pero luego resultó electo presidente de la Cámara Baja en una carambola que dejó a todo el mundo patidifuso, empezando por él.

-¿Qué se le vino a la mente cuando se dio cuenta de que se había convertido en el presidente más joven de la Cámara de Diputados?

-Una de las cosas lamentables de cómo la gente ve la política hoy por hoy es que cuando tú tratas de ser sincero y dices las cosas como las piensas, nadie te cree y todos piensan que es demagogia. Yo te podría decir que le recé a Dios y le pedí que me iluminara. Y muchos pensarán que se trata de un discurso calculado para hacerme una determinada imagen. La verdad es que yo creo mucho en el de arriba y, cuando surgió la posibilidad de que yo fuera presidente de la Cámara (Baja) pensé que si eso se había dado era porque el de arriba quería que yo estuviera en esa posición y cumpliera con mi deber. Yo creo mucho en eso: si la vida me puso ahí es por algo. Solamente el que está arriba sabe cuál es mi verdadera vocación, cuál es mi verdadero interés al estar aquí. Es posible que también mi familia lo sepa: ellos saben que esto no es un capricho y que yo pudiera estar dedicado a otras cosas.

-¿Se asustó?

-Por supuesto que estaba asustado pero también pensaba: si la vida me puso en este escenario, por algo será. Y lo único que le pido a Dios es que me ilumine y que me ayude a mantenerme siempre sujeto a mis principios.

-¿Hasta qué posición lo orientan sus principios?

-No tengo ambiciones desmedidas y si mañana me toca ocupar una posición menos relevante que ésta no lo veré como un descenso sino como una experiencia más. Yo quiero resultados, no me veo a mí mismo como un orador de oficio.

-Dado que tiene usted excelentes relaciones con sus primos Capriles, incluida la rama que está dedicada a la prensa, ¿ha sentido la tentación de dedicarse al periodismo?

-El periodismo es una de las carreras que siempre me han llamado la atención y cuando me tocó decidirme por un oficio pensé seriamente en el comunicador social. Pero me hice abogado. Y ahora, bueno, no digo que no me acercaría a la Cadena Capriles, digo que no lo he pensado. Yo pienso básicamente en la política porque nací para esto, para hacer política de una manera diferente. Una de las cosas que aplaudo del presidente Chávez es que reanimó a la gente; la política empezó a vivir otra vez. Y dentro de ese cambio de escenario, vendrá una participación de la sociedad civil, de la gente y no de los politiqueros de oficio. Yo siento respaldo de la gente, no de ninguna organización política y mucho menos de un cogollo.

En plan mochilero

Como es evidente, Henrique Capriles Radonski nació el once de julio de 1972. Mide un metro 76 centímetros; pesa 72 kilos; usa camisas con cuellos número 15 y gasta con pasmosa frecuencia zapatos número 9 y medio. Para mantener esa estampa de torero, va al gimnasio con cierta periodicidad. Pero no es probable que engorde porque Capriles no es hombre de excesos, es más bien austero, rayano en lo frugal: come poco (su almuerzo suele consistir en una hamburguesa que compra en algún puesto de comida rápida de las inmediaciones del Congreso); su trago habitual es un ron con soda que trasiega sólo en fiestas; no come carnes; detesta la mayonesa y no admite salsas en sus sándwichs; tampoco tolera las frituras. No toma bebidas achocolatadas y en cambio adora los cereales. En una palabra: es maniático con la comida. No es de extrañar que no le guste cocinar.

Su número cabalístico es el once. Lo persigue en números de vuelo, de asiento de avión, de habitación de hotel y cuando se pone al borde de una ruleta. También lo procura cuando se juega un kino y algún terminal. Pero Henrique no tiene demasiada suerte en el juego (él comenta, muy pizpireto, que debe ser porque la tiene en el amor). En fin, Henrique no toma vitaminas (lo único raro en él). No fuma, nunca lo ha hecho. Nunca ha consumido drogas “ni he tenido curiosidad. Alguna gente dice que si no has fumado mariguana no has vivido. Pero no creo en eso para nada”.

-¿Ha vivido?

-¿Yo? Oye, bastante. Baste mencionar que conozco casi todo el mundo. He viajado mucho, he tenido esa suerte.

-¿En plan Holliday Inn?

-Para nada. Una vez hice un viaje por toda Europa en plan mochilero. Estuve en 37 ciudades europeas y lo recuerdo como una experiencia extraordinaria.

Yo tengo mi carnet

Cualquier día de éstos abrimos el periódico y encontramos a Henrique vestido de novio al lado de Natalia Gómez (una de sus metas es formar un hogar y tener hijos) y ya hace cuatro años que sale con esta espigada administradora que “me da absoluto respaldo en mi trabajo”.

Henrique ignora qué cosa es la Fania All Star. Ni tiene por qué saberlo porque cuando la Fania difundía la música del que está arriba, para usar sus palabras, él se babeaba en la ropa al cambiar de dentición. Muy vagamente recuerda que Celia Cruz es cantante; jamás ha visto a Sandro en televisión ni sabe qué cantaba el argentino del inmenso copete. De Joselito no había oído ni hablar y tampoco de Marisol. Todo esto para concluir que Henrique es distinto también porque tiene otras referencias culturales.

-Me puedes preguntar por Aditus -concede- pero no por mucho más porque no soy amante de la música. Bueno, cuando voy a una discoteca bailo pero no soy de los que tienen pegado en su cuarto un póster de Guns and roses o de Kiss o de Queen.

Lo dicho: Henrique no es el hombre que en una noche de rumba se quisiera para una; sino para cierta cuñada parapléjica, muy devota de San José y admiradora del doctor Caldera ella.

Pero hay algo que Henrique tiene y que despierta la codicia del personal: lejos de participar de la carnetocracia del puntofijismo, él practica la carnetocracia del Circuito Radonski -el negocio familiar- porque ostenta un cartoncito que le permite pasar olímpico frente al colector de boletos. Henrique, pila de envidiosos, no paga en el cine y se limita a pasar ante la taquilla con cara de junior y ese cuerpo de jockey. Y hasta pudiera sacarles la lengua a los empleados sin consecuencias (cosa que él no haría jamás porque Henrique no es de ésos). En fin, que pueden pasar sin pagar tanto él como su acompañante.

Henrique encarna las fantasías de las chicas: ¡un muchacho tan bonito, abogado y todo, que traspone las puertas de los cines como un emperador y que sólo se detiene para comprar un carretón de cotufas…!

-Cotufas no -aclara Capriles- muy grasosas, muy saladas, no sé. Lo único que llevo a la sala es un tobo de refresco light, porque el otro me resulta demasiado dulce.

Lo que tú digas, papi. Henrique no tiene miramientos para desechar lo que no le gusta o lo que le molesta. Y como es alérgico a tantas cosas: a las alfombras, a los chocolates, al polvo… Qué vaina. Todo el tiempo anda con dificultades respiratorias, a veces tan agudas que tiene que respirar por la boca.

-O sea, que usted ronca.

-Bueno, no. A veces.

-Cómo lo sabe. ¿Quién se lo ha dicho? Tengo entendido que usted es soltero.

-Mi mamá no es que duerma a cinco cuadras de mi habitación. Yo duermo en mi casa y mi habitación queda muy cerca de la mi madre. Si yo roncara ella me lo diría.

-¿Y acaso usted siempre duerme en su casa?

-Absolutamente. Salvo que me haya metido una parranda hasta las seis de la mañana. Pero si la parranda termina a las tres de la mañana, voy a mi casa a dormir. Yo respeto mi casa. Respeto a mi papá y a mi mamá; mientras viva con ellos acato las normas de la casa. Alguna vez, mientras era estudiante universitario, permanecí fuera toda la noche preparando algún examen. Pero de ahí a otra cosa, ¡ninguna! Soy una persona seria.

-Pero serísima.

-Lo que no implica que no he vivido.

-A que no se ha disfrazado.

-Pues fíjate que sí. Ya crecidito, pasados los 20, fui a varias fiestas disfrazado de cavernícola.

-Claro, van a decir sus detractores, de que más se va a disfrazar un hombre tan conservador y encima copeyano.

-Eso no es justo. Ha sido tradicionalmente una característica de Copei tener una élite intelectual. En Copei hay mucha gente preparada y eso lo saben todos los venezolanos. De todas formas, no soy copeyano.

¿Y le gusta la música llanera?

-Eso sí que no.

 

 Publicado en la Revista Exceso, en junio de 1999