Caricias

Milagros Socorro

Hace unas semanas nuestro vapuleado tricolor salió nuevamente al ruedo del circo mundial porque, tras la realización de una encuesta (que vete a saber con qué métodos sería aplicada) la firma Roper Starch Worlwide concluyó que los venezolanos somos «los más felices en el aspecto sexual». Unos meses antes el planeta había sonreído piadosamente al enterarse de que somos los más vanidosos de la Tierra (los que gastamos más dinero en cosméticos y más tiempo en tratamientos de belleza y ardides rejuvenecedores).

En otros países —los países con cierta cordura— la cama nacional se vuelve un desierto si la inflación se eleva en medio punto; los amantes se dan la espalda si mil trabajadores van al paro; los atletas sexuales declinan su principal atributo hasta la media asta si la delincuencia asesina a cinco personas en un fin de semana; los donjuanes perdonan a las descocadas si el dos por ciento de las empresas se declaran en quiebra; y las recién divorciadas hacen un alto en su revancha si suben las tasas de interés. Es decir, en las naciones con algún ápice de sensatez el entusiasmo amatorio se ve mermado si el panorama pinta adverso. Y es común que, tras echar un vistazo a los graves indicios de una economía en bancarrota, vaya el marido al lecho para caer vencido ante la calamidad, murmurando un buenas noches que suena a Dios nos coja confesados.

En Venezuela es distinto. Qué cosa, ¿no? En Venezuela, según estos genios de las estadísticas, el 46 por ciento de la población está pero que brinca de alegría con su vida sexual. Y a nadie se le cae el entusiasmo ante el medio millón de desempleados que floreció el año pasado; los carretones de muertos que deja el hampa en su eufórica impunidad; el auge enloquecido de la pobreza; la pobreza enloquecida del discurso presidencial. Nada de eso impide que la eterna cópula nacional rebose de ayes y deliquios.

Según la versión de estos brillantes encuestadores, mientras Venezuela atraviesa una dolorosa crisis cuya solución no se avizora, la mayoría de sus habitantes se está mirando en el espejo o le está metiendo mano al prójimo. ¿Cómo se explicará este fenómeno en un país donde, según los médicos y psicólogos, la eyaculación precoz es un problema de salud pública? ¿Será que la mitad feliz son los venezolanos y la mitad infeliz son las venezolanas, frustradas por la brevedad del entumecimiento? No. Nada de eso. La clave la ha dado Antonio Ledezma.

En el acto de su proclamación como candidato presidencial —de hecho, una de las actividades más eróticas del colectivo venezolano— Antonio Ledezma ha declarado que hay gente «acariciando un golpe militar». No ha dicho que hay gente considerandoevaluandoconcibiendo o pensando. No. Los que están en el ajo están acariciando el golpe.

Y es que así es. Nosotros, los superficiales, los más vanidosos del mundo, los más felices en una cama iluminada por los destellos azulencos de las telenovelas, nos hemos pasado la vida manoseando la historia, rascabucheando una idea de nación, sobando un proyecto de país, baboseando un concepto de futuro, lamiendo un lugar en el mundo, apurruñando un plan económico, apretando la inmensa nalga de un cambio que no termina de llegar, que se niega como un orgasmo esquivo.

Con su mejor sonrisa de Dragon Ball, ese rictus de quien muerde del éxito la sombra, Ledezma ha hecho el retrato hablado de Venezuela: muchachos, aquí estamos fajados acariciando.

 

Caracas, 27 de febrero de 2000