Ignacio Padilla: “El boom nos relevó de la tarea de definir las identidades”

Milagros Socorro

Por diez años, Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968) estuvo dedicado al periodismo cultural. En esa época hizo montones de entrevistas a autores extranjeros cuya obra presentaba a los lectores mexicanos. Un día se hartó de entrevistar a otros y se convirtió él mismo en un autor famoso. Empezó publicando una novela a los 26 años (a la que siguió media docenas más de títulos) y terminó arrasando con los premios literarios de su país. Últimamente ha publicado una novela titulada Amphytrion, que ubica la acción en la Alemania nazi y que lo hizo merecedor del Premio Primavera de Novela correspondiente al año 2000.

-Empecé a leer –rememora- porque escuchaba a mi madre contar cuentos. Pero también hay una razón muy curiosa que explica por qué comencé a leer y a escribir, porque es casi simultáneo en mi caso. Me puse a inventar dado que mis padres, por esas pedagogías arcaicas, no querían que hubiese televisión en casa y eso me marginaba mucho de mis amigos. La única herramienta que yo tenía para imaginar era la literatura, lo que me contaba mi madre, ese imaginario oral que tenía. Comencé a mentir para ser de alguna manera aceptado socialmente. Yo inventaba que yo era el Chavo del Ocho: con los fragmentos que oía de los comentarios que hacían sobre alguna serie de televisión que los chicos veían construía yo una especie de El Chavo virtual, construido con mi imaginario, para poder decir que yo también había visto esos programas.

“En el presente, ya no escribo con una necesidad de aceptación, ni tampoco a fin de construir una realidad que me integre a un grupo determinado. Tampoco lo hago por una carencia particular ni hay una reticencia a revelarme. Escribo muy poco sobre mi realidad inmediata. Soy un autor poco autobiográfico. Tardo mucho tiempo en digerir mis experiencias personales. Si quiero escribir una novela sobre África y acabo de pasar por África, deben pasar quince años antes de escribir sobre tal experiencia”.

-Como lectora, no puedo soportar una novela escrita por un mexicano que no me ofrezca México como un plato de tacos. Leo la novela pensando “¿qué me va a decir un mexicano acerca de los nazis?”. ¿Qué me dice un mexicano de los nazis?

-Muchísimo. Espero que muchísimo. ¿Qué dijo Graham Greene sobre México cuando escribió El poder y la gloria? ¿Qué tenía que decirnos un británico sobre la guerra cristera? ¿Qué diablos tenía que decirnos Lawrence Durrell sobre Alejandría? ¿Qué diablos tenía que decirnos Paul Bowles sobre Marruecos? Muchísimo. En la literatura podemos apropiarnos de cualquier mundo que deseemos. Yo, como mexicano de la generación a la que pertenezco, me siento absolutamente autorizado para hablar sobre genocidios porque me atañe como mexicano, pero más que nada como ser humano, como habitante de un mundo en el que realmente todo está intrincadamente vinculado. Hay una serie de supuestas líneas, cánones, restricciones y prejuicios: el mexicano tiene que escribir sobre México y el peruano sobre el Perú, porque se piensa que la literatura es retrato e imitación de la realidad; semejante cosa es a mi juicio absolutamente empobrecedor de la literatura. Según esa línea, el mexicano tendía que escribir una gran novela mexicana que describiera la identidad del mexicano. Eso ya lo hizo el boom latinoamericano, yo no tengo por qué hacerlo.

-Según su novela, las identidades son intercambiables pero el Mal es omnipresente.

-Yo escribo siempre sobre lo mismo: el caos, la culpa, el Mal, el Bien, el Infierno, la justicia, el azar. Mis novelas siempre son variaciones sobre esos temas, pero aquí me interesaba en primer lugar explicarme el Mal a lo largo del siglo que termina y quería vincular el problema del Mal con el problema de la identidad. Las identidades no son realmente intercambiables, yo propongo en la novela que son los nombres los intercambiables.

-Nada más literaturizable que los mundos en disolución.

-El mundo de los electrones enloquecidos, el mundo en entropía, tendiendo al caos más que al orden, el palco vacío del emperador… eso es mucho más propenso a ser literaturizado. La literatura suele (y yo procuro hacerlo muy frecuentemente así) escribir sobre instantes de disolución, caóticos, porque de alguna manera la literatura ordena lo caótico. Eso es muy bonito, nomás al nombrarlo lo va ordenando.

-¿Cómo fue la incubación del tema de su última novela?

-Esta novela nace principalmente de mi. deslumbramiento ante ciertas literaturas, como la austriaca (Musil, Broch y Roth y la rusa, particularmente Dostoievski).

-¿Qué fue lo que le gustó de la literatura austriaca?

-La feliz combinación del relato casi policíaco con un profundo alcance psicológico de los personajes: te contaban cosas al mismo tiempo que te mostraban descarnadamente la humanidad. Era una combinación perfecta de lo que era el contar con el alumbrar, una novelística muy equilibrada como la de Dostoievski. ¿Qué es Crimen y Castigo sino una novela policiaca?

Entonces vino la necesidad de escribir una novela de esa naturaleza, que me contara tal tipo de cosas. Originalmente quise escribir una novela sobre trenes. Me encantan los trenes. Pero cuando estaba proyectando esa novela, con la imagen de un par de hombres que juegan al ajedrez a bordo de un vagón (yo no sé ni quiénes eran, ni adónde iban, ni en qué época estaban), tuve una conversación con (el novelista mexicano) con Jorge Volpi y nos propusimos escribir cada uno nuestra versión del Mal en el siglo XX. Mi novela sobre trenes se transformó en esa serie de preguntas (ya que no de respuestas, que no pretendo darlas) sobre el Mal en el siglo XX. Ése es el nacimiento de Amphitryon.

-Describa su proceso de escritura.

-Generalmente escribo de madrugada, desde las cinco hasta las once de la mañana. Soy bastante disciplinado: aún cuando no tenga ideas o ni siquiera deseos de escribir, escribo. Soy un ser que despierta cuando presiente el amanecer, aun cuando me haya acostado tarde. Me ducho, tomo café y me pongo frente a la mesa con mi cuaderno de tapa dura y de preferencia roja (no escribo en computadora sino cuando la novela está terminada).

Toda la escritura a mano me toma año y medio; y seis meses la escritura en computadora. Entre el proceso del cuaderno y el computador dejo añejarse el texto porque a veces, por lo cercano, se puede producir lo que se llama ceguera de taller. Suelo dejar que transcurran unos meses para retrabajar. A la segunda versión le hago pocos retoques, cuando la transcribo al ordenador ya está muy hecha la novela. Puedo cambiar un poco el orden global pero rara vez rehago una oración porque eso ya lo hice en los cuadernos: escribo una oración tras otra y si hay una palabra que no me gusta repito la página completa. Evidentemente, soy maniático”.

-¿Está ya embarcado en la escritura de otra novela?

-Siempre estoy embarcado en la escritura no de una, sino de muchas cosas. Mi problema es que tengo muchas ideas y poco tiempo o pocas herramientas para implementarlas todas. Sí estoy trabajando en un proyecto tremendo que siempre digo que es la novela que quizá nunca termine, porque estoy siempre escribiéndola. Cuando se me manifestó Amphytrion, yo me hallaba en una novela sobre el Infierno, sobre la culpa y la memoria en la que llevo muchos años trabajando, y que se me atraviesa en otros proyectos y nunca termino. Nunca progreso en él. Quizá sea eso la novela imposible de cada escritor que todo el  tiempo está escribiendo y todas las demás sean capítulos de esa novela que no terminó. O capaz que es lo peor que escribo en mi vida, si la llego a terminar.

-¿Y qué está leyendo en la actualidad?

-Ahora mismo estoy leyendo La exhortación a los cocodrilos, de Antonio Lobo Antunes, quien me parece un prodigioso escritor, de los narradores vivos, el mejor escritor de la actualidad, superior con mucho a José Saramago, que era un gran escritor (lo último suyo ya no me gusta tanto). Pero Antonio Lobo Antunes me deja absolutamente helado, llevaba ya muchos años esperando un narrador tan bueno. Y una novela muy rara, también centroeuropea, en húngaro, llamado Peter Nadas, El libro del recuerdo. Cuando escribo, cuando estoy muy involucrado en la escritura de un texto, procuro no leer porque soy muy influenciable. Pero en este momento no escribo. En enero volveré a adquirir otra vez el ritmo ya más pausado para poder escribir, entonces dejaré de leer.

-¿Qué clase de escritor cree ser?

-Soy un autor muy cerebral. La novela es muy fría porque es muy literaria. Ésa es una crítica de la que me hallo muy conciente. Como todas mis influencias en la novela vienen de lecturas más que de experiencias de vida, sentimientos, pues hay un filtro allí para la reproducción de las emociones, siempre literaria. Es una frialdad que me han indicado como muy borgiana, y sí, es cierto, no hay emociones reales, eróticas, pasiones desbordadas. Es una parte de la madurez, a la que no he llegado. Cuando se es joven, uno se desborda o se contiene. Yo soy de los contenidos.

-¿Cómo se ha sentido con esta cosa de la promoción de un libro?

-A mí me divierte mucho, me gusta, pero siempre que recuerde tomármela como algo divertido. Uno debe tener conciencia de lo extraliterario del asunto para mantenerlo como algo aledaño a la literatura, porque si uno cree que esto es la literatura está perdido. Me permite conocer mucha gente, hablar con lectores, viajar, leer, tener contacto con a otros escritores. El gran riesgo se halla en no recordar que eres mortal y que lo que tú quieres hacer es escribir. Es bonito saber que dentro de todo esto lo que yo quiero hacer finalmente es llegar a mi casa y ponerme a escribir. Una buena señal.

 

Verbigracia, El Universal, diciembre de 2001