Hermanos Faddoul

Vista Alegre, el día después de la cremación de sus muchachos

Milagros Socorro

El celoso guardián de la garita es inflexible. No se puede trasponer la barra que demarca el inicio del camino de ascenso hacia Terrazas de Vista Alegre, porción de la urbanización de ese nombre donde está la residencia de la familia Faddoul Diab. ¿Ni siquiera caminado? Ni siquiera caminando. “Si no tiene permiso, no puede pasar”.

Desde la caseta que impide el paso a todo aquel que carezca de un carnet que lo acredite como habitante de la zona, puede verse que las casas son enormes; tanto, que algunas parecen condominios. Emplazadas en lo alto de una colina, y sin viandantes que perturben su tranquilidad, integran un conjunto silencioso, se diría que adormecido en la dulce brisa de montaña que sopla allí. Pero, a contravía de las apariencias, están acechadas por la violencia. Y es por eso que están enrejadas y han construido esa cabina para repeler el acceso a los intrusos.

En una de esas casonas, la que lleva el nombre de “Mis tres amores”, hoy vaciado de significado a balazos, está encerrada Gladys Diab de Faddoul, como una reina desesperada en su fortín. Hace mucho que no sale. Durante cuarenta días estuvo esperando una llamada que le confirmara que sus hijos John Bryan, Kevin José y Jason Sanguis Faddoul Diab, (17, 13 y 12 años de edad, respectivamente) y Miguel Rivas (30 años), el trabajador que los acompañaba, estuvieran con vida. Fueron cuarenta días de insomnio, llanto, oraciones y una súplica a gritos, dirigida a su esposo: “Búscamelos”. Como si John Faddoul, aún con el dinero y el poder que le atribuyen los secuestradores, tuviera en su mano la posibilidad de arrebatarle los hijos a los chacales. No fue así; por lo que su tormento debió ser doble al vivir su propia angustia y verse apelado por la de su esposa.

El trayecto de la garita hasta la Unidad Educativa Nuestra Señora del Valle, donde estudiaban los jóvenes asesinados, es como un día de vacaciones. La luz rosada de la colina se filtra entre los árboles. El viento es dulce y fresco. Y en la carretera que serpentea descendiendo hacia la zona de la urbanización donde se encuentra la escuela puede apreciarse una espléndida vista del suroeste de Caracas. A la espalda, hacia el norte, las lomas circundantes se ven peladas por la sequía. Pero eso ha debido pasar inadvertido por los muchachos Faddoul en aquel último traslado fallido hacia su colegio; han debido ir peleándose por sintonizar la radio, concentrados en los mensajes de textos de sus celulares o haciendo esfuerzos para no dejarse adormecer por tan grata travesía.

Al ser interceptados por los criminales que habían improvisado la alcabala en la que comenzaron a descontarse sus horas de vida, John Bryan, que esplendía de juventud y tenía una belleza física evocada incluso por los bedeles del colegio, debió remitirse a una traumática experiencia de rapto que ya había experimentado más de un año antes, cuando él y su padre sufrieron un secuestro express, tras cuyo desenlace exitoso (por decirlo de alguna manera, ya que fueron liberados mediante el pago del rescate) la familia optó por mudarse a Canadá, de donde regresaron por insistencia de los muchachitos, que extrañaban a sus amigos, así como la presencia constante y tumultuosa de la parentela.

La familia Faddoul, como explica un primo de John Faddoul, proviene del Líbano, de donde fueron saliendo por sucesivos contingentes a medida que la situación política de ese país se iba complicando. En Venezuela encontraron un hogar y unas condiciones económicas que les ofrecieron cauce para su gran laboriosidad y espíritu emprendedor, del que están orgullosos y al que aluden con mucha frecuencia para dejar claro que no han hecho sino trabajar, crear prosperidad y dar empleo a muchos trabajadores cuyas familias dependen de esa indeclinable diligencia.

-Nadie nos ha visto nunca ni en fiestas ni en marchas, -dice el primo, que llegó al país hace cuarenta años, cuando era un niñito de primaria, para ilustrar el hecho de que esa familia ha vivido concentrada en el trabajo y en sí misma. “Pregunte a cualquiera que nos conozca y le dirá que somos gente honorable, que nunca le hemos quitado una puya a nadie, que trabajamos de sol a sol y de domingo a domingo, que jamás hemos pertenecido a partido alguno ni hemos manifestado adhesión o rechazo a ninguna fuerza política. Pregunte, para que vea que los hombres de la familia somos rectos y las mujeres honradas y dedicadas a su casa. Para que vea que nunca le hemos hecho daño a nadie… y para que compruebe que John en ningún momento se negó a pagar el rescate, aún cuando diez mil millones de bolívares es una suma imposible de conseguir aún cuando todos sus familiares nos reunimos con él, en las primeras horas del secuestro, para decirle que contaba con el apoyo de un centenar de nosotros”.

En esas horas que siguieron a la captura de los jóvenes Faddoul y su chofer, cuando los secuestradores llamaron para presionar por dinero, el señor Faddoul ofreció una primera remesa de cien millones de bolívares, que al ser considerada una bagatela por los criminales, los motivó a decirle con sorna: “Vaya comprando las urnas”. Así comenzó el vía crucis.

 

Este viernes, al día siguiente de la cremación de los muchachos y del entierro de Miguel Rivas en el caserío sucrense de Río Seco (donde quedan su madre, su esposa y sus dos hijos, de cinco años y cinco meses, respectivamente), Vista Alegre amaneció con una mañana brillante y una comunidad encerrada tras los muros y alambradas que han levantado para protegerse del hampa. No había ya manifestaciones de calle ni pancartas. Estaban exhaustos. Desde hacía varios días se habían suspendido las clases en el plantel donde estudiaban los niños; y si ese día estaban las puertas del colegio abiertas era porque estaban haciendo retoques a la capilla donde en la tarde, a las cinco, el cardenal Jorge Urosa Savino oficiaría una misa para dar comienzo al novenario. En el patio de la escuela, una bandera a media asta.

Frente al colegio hay un pequeño puesto de venta de refrescos y golosinas, que desde hace dos años gerencia un jubilado de la Alcaldía Mayor, llamado Ramón. En previsión de que vendría el asueto de Semana Santa y que los niños, sus principales clientes, no estarían por allí, se inhibió de reponer su inventario, de manera que el viernes no le quedaban sino unas pocas botellas de gaseosas y bolsas de chucherías saladas. El kiosco está debajo de un árbol en una de cuyas ramas hay un letrero pintado en una tabla, que pone: Promoción Auyantepuy. Es la promoción a la que hubiera pertenecido John Bryan. Y el cartel está allí porque era el sitio escogido por los inminentes bachilleres para sostener reuniones. A un costado del kiosco está echado Oso, un perrazo chow chow que se pasa el día durmiendo porque durante las noches permanece alerta. Es el guardián de la zona. De aspecto leonino y lustroso pelaje oscuro, reposa con la cola sobre la espalda. Ramón cuenta que cuando Oso fue echado de la casa de su propietario, escogió su kiosco para instalarse. “A las seis de la mañana me va a buscar a mi casa y me acompaña hasta aquí. Pero antes de eso, en las madrugadas, escolta a algunos trabajadores que caminan hasta la avenida para tomar el transporte público. Va con ellos y después se devuelve solo. Es el terror de lateros y merodeadores; y ha llegado a morder a unos cuantos. Los muchachos de la escuela saben que no lo pueden pisar porque los muerde”. Mientras Ramón habla, Oso entreabre sus ojos muy oscuros y limpios; y vuelve a sumirse en el sueño. Debe descansar para iniciar su guardia nocturna en la que lanzará a la luna su incesante ladrido y restallará, si llega el caso, su mordida de tijera perfecta.

Mientras conversamos, pasan algunos automóviles. Uno se detiene frente al colegio. Ante el volante se encuentra Adelaida Casanova, madre de dos alumnas, compañeras de los jóvenes martirizados. Se echa de ver que ha pasado malas noches. Ha venido a cerciorarse de la hora de la misa. Nada más presentarnos como reporteras de El Nacional deja escapar un gemido. Dice que la comunidad está destrozada, llena de miedo y con una terrible frustración. “Fueron cuarenta días de marchas, de rosarios, de misas. Y, como me dijo Jacobo, un niño de séptimo grado, ¿para qué rezamos, para qué marchamos? Le dije que ahora no podíamos tener respuesta a eso, pero que pronto sabríamos por qué lo hicimos. Ahora tenemos unos ángeles en el cielo”.

Del colegio sale una representante y viene a saludar a Adelaida. El tema es el mismo desde que se supo el desenlace del secuestro: los residentes de Vista Alegre no pueden sacarse de la mente los tormentos a que fueron sometidas las víctimas ni la espantosa circunstancia de su asesinato. Tratan de apartar las escenas de su imaginación pero éstas regresan y las hacen estremecer. Y. dominando el paisaje, en lo alto de la colina, el mudo conjunto de casas donde está Gladys Diab de Faddoul, la madre doliente, el abatimiento en estado puro.

 

 

Antes de las cinco de la tarde, la capilla del colegio comienza a llenarse de feligreses. En un banco está un joven con mirada sombreada por ojeras. Es primo de los caídos. Esta es, me dice, la primera vez que sale de su casa desde que los muchachitos fueron capturados. Está aterrado, admite. Vive en el pavor de que será el próximo. No quiere irse del país, el único que tiene, por cierto, pero no sabe cómo va a vivir en él en lo sucesivo. “Si hicieron eso con Kevin, que tenía medio cuerpo casi paralizado, que no podía correr ni defenderse, qué no harán conmigo”; resulta que él es fornido. Sus otros primos les dicen lo mismo a sus padres: “qué esperan, cuándo nos vamos, ¿van a quedarse de brazos cruzados hasta que también vengan a buscarnos?”. Y su padre me da la respuesta: “sí, estamos aterrorizados, pero, a dónde nos vamos a ir”.

A eso de las cuatro y media de la tarde comienza el rosario. La capilla es amplia, mucho más de lo que correspondería a una unidad educativa, aún cuando ésta tiene primaria y bachillerato. Es una estructura de hierro con muchos vitrales que tienen los colores de la bandera. Fue diseñada para permitir el paso de raudales de luz natural, que viene a cernirse sobre el piso de granito blanco. Se desgranan las avemarías y sigue llegando gente. Muy pronto estarán colmados los bancos, ingresarán todos los que puedan estar de pie y quedarán muchos en la entrada. Alguien trae dos sillas para acomodar al embajador del Líbano y a la embajadora de Canadá; la embajadora luce pálida y de pronto tiene un acceso de tos. Y, cuando éste se hace insistente, el embajador se vuelve a ella y asiente varias veces como si la expectoración expresara una indignación de dimensiones planetarias.

 

John y Gladys Faddoul no han venido. En su lugar están la madre y una hermana de ella. La abuela de los niños tiene el gesto duro de quien se las arregla para lidiar con el abismo pero la tía no para de llorar; y en ese estado reza un avemaría. Ya no queda un centímetro, fuera del altar, que no esté abarrotado, de manera que el cardenal Urosa y su comitiva de sacerdotes, entre quienes se encuentra el nuncio Jacinto Berlocco, deberán hacer su entrada partiendo la multitud como una quilla que hiende la neblina.

Al pronunciar su sermón, Urosa dará la clave de lo que será su purpurado: su potente voz adopta un tono de ternura para reconfortar a los familiares, para darles alivio en la fe, y habla de la resurrección de Cristo con la vivacidad de quien cuenta una película de aventuras. Se muestra tierno y compasivo. Equilibrado, toca todos los aspectos que la circunstancia convoca y se erige como el gran pastor de la Iglesia venezolana al prodigar esperanza y aludir al imperativo terrenal de la hora: “oremos por todos los venezolanos asesinados, por esos que caen todos los fines de semana y cuya muerte leemos en la prensa. Y recemos para que le Estado cumpla con su obligación de garantizar el derecho a la vida y el derecho patrimonial. Pidámosle a Dios que los diversos poderes, en los diversos niveles, cumplan con esa gravísima obligación que han asumido al aceptar ejercer esos poderes. Que los crímenes no sean cubiertos por el manto de la impunidad y que la Fiscalía castigue a los culpables y defienda a las víctimas”.

Al salir de Vista Alegre, frente a la placita que delimita su espacio, se lee al pasar una pinta pergeñada en el muro de Hidrocapital. Y dice: “Pueblo armado / revolución segura”.

Publicado en El Nacional, abril de 2006

7 comentarios en “Vista Alegre, el día después de la cremación de sus muchachos

  1. ¡Dios!… Al releer esta crónica tan sentidamente descriptiva – y nada sensacionalista – ni la distancia, ni el tiempo, ni las lunas transcurridas, ni las lluvias… ¡nada! atenúa el sentimiento de dolor y el horror de entonces.

    Un recuerdo atroz que se replica día a día en el colectivo de nuestro país.
    @abezeta

  2. Vuelven tristes recuerdo de días de angustias muchas madre lloramos ese desatino de la historia cotidiana de este país, y aun … día a día este es el retrato de nuestro país…lo mas cumbre las madre ya no lloramos de dolor lo cambiamos por resignación…En cada oración pido no quedarnos allí en la resignación esto tiene que cambiar…

  3. Excelente artículo, ahora en estos tiempos muchas familias llorarán la ausencia de los nuevos héroes de la patria. Dios los proteja. Son tantas las muertes, secuestros que sus noticias se suceden una tras otra y da tiempo para reponerse.

  4. Cuando Milagros Socorro habla y lo hace desde su corazón, la respuesta oblgada son las lágrimas, pero las lágrimas que nos reconfortan, porque nos llenan de amor a DIOS, porque quien ama a su prójimo es quien AMA A DIOS.

    No importa la impunidad o el castigo.
    Esos …… compraron el pasaje de la inocencia y de los seres buenos al Reino de Dios. En estos días de semana santa son propicios para pedirle a DIOS, que como a ellos (Faduls y Rivas) que nos recuerde e invite a entrar en su Reino

  5. No pude contener las lagrimas tras recordar y revivir ese momento donde todos los venezolanos estábamos orando preocupados por la desaparición de los muchachos que nos queda entonces refugiarnos en la palabra de dios y pedir que algún día se haga justicia divina!!!!!

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