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Castración moral / El Nacional, 28 de febrero de 2010

Castración moral

Milagros Socorro

En un contexto de restricción de las libertades en Venezuela, incluida la de expresión, expuesta de manera cabal en el reciente informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, es natural que los cambios ocurridos en Globovisión hayan movilizado la alerta en un país que, según recoge el mencionado documento, ha sido testigo de las acciones del régimen para ocasionar la salida del aire de 32 emisoras de radio y la amenaza sobre otras 200; además, por supuesto, de la persecución a RCTV.
Con tales antecedentes es comprensible que Alberto Federico Ravell haya convocado a la prensa para comentar su salida de la dirección general de Globovisión, en un ejercicio de malabarismo, puesto que quería desahogar su incomodidad con los hechos que provocaron un cese no deseado por él, al tiempo que procuraba no arañar demasiado una empresa de la que todavía es accionista. Es posible que esta ambigüedad del ánimo lo haya llevado a hacer una infortunada declaración, la de afirmar que Diosdado Cabello, en la actualidad ministro de Vivienda, pero abonado permanente a los tejemanejes colaterales a negociados tanto crematísticos como intimidatorios, no había tenido “bolas para cerrar Globovisión”.
José Vicente Rangel, personalidad gélida que, sin embargo, se aviva ante la cercanía de lo procaz, se apresuró a invitar a Cabello para tirarlo de la lengua y que respondiera la destemplanza de Ravell con idéntica inmoderación y falta de respeto a las audiencias. Lo logró con creces. Tras solicitar detalles técnicos de la grabación del programa, Cabello miró a la cámara, -esto es, el equivalente de interpelar al televidente- y dijo: ¿Tú crees Ravell que yo no tengo bolas? Sigue creyendo”.
Un país agobiado por una crisis descomunal, en cuya cima se encuentra una violencia encarnada en mil expresiones, tiene que soportar el espectáculo de dos individuos, ambos pertenecientes a las élites económica y política, instalados en un modo de comunicación paupérrima, machista, grosera y, definitivamente, abusiva con una comunidad que se ha desgañitado manifestando su hartazgo de la pugnacidad, el enfrentamiento, las posiciones radicalizadas hacia los extremos y, en suma, esta desunión que nos tiene el corazón roto. ¿Acaso no han echado un vistazo a las encuestas, todas coincidentes en el reclamo de las masas por un liderazgo que interprete y encauce su anhelo de paz, de convivencia, de un respiro frente a estos once años de innecesario sobresalto? Acaso desestiman la importancia de la moral del lenguaje, patrimonio fundamental de las naciones.
La degradante rutina circense se sostiene en el hecho de que en Venezuela un medio de comunicación puede ser cerrado por la voluntad de una persona, tal como, con toda razón, hace ver Ravell; una aberración que el funcionario lejos de negar, confirma, cuando se vuelve hacia la cámara y, con expresión medio lúbrica y medio mafiosa, se engancha en ese galanteo de genitalidades y deja en el aire la posibilidad de embestir contra Globovisión cuando el órgano aludido así se lo demande. Bueno, qué es esto sino una esgrima canallesca que denigra a quienes participan en ello pero también, y sobre todo, a quienes están obligados a calárselo, porque los duelistas son hombres de poder, con amplia tribuna en los medios y con ascendente sobre las mayorías a las que, en vez de honrar y servir, agreden con sus excesos.
Venezuela no tiene por qué tolerar esta agresión al léxico, esta contribución a la violencia verbal, que redunda en el deterioro de la educación, ya de por sí gravemente afectada; y, por encima de cualquier otra consideración, el país no debe confundir la zafiedad con la firmeza: cualquiera tiene testículos, en ciertas ferias exhiben perros que tienen cuatro y más. Lo excepcional es la probidad, la disciplina, el apego a las leyes y a las instituciones, el trabajo sostenido, la clara diferenciación entre las esferas privada y pública, en fin, el control de la propia ira, de la propia tendencia a la agresividad.
Obligados a ver estos hombres intercambiando frases soeces, que mal encubren su ausencia de planteamientos para el país fracturado, habrá un pequeño grupo que se divierte y otro, inmenso, que se desmoraliza y desestimula hasta el punto de inhibirse de participar en política. Al inicio de una campaña electoral, conviene reparar en los costos de tan inapropiado registro, que de seguro viene a mortificar la psiquis de un pueblo ya suficientemente torturado.

El Nacional, 28 de febrero de 2010