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Barinísimas / El Nacional 8. 05. 2011

Barinísimas

Milagros Socorro

Los recaderos del régimen, aislados como están por la maraña de ardides en que se pasan la vida y por esa red de terror con que los sujeta el jefe, pierden de vista un hecho básico: los grandes interesados en impedir los abusos de las policías son los ciudadanos.
Cuando a Cilia Flores la mandaron a acusar a la Policía de Chacao, en típica reacción de puerilidad y mala fe, como treta para echar un velo sobre la brutalidad de la Policía de Barinas, la diputada de la entonación nasal demostró haber olvidado que las comunidades no hacen pactos con sicópatas, que no hay simpatía política capaz de llevar a alguien a anteponer los dictámenes del poderoso a su propia seguridad y la de su familia. Si la Policía de Chacao hubiera contado con impunidad después de agredir unos detenidos y hubiera cogido eso de maña, los primeros que hubieran armado un escándalo hubieran sido las víctimas y los vecinos. Pero el caso es que los funcionarios que en febrero de 2010 habrían cometido delitos están bajo investigación, suspendidos de sus funciones y sometidos a un procedimiento disciplinario de acuerdo a la ley.
En Chacao no hay alcahuetas de las autoridades locales hasta el punto de aguantarse maltratos a cuenta de “la causa superior de la revolución o del comunismo mundial”. La gente no está en eso. Bueno, Chávez y sus mandaderos tampoco (muy terrenales y crematísticas son sus motivaciones), pero son muchos los crímenes que han cometido, tolerado y justificado a cuenta del “objetivo supremo”… de su permanencia en el poder. Pero el sufrido pueblo de Venezuela no protege bandidos con insignias.
En Barinas se perpetró un flagrante abuso cuando la policía de ese estado golpeó y detuvo al joven Lorent Saleh, cuyo rostro magullado por los golpes es el retrato más acabado del desastre material e institucional en que ha deleznado el gobierno de Chávez. Nada de lo que digamos tendrá el impacto de esa cara hinchada y amoratada, ese ojo cerrado a puños y peinillazos, esa boca sangrante, esa franela reducida a jirones. La cobardía de los uniformados fue atizada por la protesta de los estudiantes en exigencia de un juicio con las debidas garantías para el general Delfín Gómez Parra, en particular, y para todos los presos políticos de Venezuela.
Frente a esa imagen, que consolida a Chávez en la banda de los gorilas del mundo, no hay nada que argumentar. No hay ley, ni siquiera en este simulacro jurídico, que acredite la justicia de una golpiza a un estudiante y su consiguiente detención en una celda cochambrosa. La pobre Cilia amenazó con llevar la grabación de los excesos de PoliChacao a las embajadas, quizás porque las fotografías de Saleh, molido a palos por los muchachos de Adán Chávez, han dado la vuelta al planeta, con sucesivas paradas en las estaciones diplomáticas.
La defensora ¿del pueblo?, Gabriela del Mar Ramírez, calificó el caso de PoliChacao de “horror” y aseguró que aquello no fue “una actuación individualizada, sino de una práctica y una cultura”. Si se trata de una situación inveterada, por qué esta señora no ha actuado como corresponde, como es su deber y para lo que se le paga. En vez de eso, la precaria Gabriela del Mar dijo, en VTV, que los tombos de Adán habían actuado para defenderse de la provocación de Saleh. Se necesitó más de una docena de tipos armados para hacer frente a un encendido Saleh que, tal como recoge un video, se enfrenta a todos ellos, enclenque y sin más arma que un vozarrón y un coraje asombroso, y les espeta que hoy la lucha es por los derechos del general Gómez Parra y que mañana será por ellos “cuando Chávez les dé una patada”. Esto, a gritos y encimándose a los policías, que entonces le caen en una gloriosa operación de veinte mastodontes contra un bachiller jipato… al que aún así temen, al punto de acercársele con la peinilla en ristre.
Esta seguidilla de arbitrariedades se produce en Barinas, devenido principado de los Chávez Frías, hoy enchufados en cargos públicos, rebosantes de dinero, dueños de fincas esplendorosas adquiridas con la jubilación de Hugo de los Reyes Chávez como maestro rural, carros lujosos, rodeados por séquitos de guardaespaldas, choferes y hasta personal médico.
Por qué será que las grises adalides del régimen no ven estos horrores, a pesar de ser una práctica a la vista de todos y una cultura, la única, por cierto, que han demostrado.

El Nacional, 8. 05. 2011

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