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No tornes en quimera esta ilusión / El nacional, 1. 05. 2011

Ahí está el caso de Lagos. Ricardo Lagos se inició en la política cuando era estudiante de Derecho de la Universidad de Chile y tenía 18 años. De hecho, fue presidente del Centro de Alumnos y pronunció su primer discurso donde minutos antes Salvador Allende se había dirigido a la multitud.

Después del golpe de Estado de Pinochet, en 1973, marchó al exilio, pero regresó en 1978, cuando la dictadura militar estaba en lo finito. En los 80, Lagos se puso al frente de la brega por la recuperación de la democracia en su país. Actuaba como líder del Partido Socialista de Chile y en 1983 se convirtió en presidente de la Alianza Democrática, que agrupaba los partidos opositores.
Lagos era, pues, era una de las figuras cimeras de la Concertación de Partidos por la Democracia. Fue él quien llamó a inscribirse en los registros electorales para votar por la alternativa «No» [a Pinochet] en el plebiscito de octubre de 1988. Una vez realizada la consulta electoral y triunfante la opción que Lagos había aupado como un titán, quiso ser candidato a la Presidencia en la renovación histórica que se abría para Chile y hete aquí que salió derrotado. No logró superar la etapa de las precandidaturas y perdió ante Patricio Aylwin.
Lagos era el líder indiscutido de la oposición chilena. Había regresado al país y ahí había permanecido, mientras muchos mantenían a salvo el pellejo en el extranjero. Merecía llevar las riendas de la floreciente democracia. Y tenía 51 años. Pero entendió que la conveniencia de su país estaba por encima de sus aspiraciones, aún cuando fueran legítimas. Sin hacer lío, sin jugar a las componendas, sin enviar carticas arteras, se replegó para sumarse a la justa como uno más, como un chileno dispuesto a aportar su experiencia, su generosidad y su prudencia a la causa común. Y ahí está Chile, a la cabeza de la institucionalidad del continente. Por cierto, Lagos llegaría a cumplir su anhelo de ser electo presidente de su país.
A diez meses las primarias para escoger el candidato presidencial de la democracia venezolana vemos muy pocos émulos de Lagos. Es comprensible que siendo políticos, muchos quieran llegar al poder. Pero la realidad indica que solo accederá a él quien se empine por sobre su naturaleza humana y dé una demostración de desprendimiento, incluso de sacrificio.
Ya vendrán tiempos de gladiadores. Y quizá el espectro político saldrá beneficiado con la carnicería que resultará entre los débiles y la consiguiente criba de los más fuertes. Pero será en otra ocasión. Esta es la hora de la madurez, del compromiso con el país. Hay que sacar de donde no hay para conducirse con transparencia, con estatura de gigante moral. Es la hora de la grandeza, de los inmensos hijos de Venezuela, aquellos cuya mirada no se aparta del lecho donde resuella la patria convaleciente.
Los objetivos partidistas son connaturales a la adscripción a una organización de ese tipo. Si uno se ha afiliado a un partido, lo lógico es que procure su engrandecimiento, sus victorias y su preeminencia. Mas el escollo en que se encuentra nuestro país convierte a este en el partido de todos quienes quieran dejar atrás el horror cotidiano en que se ha convertido Venezuela, esta desazón, esta incertidumbre, esta sensación de que no hay futuro y de que nos agotamos remando para no llegar a ningún lado, porque nuestros afanes, nuestros talentos, sueños y diligencias, se consumen en la hoguera de la sobrevivencia.
Ser político en Venezuela hoy exige condiciones que de ordinario solo se esperan de los santos. Ya la candidatura unitaria está en su riel y llegará con felicidad a su destino. Falta el proyecto unitario. Esa propuesta del país nuevo estructurada por partidos que en su disimilitud representan la pluralidad de la república.
Falta la voz tronante de la bancada opositora en la Asamblea Nacional. No se entiende cómo es que media docena de diputados disidentes hablaban más alto que los casi 70 de la actual. Falta vergüenza en los diputados recién elegidos que están sacando cuentas para presentarse como candidatos a gobernaciones y alcaldías. Qué vaina es esa. Falta compromiso y coraje.
Hay un país poniendo el pecho en los centenares de protestas que bordan las calles con hilos de sangre. Si te llamas demócrata, ponte zancos de honestidad y entrega. Millones de compatriotas te están observando. Sería criminal que les fallaras y esta tragedia termine alargándose hasta el 2018. Ese es el peligro.

El Nacional 1. 05. 2011