El tipo

Milagros Socorro     En mayo del año pasado coincidí con Ramón Guillermo Aveledo en un evento en Barquisimeto en el que se debatía acerca de política nacional y las opciones a futuro. En una pausa tras la intervención de dos conferencistas, que habían desmenuzado el panorama con lujo de cuadros, estadísticas y otros enredos, Aveledo me dijo: “vamos a ganar las elecciones”. Lo dijo con tal certeza y serenidad que su actitud me resultó más interesante que lo que acababa de pronosticar. “Las vamos a ganar”, remarcó, “eso lo puedes tener por seguro”.

Aveledo se refería a las fuerzas políticas coincidentes en la Mesa de la Unidad Democrática, cuyo antecedente fundacional fue la firma del Acuerdo de Unidad Nacional suscrito por los principales partidos opositores en un acto realizado en el Ateneo de Caracas el 23 de enero de 2008. En junio de 2009 ese pacto se reestructuró, tanto en su dinámica de funcionamiento como en sus objetivos fundamentales, y dio paso a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), una alianza de partidos políticos diseñada para garantizar la unión de los diversos grupos, la concomitancia en objetivos comunes, la conquista del poder y la gobernabilidad, en un marco de encuentro nacional y compromiso institucional.

Desde el primer momento, Aveledo se desempeñó como secretario ejecutivo de la Mesa, lo que ha significado ser “conserje” (la palabra es suya) de un condominio endemoniado en el que conviven agrupaciones de tan disímil naturaleza como la que puede haber entre Bandera Roja y Proyecto Venezuela.

Probablemente no ha habido en Venezuela en las últimas décadas un rol tan complejo como el que ha desempeñado Ramón Guillermo Aveledo, puesto que ha debido mediar entre organizaciones e individuos que aspiran al poder con igual fervor y legitimidad, con los que ha tenido que lidiar para favorecer la configuración de candidaturas unitarias a los diversos cargos de elección popular que se han dirimido desde que él encabeza la MUD. Mucha gente, muchas ideologías, muchas razones… pero una candidatura unitaria.

Ese trabajo solo podía hacerlo una persona con un inmenso ascendiente moral e intelectual; un político avezado, capaz de aquilatar correctamente las modulaciones de la realidad venezolana y de distinguir los deseos de la realidad. Tenía que ser una persona confiable, conocedora del país, de las fuerzas que en él se mueven (tanto en la superficie como en los socavones), lo suficientemente experimentado para conocer las instituciones y su devenir, al tiempo que con juventud para sobrellevar la intensa agenda y conectar con los factores emergentes. Debía ser una persona de absoluta honestidad, de seriedad sin parpadeos. Que mezclara lo dulce con lo salado: que fuera culto y tuviera auténtica conexión con lo popular. Pero, sobre todo, debía ser un individuo con todas las características para ser un gran presidente… que, de verdad, no tuviera interés en serlo.

Esto último era lo más difícil. Aveledo mantuvo una curul en el Congreso Nacional por tres periodos, es catedrático de reputación continental, ha escrito una decena de libros, fue presidente de la Liga Profesional de Beisbol, es un orador formidable y es fama su probidad. Y, con todo, no quiere ser presidente.

En 2001, lo entrevisté para este diario a propósito de la aparición de su libro “Churchill, vida parlamentaria” (Editorial Panapo, 2000). Al mencionarle el hecho de pertenecer a una generación forzada al retiro de la política por la fuerza de los hechos, advirtió que seguía siendo ciudadano y puntualizó que ahora tenía “un papel cualitativamente distinto al de antes”.

-Ahora –declaró Aveledo en enero de 2001- lo que nos queda es servir sin aspiración, para que toda esta experiencia sea útil a la hora de escoger los líderes nuevos que al país le corresponde elegir. […] Lo que corresponde, como sustitución de este presente con el cual cada vez más sectores de la población están inconformes, es un protagonismo renovado, un nuevo sistema político; y eso, en un país como el nuestro, requiere de caras nuevas.

Esa clarividencia, que no todos los políticos han tenido, esa paciencia tantas veces probada hasta el límite, esa pasión venezolana, esa entrega de Ramón Guillermo Aveledo nos trajo hasta este día glorioso, cuando comienza a avizorarse el amanecer de Venezuela.

El Nacional, 12. 02. 2012