César Miguel Rondón en tres capítulos

Milagros Socorro

I

La única vez que entrevisté al ex ministro dela Defensa, Raúl Salazar, le pregunté acerca del sorprendente talento de imitador que sus amigos le atribuyen. Alguien me había contado que el general Salazar es capaz de hacer una réplica idéntica del habla y las maneras del ex presidente Luis Herrera Campins, cuyo trato frecuentó en la época en que se desempeñaba como su edecán; y que tiene también muy pulido su remedo del presidente Hugo Chávez. Salazar se puso muy serio y negó de plano estas travesuras. Con pocas frases dejó establecido que nunca ha entretenido a sus contertulios con imitaciones de Chávez ni nada que se le parezca y dijo esto con tal convicción que llegué a dudar de la veracidad de mis informantes. Cambié pues de tema y la entrevista se prolongó por casi dos horas. Al final, cuando ya me estaba despidiendo le agradecí al general Salazar el tiempo que me había dispensado y le comenté de pasada que, por sostener aquella charla con él, había cancelado una cita con otro entrevistado. Al oír el nombre del personaje, y ante mi perplejidad, de la boca del general salió otra voz, otro acento, otra entonación, esta vez de puro terciopelo. Salazar estaba haciendo una parodia perfecta de César Miguel Rondón.

Como suele ocurrir con las imitaciones, el duplicado revela ciertas vetas profundas del original que no siempre resultan evidentes. La salida histriónica de Salazar se apoyaba en esa especie de nocturnidad que caracteriza la voz de Rondón, el rasgo más discernible de su personalidad para su amplísima audiencia. Pero adherida a la sedosa elegancia de la conducta de Rondón, que Salazar reproducía con su actuación, se echaba de ver una segunda capa, sumergida, donde quizá resida el gran rasgo de César Miguel Rondón, y es que la interpretación de Salazar me mostraba una especie de muchacho revoltoso empeñado en conducirse como un señorón de estirada solemnidad.

Posteriormente, en medio de una conversación con César Miguel, tuve otra vez el atisbo de un fraude: Rondón debería ser a esta hora un gran novelista, un escritor, y no el marqués de los medios de comunicación que ha llegado a ser. No sería extraño que un día llene las vitrinas de las librerías con una tremenda novela, cosa que ocurrirá cuando suelte los caballos que mantiene contenidos con los cables de un micrófono. La parodia de Salazar apuntaba, creo yo, al anti-locutor que palpita en el corazón de Rondón.

II

Por estos días se cumplen veinte años de la publicación de un clásico de la literatura documental escrita en Venezuela. Se trata de El Libro de la Salsa Crónica de la Música del Caribe Urbano, de César Miguel Rondón, editado en Caracas, en 1980.

En el prólogo del famoso Libro –cuadrado como la carátula de un disco de vinil- Domingo (el Flaco) Alvarez anota que “César Miguel tenía su programa Montuno y Guaguancó en la Radio Nacional de Venezuela, que lo transmitía todos los días de 11 a.m. a 12 m. Además los sábados tenía otro programa, en la misma emisora, Quiebre de Quintos. La gran virtud de César –razón del éxito que tenía en ambos programas- era su enorme erudición en la materia,la Salsa. Poseedor de una memoria brutal, no había nombre de músico, de arreglista en la materia, de compositor, de intérprete que se le pasara por alto”.

En esa introducción el Flaco Alvarez cuenta su primer encuentro con Rondón, que tuvo lugar en diciembre del año 1976. “César Miguel estaba en el público [de un concierto-conferencia sobre música del Caribe], yo lo había invitado por teléfono –no lo conocía personalmente- Entonces dije: ‘señoras y señores, como ya hemos hablado de los orígenes, ahora debemos hablar de la continuidad… Tenemos que hablar dela Salsay para esto voy a llamar a un señor que está entre ustedes…

que es el que más sabe…

que es el que…

el que…

el ERUDITO

César Miguel Rondón

y entonces veo que viene hacia la tarima en que yo estoy, un muchacho con barba, de unos 20 ó 23 años. Cuando se para a mi lado, me doblé un poco (yo mido 1,97 cms.) y le digo bajito: ‘¿tú eres César Miguel Rondón?’, y él me contesta que sí

¿el que habla por la radio?

¡Sí!

¿el de Quiebre de Quintos?

¡Sí!

Bueno, poeta, échele bolas…

… y el Caribe siguió sonando”. (Fin de la cita del Flaco Alvarez).

Después de eso el Caribe retumbaría en la cabeza de Rondón desde las esquinas de Nueva York, a donde fue a parar en 1978 cuando su esposa recibió una beca de estudios que le permitió a la pareja instalarse en aquella gran ciudad. Al principio, él merodeó por allí sin mayor ocupación que ser el consorte de una becaria, pero muy pronto comenzaría a caerle trabajo. Ya hablaba un buen inglés adquirido desde muy joven gracias más que nada a su gran facilidad para las lenguas (también se expresa bastante bien en francés e italiano, idiomas que, sobre todo, lee sin dificultad). Pero lo que terminó de perfeccionar fue el spanglish que circula en el mundo de la música caribeña. En Nueva York consolidó su amistad con algunos de los más grandes de la salsa, sobre todo con Rubén Blades, a quien conocía desde sus tiempos de joven locutor en Caracas, con quien comparte la vocación musical y literaria.

Una noche, muy tarde ya, sonó el teléfono de los Rondón en Nueva York. Era Blades. Necesitaba un refugio temporal porque su novia de la época, una norteamericana llamada Paula Campbell, acababa de ponerle la maletica en la puerta. Los venezolanos lo recogieron y el autor de Pedro Navaja se quedó seis meses hospedado en aquel apartamento de una habitación. Del hacinamiento quedó una amistad fraterna y una preciosa creación discográfica, Maestra vida, una ópera en clave de salsa que narra la historia de varias generaciones.

Maestra vida se convirtió en un objeto de culto. Tenía de saga, de telenovela, de bildungsroman, de folletín, de gran poema bailable que elevó el nivel estético y lírico de la música popular hasta cotas pocas veces alcanzadas. Rondón es el autor de esa belleza y es suya la voz que introduce la epopeya en el disco (a partir de un texto que escribió minutos antes de entrar a la cabina de grabación). Más allá de toda previsión, Maestra vida se convirtió en un exitazo de tales proporciones que una noche, no muy tarde, los altavoces anunciaron el nombre de César Miguel Rondón ¡en el Madison Square Garden! y pasó por el mismo túnel que han atravesado los monstruos de la música para llegar al escenario.

III

Rondón nació en México, donde su familia se había exilado huyendo de la persecución de Pérez Jiménez, el 18 de noviembre de1953. Acontravía de la más elemental sensatez, su padre no le escogió el nombre de César Miguel dela Chiquinquirásino del Tepeyac, por el cerro donde aparecióla Virgende Guadalupe al indio mexicano. De padrino escogieron a Andrés Eloy Blanco, quien residía en Cuernavaca y tenía pautado un viaje a la capital que coincidiría con el bautizo del niñito. Pero nunca llegó, murió en la carretera, por lo que César Miguel del Tepeyac no recibiría las aguas bautismales sino dos años después de manos de Luis Felipe Blanco, hijo de Andrés Eloy.

Muy temprano empezó a escribir. A los nueve años ya era periodista; escribía una hoja con noticias de los venezolanos allegados a la familia en el exilio, titulada La Rondonera. Ya para entonces vivía en la convicción, inculcada por su padre, de que no había que estudiar para hacerse periodista puesto que ésa es una vocación y un talento con los que se nace. Terminado el bachillerato se marchó a Houston a estudiar Economía; alternó esos cursos con los de escritura creativa y no pasó mucho tiempo para que esta última asignatura le ocupara todo su tiempo. No por nada su primer trabajo literario de adulto es una obra de teatro en inglés.

Las peripecias académicas de Rondón son profusas e intensas. Se aclara de antemano que no se ha graduado de nada pero estuvo unos años enla Escuelade Filosofía dela Universidad Centralde Venezuela, donde se convirtió en el alumno muy dilecto de Juan Nuño, al punto de que el legendario intelectual le dejó al pupilo su columna de crítica de cine en la revista Suma cuando se ausentó para irse de año sabático. Después ingresó ala Escuelade Comunicación Social dela Católicapero terminó expulsado por revoltoso.

No le quedó más que hacerse dramaturgo, guionista, libretista de telenovelas (autor de algunos de los más sonados éxitos del género en Venezuela), escritor de televisión, entrevistador, locutor, voraz lector, agudísimo comentarista y publicista, todo por su cuenta. Pero por encima de todo, Rondón se ha labrado una credibilidad a prueba de balas, de sucesivos gobiernos, de diferentes empleadores… y de farsantes, como el tristemente célebre Landaeta que fingió ser una víctima de la tragedia de Vargas para atraer su atención durante varias horas, llamándolo por teléfono a la emisora de radio (que emite su programa de seis a nueve de la mañana) donde César Miguel estaba de guardia, movilizado especialmente por los sucesos de diciembre.

Cuando Rondón reveló que el supuesto padre de familia atrapado en un sótano que comenzaba a inundarse (con varias familias en la misma situación, según el embuste) era un vil mentiroso, lo hizo sin ocultar su indignación y su desconcierto. “Después de haberme pasado la vida inventando personajes, un personaje me inventó a mí”. El episodio, lejos de minar la confianza de la audiencia, lo consolidó como una de las figuras más prominentes del universo comunicacional venezolano. Dos niños, nacidos en aquellos días, recibieron su nombre y “dos cuarentones que me vieron en un centro comercial me dieron la bendición”.

Aquel lance pasó a la historia de la radio venezolana por la dolorosa circunstancia aprovechada por un lunático para tener sus quince minutos de fama, pero también porque dio ocasión a que César Miguel Rondón hablara en primera persona. Y eso sí que es raro.