El misterio del jurado

Milagros Socorro

Tamborileo mientras se cumple el plazo. Una de las periodistas del departamento  del Ministerio de Cultura me ha pedido que vuelva a llamarla en 10 minutos. Tampoco sabe quiénes integraron el jurado del premio Nacional de Literatura, que este año con gran tino seleccionó a Francisco Massiani.

Molesto a la funcionaria tras mucho buscar el dato en internet e indagar entre los reporteros de la fuente de Cultura. Nadie lo sabe. Por omisión o por algún cálculo, el jurado de ese galardón, que otorga el Ministerio de Cultura y la Casa del Artista, es un enigma.

Se lo pregunté al propio Massiani y me dijo que el comité lo habían integrado: “Luis Alberto Crespo, Carlos Noguera y una poetisa cuyo nombre no recuerdo”. El elenco cuadra: son los mismos de siempre: dos piezas fijas y una desconocida. En materia de Cultura, el régimen tiene una plantilla acotada y muy activa. Es un puñado de nombres que aparecen siempre ya como jurado, premiados, objetos de homenajes o miembros de comitivas internacionales. Difícil entender cómo se dan abasto para atender tantas posiciones, tomando en cuenta el hecho de que han registrado varias deserciones. El almirante Hernán Grüber Odremán, ex gobernador del Distrito Federal, por ejemplo, ya no se cuenta en la nómina de escritores oficiales. Hablamos del autor de aquella oda que decía: “Apruebo la pena de muerte / como un hecho necesario: / contra el que viola a un niño / y cercena la esperanza; / se burla de la inocencia / y arranca en su pleno vuelo / las alas de un angelito / que Dios nos mandó del cielo”.

Observado el término fijado, insisto con la periodista del Ministerio de Cultura, quien me remite a una colega de Monte Ávila Editores. Esta repite el protocolo, me pide que espere en el teléfono (ignora lo solicitado).

Le pregunté a Massiani por qué cree que le dieron el premio a él, pese a no estar abonado al reparto inveterado. “No lo comprendo”, dice. “Estoy muy agradecido, eso sí. Pero no logro entender por qué pensaron en mí, que me he cansado de expresar mi descontento con el ‘proceso’ y mi rechazo al señor Chávez”.

De vuelta al auricular, la periodista de Monte Ávila se excusa por no haber encontrado la lista. Que llame a la Casa del Artista.

-Tengo una tesis –le confieso a Massiani-. Si es cierto que Luis Alberto Crespo, ganador del premio en la edición pasada, estaba en el jurado, debe haber pensado en usted, avizorando ya los vientos de cambio (con esa sensibilidad tan fina del poeta) y en procura de remendar su reputación, tras haber dicho, en el acto de apertura del Festival Mundial de Poesía, en junio pasado, que Chávez es “el gran poeta de Venezuela”, con lo que el caroreño se reveló un virtuoso del servilismo.

Mi llamada cae en Presidencia de la Casa del Artista. No tienen idea de lo que inquiero. Pero, muy amablemente, me pasan a otra dependencia.

Con mucho pesar, Massiani admite su conformidad con mi elucubración. Me recuerda que ya Ramón Palomares dedicó un “poema” a Isaías Rodríguez, “Magistrado y Señor de probada nobleza”. Y ambos evocamos que el mencionado Rodríguez, en rapto lírico, habló de “liquiliqui de lirios”, quién sabe si para aludir a Chávez, antiguamente afecto a los liquiliquis de poliéster.

En la otra oficina de la Casa del Artista hacen la diligencia para conseguirme la cuestioncita. Me consta porque también me hacen esperar más de 10 minutos. Pero al regresar a atenderme, el joven funcionario me decepciona. “No lo tengo a mano”, me dice. “Eso no lo manejamos nosotros, sino otro departamento”. Persisto a ver si recuerda al menos un nombre. En vano. Lo único que da por seguro es que “son seis jurados en sí”.

-Llame al departamento de Asesoría Jurídica –me aconseja.

Marco el número. Mientras repica, reflexiono vagamente. Francisco Massiani no solo merece el Premio Nacional de Literatura sino que le asegura a este lauro el rol que debe tener un reconocimiento de estas dimensiones, cuya misión es separar a los maestros de los milicianos.

El país puede tener la certeza de que Pancho Massiani no negoció para ser acreedor de ese honor, concedido por el chavismo. No rogó. No aduló. Enorme escritor, mantuvo el decoro. El laurel le corresponde, lo que no exime, a quienes se lo dieron, de la responsabilidad de sus actos. Si Massiani no se pringó, los otros no se han lavado.

En Asesoría Jurídica jamás contestaron.

Publicado en El Nacional , el 12 de agosto de 2012