Mi madre llora en el skype

Milagros Socorro

Las viviendas provisionales que se arma la “gente del monte” en la Sierra de Perijá se llaman cambuches. Se trata de una especie de carpas livianas, muy fáciles de montar y desmontar, que suelen instalarse en el descampado o en las numerosas cuevas que ofrece la intrincada topografía de la zona. En muchas ocasiones, sus ocupantes se ven obligados a salir a toda velocidad de esas improvisadas viviendas y entonces las dejan abandonadas. Eso, y las huellas de sus botas, es evidencia de que han estado merodeando en las faldas de la Sierra, cadena montañosa de casi trescientas hectáreas, que se alza como un muro en el extremo suroeste del Zulia, en la frontera con Colombia.

Es posible que la Sierra de Perijá sea el recodo de Venezuela más inexplorado y desconocido, incluso para la ciencia. Su abrupto relieve y su cobertura vegetal selvática han favorecido su misterio y han mantenido esta porción del territorio nacional al margen de las políticas económicas y de la idea misma de Nación. Su difícil acceso desanima a la Fuerza Armada Nacional a la hora de emplazar comandos allí y a lo mismo puede atribuirse la morosidad de las universidades en instalar en sus recovecos equipos de investigadores. Cabe prever que todos los obstáculos serán salvados en día no lejano puesto que se tienen indicios muy firmes para pensar que la zona alberga recursos minerales nada despreciables.

¿Significa que la Sierra está despoblada en su totalidad y que sus hermosos paisajes, dominados por el Pico Tetari, de 3.750 metros sobre el nivel del mar, están habitados exclusivamente por osos frontinos, osos meleros de chaleco, monos capuchinos,  araguatos, cunaguaros y cachicamos? No.

Dos comunidades indígenas, la yukpa y la barí, habitan el inmenso palacio paramero donde abundan el mijao, el cedro amargo, la palma de cera, el yagrumo, el araguaney, las orquídeas, los helechos y las bromelias. Pero los indígenas ya no están solos. Desde hace unos años las galerías boscosas de la sierra son trajinadas por la gente del monte: guerrilleros, paramilitares, desplazados, fugitivos, criaturas furtivas de toda clase, entre las que se cuentan los arrojados que lo cruzan desde Colombia para llegar a Venezuela sorteando alcabalas y controles de inmigración.

Vista de lejos, la Sierra de Perijá permanece intocada por los siglos. Y así es, en parte, no hay allí grandes poblados ni se registran peladuras en sus riscos para levantar conjuntos urbanizados. La gente del monte es andariega, si está allí es porque sabe que se encuentra a buen resguardo: nadie sube a buscarlos. Quizá la misma razón que ha empujado hasta allí a los yukpas y a los barí, que conservan su lengua y puede decirse que no están asimilados a la cultura dominante en el país. Pero aún en ese escenario donde predominan las rocas ígneas y metamórficas, con edades que oscilan entre el Precámbrico y el Cenozoico, la gente del monte está mundializada: no se orientan con las estrellas ni ubican las fuentes de agua guiándose por el vuelo del colibrí de Perijá, sino con GPSs. Con ese auxilio, de novísima tecnología, andan por la Sierra sin extraviarse y llegan a las haciendas diez minutos después de que han arribado a ellas los peces gordos que muchas veces atrapan en las redes de la extorsión y el secuestro.

El jueves 15 de junio, un grupo de alrededor de treinta miembros de la gente del monte ingresó a la finca La Frontera. Ocho hombres se adelantaron hasta el lugar donde estaba Luis Elías Martínez Romero, uno de los dueños, y los otros se quedaron en las inmediaciones. Esto se sabría después, por las marcas de sus pisadas. Venían con el objetivo de capturar al ganadero de 44 años. Era el cumplimiento de una vieja amenaza por parte de los criminales y también de una antigua determinación de Luis Elías, quien había manifestado muchas veces que cuando llegara esta hora no accedería a los planes de los secuestradores.

Al día siguiente me comuniqué con mi madre, que vive en Madrid, para contarle lo que había ocurrido. Mi madre es prima de Camila Romero, la madre de Luis Elías. Crecieron juntas y son comadres. A través de las cámaras que tenemos instaladas, tanto en Madrid como en Caracas, vi cuando se sentó frente a la computadora. Me sonrió y me llamó Mili, mi nombre de infancia, de antes de Internet. Como hablamos con frecuencia, estamos acostumbradas a intercambiar datos domésticos, que si tiene en el horno una torta de plátano hecha con magnífico y maduro insumo llegado a la capital española desde África, que tendría yo que probar la torta de piña (mi favorita, su plato cumbre) que hizo con frutos de Honduras, que, por favor, le mande café, que en Madrid los hay de Turquía, de Colombia, de Costa Rica, pero que, qué va, ninguno es como el de Venezuela, mija, y mejor si fuera Café Imperial…

-Mamita –le dije, con el tratamiento que uso cuando me pongo condescendiente o cuando hay un mamonazo en puertas.

Un minuto después, mi madre se tapaba la cara con las manos. Y lloraba.

El reloj digital del skype marcaba el paso de los minutos.

-No, mamita, no sufrió.

-Sí, madre, como un valiente. No se dejó llevar. Los hijoeputió y hasta una trompada le dio a uno, que al levantarse del suelo le disparó.

La vi secarse las lágrimas con el cuello de la camisa. Miró a la pantalla para verme y pensé que me iba a rogar que me fuera de aquí, no sé, que sacara a mi hijo de Venezuela. Pero lo que me dijo fue que escribiera, que contara todo, que le informara al país lo que estaba pasando en Machiques, que no podía ser, que pobre muchachito, pobre Camila, Virgen del Carmen, cómo pueden ocurrir estas cosas.

-Mija, tienes que escribir sobre esto.

Mi hermana, Mónica, sustituyó a mi madre en la pantalla del skype. Ya había leído todo lo que había aparecido en el diario La Verdad, de Maracaibo, y me preguntó si había visto la nota alusiva al asesinato de Luis Elías, incluida en el noticiero de Google. Me dijo que aún con los años y algunos kilos, era el mismo muchacho con quien ella hizo toda la primaria, en el colegio Nuestra Señora del Carmen, en Machiques.

La tragedia la había puesto en contacto con muchos de los compañeros de entonces, quienes la contactaron desde Miami, desde Roma, desde Perijá. Y, mientras hablábamos, me reenvió el mail de Emilita, donde esta amiga le hablaba del día en que la “monja Betulia” castigó a Luis Elías mandándolo a ponerse “de cucaracha” detrás de una puerta, a ver si así ella podía seguir con su clase sin las interrupciones de ese niño hablachento y reilón.

-Todavía no puedo creerlo –me dijo mi hermana y vi cómo volteaba el rostro hacia una calle de Las Ventas.

Esta mañana le forguardié a Mónica un mail que recibí de un lector (porque había acatado el mandato de mi madre). Un médico de Maracaibo, que en su juventud solía pasarse temporadas en Machiques. En él me contaba que Camila fue su primera novia y que fue en ese pueblo donde asistió a su primer baile y tomó su primer trago de güisqui (“que no me gustó”, escribió).

-Cuando leí tu artículo lloré, con mucho dolor –me confió el lector con esa escritura fugaz del e-mail.

Fue el único que le mandé. Pero recibí otros más, de gente que solicitaba la dirección electrónica de los hermanos de Luis Elías, para darles el pésame. Son venezolanos que viven en muchas partes del globo. Que me hablaban de sus lágrimas, de su impotencia, en fin, de esa desesperación que en esos días compartimos con la inmediatez auspiciada por los medios contemporáneos y que existe desde que el mundo es mundo, mucho antes de aquel día de 1985, en que Theodore Levitt acuñara la expresión de moda en “The Globalization of Markets”.

Revista Climax