El muñeco bobo

Milagros Socorro

Este viernes se confirmó una percepción hondamente arraigada: “Venezuela se mantiene como uno de los países más violentos e inseguros del mundo; y uno de los pocos en América Latina donde se incrementa el delito violento”.

Esta es una afirmación contenida en el reciente informe del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), donde se estima que el año 2012 concluirá con 21.692 personas fallecidas víctimas de la violencia, para una tasa de 73 muertes por cada 100 mil habitantes. Vale recordar que 2011, considerado en su momento “el año más violento de la historia de Venezuela”, registró 19.336 personas asesinadas. Esto significa que en un año elevamos la escalofriante cifra en más de 2.000 y tuvimos “un incremento generalizado de la violencia, que fue el resultado de un aumento en su magnitud, en sus modalidades y en su extensión territorial”: en 2012 hubo más asesinatos, se amplió el tipo de crímenes (el secuestro, por ejemplo, ha pasado a ser múltiple, una pesca colectiva retenida en una camioneta cada noche) y el horror se desparramó por todo el país.

Ese mismo día circularon las declaraciones de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, quien volvía a entonar la cantinela de la rodilla en tierra, el fusil al hombro y la bayoneta. Desde Aragua, donde tenía lugar la juramentación del nuevo gobernador, Cabello repetía la frase que no ha soltado en todo el año, en su sobreactuación de lealtad a Chávez y la revolución. Ese jueves 27 de diciembre dijo que estaba en juego “la paz de este país” y entonces soltó el caletre. Ya lo había dicho el 22 de diciembre, en Vargas, cuando afirmó que defendería la toma de posesión de Chávez cualquier día y en cualquier lugar “rodilla en tierra, fusil al hombro y bayoneta calada”. También había apelado a la agresiva fórmula el 6 de marzo de 2012, cuando en calidad de vicepresidente del PSUV, amenazó a la oposición advirtiendo que si esta desconocía la victoria de Chávez el 7 de octubre, el pueblo pondría “rodilla en el suelo, fusil en hombro y bayoneta calada”. Y el 4 de junio de 2010, en la víspera de las elecciones para la Asamblea Nacional, vociferó: “La derecha está arreciando contra nuestro comandante y tenemos que estar rodilla en tierra, bayoneta calada y fusil al hombro”.

Es evidente, pues, que en su afán de proyectar fidelidad y adhesión, Cabello no solo demuestra poca imaginación (puesto que es incapaz de expresar una idea distinta a la del chafarote primitivo, que amenaza con acciones que jamás ha ejecutado), sino una gran irresponsabilidad al conducirse con tanta hostilidad ante el colectivo democrático (que jamás ha negado los triunfos del chavismo y que incluso se ha mostrado excesivamente pasivo frente a sus sistemáticos abusos y métodos abiertamente delictivos). Lo más grave es que se constituye en modelo de violencia para una sociedad que ya tiene en este flagelo su mayor problema.

Desde luego, Cabello adopta este lenguaje belicoso en imitación de Chávez y porque lo considera provechoso (nunca perder de vista que el monaguense tiene un proyecto de poder en el que ha venido trabajando por una década y no da un paso si no ha calculado que le reportará créditos para tal destino). El punto es que ya Chávez está mandado a recoger, la violencia que sembró ya no la va a cosechar, porque ahora solo le queda el juicio de la historia. Pero Cabello, e incluso Maduro, sí tienen mucho en juego y, con toda seguridad, no van a vendimiar nada bueno de esa caricatura de chavecitos en la que se han comprometido desde que tienen la certeza de que aquel es clavo pasado y que consiste en mostrarse tan groseros como Chávez, el único de su modelo.

Convendría a los aspirantes a la Presidencia revisar los estudios del psicólogo Albert Bandura (Canadá, 1925), célebre por sus teorías del aprendizaje social y autor del experimento del muñeco Bobo, que consiste en proyectar, ante un grupo de niños, una película donde aparece un adulto dándole golpes a una figura inflable con la cara del payaso Bobo y gritándole insultos. Posteriormente, se pasa a esos niños a un salón de juegos donde hay una réplica del juguete, que es sometido a una lluvia de castigos. Como esto ocurre en todos los casos, Bandura nos enseñó lo fácil que es modelar una conducta agresiva.

Los venezolanos nos hemos acostumbrado a ser el muñeco Bobo.

 

Publicado en El Nacional, el 30 de diciembre de 2012