Democracia enferma

Milagros Socorro 

Los arañazos, los amaneramientos, la burda estrategia de responder a lo que no se ha dicho (mientras se elude graves señalamientos que han resonado con toda nitidez), todo eso quedará muy pronto en el olvido. Lo que permanecerá es el solitario gesto de un hombre proveniente de un pequeño y humilde país, que en su momento se plantó en el centro de un corro de poderosos y les echó en cara su inconsistencia y cobardía.

Incluso, la destitución del cargo, que se produjo de inmediato, refuerza el perfil del diplomático panameño Guillermo Cochez, quien el miércoles de esta semana se descarrió del rebaño de la OEA y acusó a los países de América de contemplar en silencio los diarios e impunes ultrajes a la Carta Democrática Interamericana, debido a que, según sus palabras, “con aquello de que los intereses económicos y los objetivos políticos están por encima de cualquier principio democrático, por costumbre, comodidad o complicidad se ignoran selectivamente esas violaciones”.

Sin la protección de las patotas internacionales (y, como muy pronto se vería, ni siquiera el soporte de su propio gobierno), Cochez denunció que, en el seno de ese foro, hay “cultores de dos tipos de democracia: la de ellos y sus amigos, y la de los demás. Y no se es democracia porque uno o unos así lo decreten, se es democracia cuando todos así lo reconocen”.

Era una necesaria introducción para pronunciarse con respecto al simulacro de democracia que hay en Venezuela, un naufragio institucional que se ha escenificado ante la mirada alcahueta de la OEA. Y fue en una sesión de ese organismo donde Cochez afirmó que Venezuela no exhibe “una de las principales virtudes de todo sistema democrático” cual es es la rendición de cuentas, por las que “los ciudadanos conocen del estado de la hacienda pública y de todo cuanto acontece en la estructura de gestión del Estado”. Así mismo se ignora, recalcó Cochez, el estado de salud del mandatario nacional, en flagrante desconocimiento del “derecho inalienable del pueblo de conocer los detalles de la enfermedad de su presidente. […]

El Estado tiene la obligación de informar y punto; no hay lugar para discutir. No es invadir el plano privado de una circunstancia penosa, ni mucho menos atentar contra el régimen establecido; simplemente es evitar la zozobra asociada con los vacíos y silencios”.

Después vendría una seguidilla de bofetones: que en Venezuela no hay separación de poderes, sino un “amalgamiento inconveniente de los poderes públicos donde todos han pasado a depender del Ejecutivo”; que el dictamen del TSJ, según el cual el comienzo de un período presidencial es un mero formalismo cuando se trata de un presidente reelecto, es prueba de la falta de independencia de ese Tribunal y del debilitamiento institucional del país; y, citando al ex presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, José Fernando Zalaquett, remató diciendo si bien el régimen venezolano “no es una dictadura clásica porque provino de las urnas, estamos en presencia de una democracia enferma.”

Antes de terminar la alocución del panameño , José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, quedó desnudo en su oportunismo y celestinaje; y, encima, Cochez lo acusó de ser el sepulturero de la OEA y a esta, de haber abandonado “la promoción y defensa de la democracia”.

Ninguno de estos aplastantes señalamientos fue respondido por los llamados “países pedigüeños” (los que se han aprovechado de la condición de botín a la que Chávez redujo a Venezuela), quienes se limitaron a repetir la acostumbradas consignas. En cuanto al representante local, se limitó a calificar a Cochez de “patán” y “mal pintor” (un retrato muy fidedigno del propio Chávez, por cierto) y sus severas afirmaciones de “intromisión en los asuntos internos de Venezuela”. Naturalmente, en cuanto Cochez tuvo ocasión, le echó en cara: ¿qué más injerencia puede haber cuando el Gobierno de Venezuela se encuentra prácticamente radicado en La Habana desde hace más de 30 días?

Ya para el viernes Cochez estaba botado y desautorizado por su cancillería, nadie refutó los escandalosos puntos que tuvo el coraje de exponer. En cuestión de horas se convirtió en emblema de la responsabilidad individual, del apego a unas normas éticas y de la negativa a hacerse el pendejo y acolitar dictadores.

Y, aunque la frase no es suya sino de Zalaquett, será para siempre quien le clavó al régimen una devastadora definición: democracia enferma.

 

Publicado en El Nacional, el 20 de enero de 2013