Elias-Pino-Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

Para Elías Pino Iturrieta hay golpes plausibles como el que derrocó a Pérez Jiménez

“El 4 de febrero fue un complot de pigmeos”

Director de la Academia Nacional de la Historia, el escritor y catedrático estima que lo fundamental de esta fecha fue que reveló con toda claridad el estado de postración a que había llegado la democracia representativa y la sociedad en general, así como la mediocridad que imperaba en el gobierno de entonces, tanto como en el sector civil y en el militar.

Milagros Socorro

Historiador y uno de los mejores escritores de Venezuela, Elías Pino Iturrieta es miembro de la Academia Nacional de la Historia y notable profesor de la UCAB. Trujillano nacido en Maracaibo, es un reconocido columnista de opinión, dueño de una mirada incisiva, autónoma e impregnada por su gran cultura.

¿Cuál cree usted que es la valoración histórica del 4 de febrero de 1992 en este momento?

-Dieciséis años puede ser tiempo suficiente para mirar con equilibrio la asonada que fracasó, pero, a la vez, hacen una distancia que no es corta de veras. De allí que puedan contaminar la opinión debido a que lo que sucede actualmente tiene estrecha relación con los sucesos de ese 4 de febrero e influye en el juicio. Hecha la aclaratoria, ensayando maromas puedo decir que fue un hecho fundamental debido a que colocó sobre la superficie, para que no se ocultara a los ojos de nadie, el estado de postración a que había llegado la democracia representativa y la sociedad en general. Pero ahora cuando digo postración quiero decir mediocridad. Aquello no fue sino la aparición de unas medianías de cuartel enfrentadas a la medianía de los voceros políticos y de la gente del gobierno, incapaces ambos de mostrar siquiera una mínima prenda de lucidez en el entendimiento de los sucesos. El sistema nacido en 1958 mostró el 4 de febrero de 1992 el extremo de declive en el cual se había precipitado. Mató al tigre de una sublevación improvisada, sin vínculos con la colectividad y sin un mensaje digno de atención, pero le tuvo miedo al cuero. Exhibió las posibilidades de transacción insensata y de impunidad a las cuales se aferraba para sobrevivir, aún en la lucha con un oscuro teniente coronel cuyas cualidades no aparecían por ninguna parte o dependían de las falencias y las cegueras de quienes actuaban como custodios del establecimiento. En su momento fue un episodio pasajero que pudo simular un desenlace a corto plazo para que cada quien volviera a su talante de asegurar que las cosas marchaban bien, pero en breve descubrió las miserias de una historia nuestra que no podía permanecer por mucho tiempo en los anales de la democracia.

¿Cree usted que el 4 de febrero sobrevivirá a este Gobierno?

-No sobrevivirá, si entendemos la sobrevivencia como la colocación de la fecha en un lugar de la memoria colectiva para que la posteridad la considere como una referencia singular. Juzgado luego de un poco más de tres lustros, el 4 de febrero de 1992 es uno más en el repertorio de los levantamientos militares que comienzan en 1835, una zancadilla como muchas de antes, otra raya en el pellejo de una república parecida a una cebra, que ha anotado en su superficie, para información de los viajeros, la cantidad de negaciones minúsculas y mezquinas que se han convertido en escollo del republicanismo. La opinión no se basa en lo que sucedió cuando Chávez se levantó contra CAP, sino en lo que pasó desde cuando Chávez llegó a la Presidencia. El flaco inventario de las realizaciones del gobierno “bolivariano”, o más bien su terrible desempeño, obligan a ser severos al hablar del episodio en el que encontró origen, hasta el punto de verlo como una especie de complot de pigmeos.

El Gobierno esgrime la categoría de golpista para insultar a sus adversarios, al tiempo que reivindica el golpe del 4 de febrero e intenta convertirlo en fecha patria. ¿Hay golpes buenos y malos?

-La clasificación que hace el Gobierno presume la existencia de golpes buenos y golpes malos, aún cuando tenga que inventar los últimos para buscar oxígeno en una atmósfera que se le hace cada vez más sofocante. Creo que el Gobierno insiste en la diferenciación por falta de ideas, porque no tiene mayores excusas para justificarse, pero en el fondo sugiere la diferencia entre asonadas santas, como la suya, y asonadas diabólicas como el carmonazo. Quizá los lectores esperen de mí una contestación enfática que condene a todos los golpes por igual, pero no voy a llegar a semejante santurronería: si el movimiento violento favorece a la democracia y apuntala el republicanismo con la compañía de considerables sectores de la sociedad, como sucedió en enero de 1958, no debe ser susceptible de condenas. Ha habido golpes plausibles, según pienso mirando hacia la hora estelar del fin del perezjimenismo, aunque hubiera sido más republicano y más ejemplar cualquier remiendo del capote sin esas puntadas sin dedal que dan los militares y que jamás terminan bien.

¿Qué diferencia hay entre el golpe del 4 de febrero y otras asonadas, como la de octubre de 1945? ¿La Historia hará una consideración muy distinta entre uno y otro evento?

-La referencia al golpe de 1945 parece inevitable y no sé si tengamos espacio para pensarlo ahora con el debido cuidado. Creo que cualquier reflexión sobre lo que sucedió entonces, cuando los adecos y los militares se cargan al postgomecismo, debe considerar novedades como las siguientes: la participación popular que sucede de inmediato, como en ninguna época anterior de nuestra historia; las alternativas de seleccionar entre diversas interpretaciones del país, quizá como jamás antes; la avalancha de informaciones y de vivencias inéditas, procedentes la mayoría de las democracias extranjeras de occidente, que dinamizan una escena pueblerina y superficial hasta entonces; la conversión de la política en un diablo metido en el pellejo de las gentes humildes y la experiencia de cómo pueden subir gracias a ella hasta espacios negados para las mayorías. Cualquiera diría que partiendo de tales elementos justifico los sucesos del 18 de octubre y el octubrismo todo, debido a lo cual agrego cómo fueron pecados capitales entonces la lectura sectaria de la administración y de la vida toda que hacen los dirigentes adecos, el ventajismo descarado en materia electoral; y, acaso como mácula mayor, las contradicciones de un matrimonio con el teniente coronel Pérez Jiménez, principio y fin de una esperanza transformada en frustración. Quizá se deba juzgar así a todos los golpes de estado, pesando todo lo que se deba pesar sin perjuicios excesivos, o sólo a aquellos golpes como el de 18 de octubre, que no deja de ser una proeza digna de memoria después de los espantos del gomecismo y de las hipocresías del postgomecismo.

-¿Puede un gobierno reconfigurar una fecha de manera que se impregne de heroísmo, de nobleza o de cualquiera de los atributos que propician la fijación de un evento en la memoria?

-Claro que el gobierno puede reconfigurar fechas pero será siempre un intento vano. El 24 de enero pasó al basurero de las efemérides cuando cayó Monagas, el mandón que tuvo la avilantez de hacer una fiesta nacional partiendo del recuerdo de cómo acabó con el poder legislativo en 1845. Guzmán le puso su nombre y el de su padre a unos estados de Venezuela, para que se sintiera la trascendencia de una revolución regeneradora, pero el mapa recobró las antiguas denominaciones cuando desapareció el liberalismo amarillo sin que quedara nada de regeneración. El 2 de diciembre no prendió en la sensibilidad venezolana, pese al empeño y al dinero que puso Marcos Evangelista para que fuera marca indeleble por la conmemoración de su ascenso al poder. Como sus predecesores, Chávez juega con el santoral republicano para que leamos un nuevo testamento cuyo génesis se encuentra en febrero de 1992, pero insiste en un experimento baldío. O, en el mejor de los casos, logrará que nos espantemos sintiendo que en su manipulación de la memoria, otra entre las condenadas al fracaso, cada vez está más cerca el Apocalipsis. Ser profeta del pasado siempre conduce a desventuras, especialmente cuando las profecías tienen cometidos políticos, y de tales desventuras no escapará el teniente coronel convertido en oráculo de lo que ya pasó.

“Nunca hubo magnicidio en San Pedro Alejandrino”

Este 29 de enero se publicó en Gaceta Oficial el decreto por el cual se constituye la Comisión Presidencial para “la planificación y activación del proceso de investigación científica e histórica sobre los acontecimientos relacionados con el fallecimiento del Libertador Simón Bolívar y el traslado a la nación de sus restos mortales”.

-Cuando Chávez quiere escribir la historia –observa Elías Pino Iturrieta al respecto- para que sea como indica su voluntad, llega a la más escandalosa de las demasías en el trabajo de reconstrucción del pasado según lo entienden los historiadores profesionales: inventa los hechos, saca elementos de la fantasía para que se materialicen en una realidad determinada. Ni siquiera se puede decir que los hala de los cabellos o que toma el rábano por las hojas, porque no hay ni pelos ni rábanos en el horizonte. Mientras un investigador serio se devana los sesos para que reinen la fidelidad y la seguridad en torno a la huella del hombre, esto es, para que no quede duda sobre la existencia de una huella que será sometida a estudio, Chávez se libra de prevenciones y simplemente hace hechos concretos de una fábula y hasta de un capricho personal, para que después sus acólitos se pongan a analizarla. Se da así el insólito caso de una comisión de ministros a quienes toca averiguar el magnicidio que jamás ocurrió en San Pedro Alejandrino, pero que tuvo lugar en una mente calenturienta. Quizá por eso los historiadores del “proceso”, aún los más leales, se hayan hecho los locos ante el reto de convertirse en detectives de una fantasmagoría, mientras medio gabinete hace el ridículo.

 

Publicado en El Nacional, 2008

 

 

Un comentario en “Elías Pino Iturrieta

  1. Excelente entrevista.Mientras exista en Venezuela gente tan inteligente de ideas tan claras como las del entrevistado y Milagros habra esperanza de futuro

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