Mosca con lo que quiere la gente / El Nacional 24.05.2011

Mosca con lo que quiere la gente

Milagros Socorro

Es clavo pasao. No volveremos sobre la fecha de las primarias, que son ya un hito de unidad nacional y promesa de refundación de la república. Pero queda un asunto que vale la pena debatir: el mito de la infalibilidad de la masa, la supuesta sabiduría del pueblo. Y, sobre todo, conviene hacer visible la estrategia de ciertos políticos y hasta periodistas que adhieren la opinión mayoritaria, sin someterla a examen ni evaluar si verdaderamente resultará en beneficio para el país.
Hay un afán generalizado de hacerse popular, de encontrar aplauso y aprobación, aún con sacrificio del espíritu crítico y de la ponderación que debe observarse al comprometer la propia perspectiva en una cuestión pública.
En un contexto de polarización, quien persiga el asenso de la claque tenderá a apuntarse a las versiones de moda, no importa que sean peregrinas o directamente idiotas.
En enero de 2006 entrevisté al expresidente Rafael Caldera, a propósito de su arribo a los 90 años de vida. Al tratar de inducirlo a un rápido balance de esa peripecia, aludí al episodio del sobreseimiento de Hugo Chávez y otros cabecillas del intento de golpe de Estado de febrero de 1992. Calculé (erradamente) que el ex mandatario contabilizaría eso como uno de sus mayores errores. En vez de eso, desvió la responsabilidad a lo que suele llamarse “la gente”.
-El sobreseimiento –recordó Caldera- no fue una iniciativa mía en exclusividad: era un deseo nacional. Si usted revisa el cuaderno de vida de cualquiera de los que hoy tanto lo critican, encontrará que ya desde la campaña electoral me pedían: “Caldera, hay que sobreseer a los militares”.
El ex senador Juan José Caldera, hijo de quien fuera presidente en dos ocasiones, ha abundado en las presiones de que fue objeto su padre para que soltara al golpista del 92. “Se creó una corriente de opinión a favor de la liberación de los militares por parte de la prensa al presentar mayor cantidad de noticias a favor del sobreseimiento de la causa”.
“Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez, principales rivales de Caldera en la contienda presidencial del 93, se pronunciaron públicamente a favor de una amnistía general para los golpistas del 92 y se comprometieron a ponerlos en libertad. Era el reflejo de una opinión predominante en el país”.
Ese es el punto. Muchas veces el liderazgo incurre en el error de “reflejar” la opinión predominante en la sociedad, aunque al apegarse a esa posición el colectivo sea instrumento ciego de su propia destrucción.
Con toda seguridad, los políticos aludidos por Juan José Caldera albergaban en su fuero interno el deseo de que Chávez y sus cómplices se quedaran en la cárcel. Pero optaron por mostrarse piadosos con los felones porque eso es lo que quería la gente. En vez de ponerse a la vanguardia de las mentalidades y de orientar la percepción de las masas, se confundieron con estas y endosaron sus bandazos, sus supersticiones, su frivolidad. Como el enamorado rijoso, capaz de hacer de juramento más desaforado con tal de obtener la entrega deseada, los aspirantes al favor del público están dispuestos a suscribir lo que sea si eso les reporta votos o palmadas de felicitación en los cocteles.
Figuras de la capacidad y trayectoria de las mencionados, incurrieron en el error teórico de suscribir la tesis populachera de que la crisis de institucionalidad se corrige con la destrucción de esas instituciones golpeadas y renqueantes. Su deber era advertir que lo único que endereza la democracia torcida es más democracia con instituciones fuertes y apego a la ley. Pero optaron por cortejar a las masas, que adoran la condescendencia.
Con la fijación de la fecha de las primarias para elegir la candidatura unitaria de las fuerzas democráticas, fuimos testigos de la sobreactuación de muchas individualidades que usaron esa divergencia para denostar de la Mesa de la Unidad Democrática, incluso cuando sus partidos eran miembros activos de ésta, y masajear por un ratico a las masas que vociferaban su indignación porque las elecciones no se habían hecho en noviembre sino tres meses después: un dilema menor sin ninguna trascendencia.
Olvidan que ese pueblo sabio es el que impuso la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005. Y, sin ir más lejos, el que ha votado por Chávez para la Presidencia, y por sus enanos, en gobernaciones y alcaldías.

El Nacional, 24 . 05. 2011