Si veis que a veces me llama hija

Milagros Socorro

I

Había un acto en el auditorio de la Facultad de Humanidades. No recuerdo qué se estaba tratando. Desde luego, no era una proyección de cine ni un montaje teatral porque lo que sí recuerdo claramente es que en el escenario había una mesa y, acomodados en ella, varios expositores. En el micrófono estaba Sergio Antillano, en esa época director de la Escuela de Comunicación Social, cuando se abrieron las puertas del auditorio, como era de día, un súbito resplandor inundó el lugar. Antillano miró hacia el extremo del salón y vio quién acababa de ingresar en él. Hizo una pausa y dio la bienvenida a la recién llegada, que ya avanzaba por uno de los pasillos laterales, intentado en vano pasar desapercibida (me parece que la veo, mirando al piso para no dar un mal paso entre los escalones, vestida con una vaporosa blusa amarilla, sus bellos ojos orientados cada tanto hacia el estrado). Y dijo: “Acaba de entrar la mejor periodista que ha egresado de nuestra Escuela: Marlene Nava”. Ella se detuvo, no demasiado intimidada ante los aplausos que rápidamente ganaron la fresca penumbra del auditorio y lo miró con una gran sonrisa. Creo que, aparte de Maya Plisétskaya convertida en cisne falleciente en el escenario, nunca he sentido tanta admiración por una persona presente. Y anhelé, con un fervor que aún conservo, hacer los méritos para que Sergio Antillano me atribuyera aunque fuera la mitad del gran honor que acababa de tributarle a Marlene. De paso, como en tantas cosas, suscribo totalmente el punto de vista del maestro.

II

Pocos meses después de aquella aparición triunfal de Marlene Nava en el auditorio adonde había acudido como periodista, ingresé como pasante en El Nacional de Occidente cuya sede estaba en Los Haticos. Era el año 1980. Mi cubículo –de reportera de las páginas de Sociales- estaba al lado del de la estrella, que rápidamente me cobijó bajo el samán de su gracia y su infinita generosidad. Por aquella época leía menos novelas pero tenía muchas en su memoria, que había comenzado a acumular como niña lectora que había sido, lo mismo que yo, lo que nos daba una especie de pasado común que contribuía a salvar las diferencias: yo era una pendejita aspirante a reportera y Marlene Nava era –es- la mejor. Además, se fue descubriendo políglota, melómana, cinéfila, gourmet y adoradora de los hombres estupendos (me refiero a los que a una gran cultura suman ingenio, ternura, arrojo físico, sentido novelesco de la propia peripecia y cierta ingenuidad; por eso quedó prendada, por ejemplo, de Miguel Otero Silva desde que lo vio por primera vez). Esto al tiempo que me iniciaba en el respeto por los valores de nuestra región. Como perijanera, yo tenía un sentido no muy legendario que digamos del entorno de mi proveniencia. Hasta que caí en el embrujo de Marlene Nava y fui iniciada en la universalidad de las aldeas territoriales y mentales, y de la necesidad de conocerlas para hacer cabalmente el relato de su grandeza. A ella le debo el orgullo con que me pronuncio maracaibera y la dulce curiosidad con que interrogo el recodo de la Sierra de Perijá que palpita en mi pecho e insufla mi escritura de todos los días.

III

El asunto es que llegaba a mi cubículo, me sentaba frente a la imponente Olimpia de grandes teclas como botones de plata… y no sabía cómo empezar. Todo el que escriba, periodismo, crónicas, relatos, novelas, cartas, lo que sea, conoce el titubeo, la inquietante sensación de mente en blanco y tiempo pasando. Me levantaba, entonces, de la silla y me dirigía sigilosa al marco de su cubículo. Ella, desde luego, estaba siempre diligente, ya tecleando, ya revisando sus notas (es un monstruo de circo que no necesita un grabador para registrar minuciosamente un diálogo reporteril), ya releyendo algún libraco acerca de Maracaibo. Ella percibía mi presencia y se volvía hacia mí. Ya sabía a qué venía.

-Es que no sé cómo empezar.

-A ver –decía ella condescendiente, con esos ojos como joyas incrustadas en su cara-. Qué es lo que quieres decir. Dímelo a mí.

No abundemos en la evocación sentimental de los tiempos idos. Vayamos al grano: es la fecha que para empezar a escribir, tras el previsible rato de pescado inerte ante el monitor de la computadora, le cuento a ella qué es lo que quiero decir. Se lo cuento a Marlene Nava. Otro día disertaré acerca de su importancia en mi vida y en mi oficio.